ÉPALE 224 CRÍTICA Y MEDIA

LA TRAMA COTIDIANA POR RODOLFO PORRAS

Que sea una mancha de café en una camisa blanca es tan adecuado, que podría inferirse que toda la anécdota que sigue, no es más que una metáfora de la “sombra” como la aborda la sicología junguiana. Para evitar este tipo de interpretación, digamos que la mancha es de salsa de tomate. Pero el rojo propone elementos simbólicos que despertarían mayores suspicacias sobre el carácter metafórico del acontecimiento. Así que es preferible ceñirse a la realidad y que el lector asuma su co-responsabilidad en tanto darle significado y valoración al texto.

El asunto es que una amiga me hizo notar que había derramado café sobre mi camisa, justo antes de entrar a la clase sobre escritura dramática que me correspondía impartir. Creí que el viejo truco de frotar la mancha con un poco de agua y jabón tocador sería más que suficiente, cuya consecuencia sería entrar al salón con el centro de mi camisa ostentando un mapa de agua que iría desapareciendo a medida que pasara el tiempo. Resultó que el mapa se transformó en una fea y permanente mancha gris. De allí en adelante, sin darme mucha cuenta, utilicé una serie de inútiles y ridículas estrategias para disimularla, como sostener una carpeta a la altura de mi abdomen, permanecer sentado detrás del escritorio o hablar poniéndome de perfil al auditorio. Esto con alternancias de momentos en el que la actividad me hacía olvidar el asunto y la mácula quedaba expuesta en toda su magnitud.

Una manera de aliviarme de la presión que ejercía la referida mancha en relación a mi clase, fue hablar de ella, ostentarla y, además, incorporarla como ejemplo a las estrategias de construcción del personaje.

Cuando un personaje realiza un acto fuera de la norma o que se hace harto significativo para él y su grupo social, esta acción incide en su función dramática. Las huellas sicológicas, o las consecuencias externas, comienzan a actuar como una mancha, que procura disimular, bien escondiéndola o bien incorporándola al decurso cotidiano. La “mancha” adquiere significado y determina los actos del personaje y su incidencia en relación al conflicto, además le confiere un carácter y una textura que lo enriquece, lo hace verosímil.

La falla trágica, el secreto oscuro, el deseo irrefrenable, la envidia abrasadora, la culpa, etc., son consecuentes manchas dramáticas. Sin ellas no hay ni teatro, ni personajes.

Todos los seres humanos cargamos con nuestras “manchas” y a todos se nos nota, aunque no con tanta claridad como la mancha de café sobre mi camisa blanca.

ÉPALE 224

 

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