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AL FINAL DEL BULEVAR PANTEÓN, EN EL FORO LIBERTADOR, NO SOLO HAY GRANDES DE LA HISTORIA NACIONAL; TAMBIÉN HAY HOMENAJES A SUJETOS COMO OMAR KHAYYAM

POR ANDER DE TEJADA •@EPALECCS  ⁄  FOTOGRAFÍAS ENRIQUE HERNÁNDEZ

El sitio en donde estamos se llama Foro Libertador. Antes, Enrique y yo tratamos de adivinar el nombre del sitio. Un nombre poco complejo pero que nos hacía jurar, al momento en que pensamos, que el sitio en definitiva se llamaba “complejo’’. Lo hacemos mientras estamos ahí, sentados en uno de los bancos, calientes por el sol de la tarde pero frescos por la sombra de los árboles. La verdadera perfección climatológica está en los rayos de Sol atravesando el follaje como si este fuera una pared tiroteada, pero con otras balas. Después caminamos un poco. Lo hago con la actitud de un observador amateur, tratando de mantener en la memoria lo que después será narrado. Enrique, en cambio, es el verdadero observador, pues justamente está buscando fotos.

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Omar Khayyam murió el 4 de diciembre de 1131

El espacio del que hablo es aquel en donde se unen, en una armonía reconfortante, el Panteón Nacional, el Mausoleo del Libertador, la Biblioteca Nacional, el Centro Nacional de Fotografía y la Torre La Prensa. Justo ahí, debajo de ese follaje en donde nos encontramos, hay un busto levantado que nos genera curiosidad porque es el más grande del Foro. En cierto modo es un capitán: su figura, centrada en una de las plazas, muestra una pose que de entrada es intimidante o abrumadora, imponente. El problema con las estatuas, dice Enrique, citando a su vez a Alí Primera, “es que frente a las aves dan pena”. Pienso que es verdad y que, además, nuestra ciudad es difícil, y ¿cómo detenerse en medio de los compases que Caracas establece para la necesaria tarea de la contemplación?

De pronto estamos ahí parados, frente a un Omar Khayyam más grande que nosotros, y después nos sentimos en la Irán del siglo XI. De sopetón, escucho la voz de Enrique repitiendo el currículo del persa. Se prepara, desenfunda su cámara y me detengo a observarlo.

El nombre de Omar Khayyam remite a muchas cosas. Con una simple búsqueda en internet puede saberse todas las referencias que se le han hecho en el mundo del arte figuras como Jorge Luis Borges o, incluso, como J. J. Abrams para su serie Lost. Khayyam —también castellanizado a Jayyam, por aquello de que la “K” y la “H” juntas, en árabe, suenan como una “J”— fue uno de esos tipos que parecen solo haber habitado los siglos pasados, de esos que no presumen de ser hábiles en una cosa sino que dominan todo lo posible de una manera integral. Fue matemático, astrónomo y poeta, nacido en Naishapur —entonces capital de Jorasán, hoy día Irán— un 18 de mayo de 1048. Entre su aportes matemáticos figuran varios trabajos publicados, entre los que se incluye la Tesis sobre demostraciones de Álgebra y Comparación. De su trabajo astronómico se destaca su contribución a la mejora del calendario zoroástrico (prometo contarles qué es eso).

La vida de Khayyam estuvo signada por la amistad que forjó con Hassan el Sabbah y Nizam al Mulk. Ellos dos, siendo jóvenes, se dirigieron al pueblo de Omar para instruirse en ciencias y sabiduría, de la mano del imán Novassak. Fue ahí cuando conocieron a Omar y establecieron, los tres, una especie de pacto que miraba al futuro: el primero que tuviera algún tipo de éxito ayudaría a los otros dos. El exitoso número uno fue Nizam, quien consiguió posicionarse como secretario del sultán de entonces. Para pagar la promesa hecha con sus dos amigos años antes, tuvo que ceder ante las peticiones de estos. Hassam pidió un cargo en la corte que rápidamente echó a la basura. Omar, en cambio, demostró su desinterés por el poder y pidió una pensión que le permitiera acomodarse mientras se dedicaba a la vida intelectual, tanto en el estudio de las matemáticas como de los astros y, por supuesto, la poesía (también prometo contarles qué es todo esto).

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Edición del Rubaiyat de Plaza & Janes Editores

En el prólogo de la edición de Plaza & Janes Editores de la obra Rubaiyat, el traductor de Khayyam, José Gibert, escribe: “Bajo la ligera gracia de su forma, sus versos encierran una filosofía amarga e irónica, saturada de un hedonismo resultante de la decepción y el desengaño, a manera de carpe diem bastante parecido al de Horacio, aun cuando menos áspero’’.

