La maldición de un fanático

En el fondo, conociendo como conocemos el alma de los entusiastas de los Tiburones de la Guaira (una manada de románticos impenitentes), nadie desea realmente la extinción física de Jesús “Chivita” Lezama, el emblemático fanático número 1 de los Leones del Caracas, de 101 años y artífice (según las malas lenguas) de una abominación que le ha impedido a los escualos obtener un nuevo triunfo en la pelota rentada venezolana, desde aquel prehistórico campeonato de 1985-1986, cuando se adjudicaron su último
palmarés.

Desde entonces, lo más cerca que ha visto la luz del éxito el club del famoso grito de guerra “pa encima” es el subcampeonato de la temporada 2011-2012, cuando finalmente los Tigres de Aragua se alzaron como campeones.

Se dice que este sino maldito, responsable de casi 40 años de sequía absoluta y frustraciones, es obra de las destrezas malignas de Lezama quien, entre otros artilugios del mal, conserva en sus aposentos un roñoso peluche de tiburón atravesado por los alfileres avivados al carbón durante algún ritual vudú. Otros creen que se trata simplemente de magia wayúu; y unos pocos aseguran ser testigos de unos polvos mágicos que regó, una mala tarde, la vez que le prohibieron desatar su show festivo desde las tribunas caraquistas, durante un encuentro Leones-Tiburones.

El encono, al parecer, nació el infausto día en que Chivita se quejó ante la Liga Venezolana de Beisbol profesional (LVBP) por el escándalo que encendía en las graderías la famosa samba de los Tiburones, lo que obligó a la directiva liguera a tomar la decisión de prohibir el despliegue de los dirigidos por César “Chicho” Barrios mientras se desarrollara el juego, y limitarlo al término de cada inning.

Los tiburoneros, en retaliación, exigieron impedir el espectáculo de Lezama sobre las tribunas mientras estuviera el juego activo, manteniéndolo agazapado y con la posibilidad de hacer su aparición, solamente, cuando acabara cada episodio.

Alborotado el avispero, limitada la rumba de lado y lado y excitadas las fuerzas de la superstición, fue allí cuando —“dicen los ancestros”, según un fanático anónimo— Lezama hizo un juramento ecuménico que marcó, hasta ahora, el destino de los malogrados muchachos del equipo costeño. Dijo, palabras más, palabras menos, que La Guaira nunca más sería campeón, al menos mientras continuara vivo.

Lo increíble es que en febrero pasado Lezama sopló las 101 velitas de su torta de cumpleaños, duro como un bate de beisbol.

POR MARLON ZAMBRANO • @MARLONZAMBRANO
ILUSTRACIÓN ERASMO SÁNCHEZ

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