La malla alta venezolana vuelve a ser olímpica

Por Gerardo Blanco • @GerardoBlanco65 / Ilustración Justo Blanco

En diciembre del año pasado escribimos, en este mismo espacio, que con el respaldo necesario para realizar una preparación adecuada la selección masculina de voleibol tendría la oportunidad inmejorable de clasificar a los Juegos Olímpicos. Con el apoyo del Ministerio del Poder Popular para el Deporte (Mindeporte) para cumplir una gira de preparación por México y Cuba, el sexteto de la malla alta, dirigido por Ronald Sarti, cumplió en el preolímpico de Chile, donde el equipo local tenía todas las condiciones organizativas y el respaldo de la afición para obtener la única plaza en disputa a Tokio 2020.

Por eso, el mérito de la selección nacional es enorme. Porque venció a Chile en el debut con categoría y se sobrepuso anímicamente de la inesperada derrota ante Colombia, para luego vencer en el tercer duelo a Perú y clasificar a Tokio con la ayuda de Chile que, en una gran exhibición de ética deportiva, liquidó a los neogranadinos. Alegra que el voleibol esté presente, por segunda ocasión, en los Juegos Olímpicos después de 12 años, cuando lo hizo en Pekín 2008.

Pero resulta innecesario, hasta absurdo, comparar esta hazaña con la del baloncesto, que tardó 24 años (entre Barcelona 1992 y Río 2016) para ser de nuevo olímpico. Simplemente porque los sistemas de clasificación para ambos deportes son diferentes. Por ejemplo: para ir a Tokio el básquet requería, en primera instancia, ser el mejor ubicado del continente en el pasado Mundial de China o vencer este año a potencias del mundo, como Lituania, en el venidero repechaje. Así que, en lugar de acudir a comparaciones odiosas para ensalzar o desmerecer a una u otra selección, hay que celebrar con bombos y platillos cada vez que un atleta o una selección nacional se mete en la élite de unos Juegos Olímpicos.

En Pekín 2008 el voleibol tuvo dificultades internas. Debutó en un gran partido contra Estados Unidos a la postre, campeón de los Juegos Olímpicos, al que le ganó un par de sets y estuvo cerca del triunfo, pero los errores estratégicos del técnico brasileño Ricardo Navajas precipitaron la derrota y fracturaron la relación con aquel equipo comandado por Ernardo “Harry” Gómez, Iván Márquez y Rodman Valera.

Una generación nueva de voleibolistas colocó a Venezuela en el mapa de la élite olímpica, gracias al trabajo silencioso realizado por el entrenador guayanés Ronald Sarti. Desde que tomó la conducción del equipo, en 2017, aportó planificación, disciplina y una preparación física y psicológica impecable para que el sexteto conformado por jugadores experimentados como José “Chema” Carrasco, Fernando González y Héctor Mata; y figuras emergentes como Wilner Rivas o Jhonatan Quijada lograra la hazaña en Santiago de Chile.

El reto en Tokio 2020 será mayor porque Venezuela buscará avanzar entre los cuatro mejores de un grupo de máxima exigencia, donde enfrentará, entre otros equipos, a Italia (medalla de plata en los Juegos Olímpicos Río 2016) y Polonia (bronce en el pasado Campeonato Mundial). Pero como dijo el capitán del equipo, Chema Carrasco: Venezuela no irá a Tokio a competir, sino a ganar, sin importar el tamaño de los rivales.

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