Su obra estuvo destinada, como está destinada generalmente la filosofía, a responder las grandes preguntas de la existencia. Tomando en cuenta la época en la que vivía, la predominancia de la visión teológica del islam y su manifestación prohibitiva en la vida real, a Khayyam lo angustiaban cosas como el tiempo, lo corta de la vida y la incertidumbre de si, al final de todo, habría o no un paraíso.

“Khayyam siente una profunda conmisceración por la humanidad que sufre y gime en este valle de lágrimas que él estima como la obra magna de la Creación, la maravilla del universo. Analiza la causa de tanta desventura, y encuéntrase ante una quimera que no tiene razón de ser, pues fue creada por el hombre mismo. Esta no es otra que el miedo al ‘más allá’, con todo su cortejo de angustias y terrores’’, escribió Gibert.

SI ALGO PUEDE ESTAR SUPERVISANDO KHAYYAM ES LA RELACIÓN DE LOS NIÑOS CON EL PRESENTE. ES DECIR, CUÁNTO RÍEN, CUÁNTO JUEGAN. COSA QUE HACEN, DE HECHO, PORQUE TODAVÍA NO LE PUEDEN DEDICAR LOS DÍAS LIBRES AL VINO

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El mismo autor explica: “El hombre ha resultado víctima de su propia obra. Y así vive atormentado por doctrinas que le amenazan constantemente con terroríficas penas eternas, y que le imponen y exigen una vida de duros sacrificios si quiere conseguir el eterno paraíso’’, esto, al tiempo que se descuida o se olvida totalmente de la vida terrenal, que es lo que verdaderamente tiene valor. Por eso, lo que en realidad manifiesta Omar Khayyam, según Gibert, es el producto -poetizado, claro- de vivir en una civilización “fastuosa, refinada y decadente’’. Según él, su figura, su poesía, sus planteamientos demuestran que el pesimismo moderno de autores como Shakespeare, Byron, Goethe, Swinburne, Schopenhauer, Baudelaire y Verlaine no son una novedad del pensamiento filosófico ni de la poética de entonces, sino que antes, a principios del milenio pasado, ya se pensaba en esas cosas.

Cabe destacar, además, los atributos de su estética: los rubaiyat son cuartetos, es decir, poemas escritos en cuatro versos consonantes (el primero con el cuarto y el segundo con el tercero). Ahí, en esos pequeños textos, se expresaban grandes preguntas o grandes gritos, grandes lamentos o grandes opciones esperanzadoras, entre las que destacaban el vino, el amor y los amigos como grandes —y quizá únicas— soluciones a la vida y a la incertidumbre de lo que viene después. Omar Khayyam, efectivamente, era de los que vivía como decía que había que vivir. Se dice que envejeció así, en medio del goce, conversando con sus amigos en la terraza de su casa y bebiendo el vino que le servía una dama. Uno de sus discípulos, según indica Gibert, contó que alguna vez el maestro le dijo que hallaría su tumba en un lugar donde el viento del Norte pudiera cubrirla de rosas. Entonces un día ese hombre, llamado Kuajah Nizam, se dirigió al sitio donde estaba enterrado el cuerpo de su maestro y vio que, al lado, había un jardín. El muro que separaba el jardín de la tumba era sobrepasado por un árbol que dejaba caer sus ramas en el espacio contiguo. Estas, con cada impacto fuerte del viento, deshojaban su fortaleza primaveral y sus flores iban a parar un poco más allá, sobre la tumba del poeta, sobre la tumba de Omar Khayam.

Omar Khayyam mira hacia el suroeste mientras la gente hace lo suyo

Omar Khayyam mira hacia el suroeste mientras la gente hace lo suyo

Nos vamos caminando del Foro Libertador y, en el trayecto, nos reímos un poco. El Sol impacta más fuerte. Los pocos niños que se ven, de pronto desaparecen con la misma rapidez. El Foro está un poco sucio, a pesar de todo. Hay vasos en el piso. Hay basura incrustada entre las rendijas de las alcantarillas. Sin embargo, bajo ese pedazo de techo arbóreo hay más silencio que en otros sitios de la ciudad. La gente está sentada, lee el periódico, los pregoneros pasan y gritan pero no hacen ruido. Quizás se deba al hecho de que es miércoles. Los fines de semana, en cambio, esto está repleto de niños que ríen y juegan. Lo hacen junto a sus amigos, haciéndole honor al persa que los mira como un supervisor. Imagino que, si algo puede estar supervisando Khayyam es la relación de los niños con el presente. Es decir, cuánto ríen, cuánto juegan. Cosa que hacen, de hecho, porque todavía no le pueden dedicar los días libres al vino.

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