La muchacha del vestido rosado

Por Guillermina Soria / Ilustración Daniel Pérez

Una muchacha con un vestido rosado está sentada en un banquito cerca de la entrada de un edificio.

Otra muchacha la ve sorprendida: “¿Qué estará haciendo sentada acá tan temprano?”. Se acerca a saludarla y le pregunta: “¿Cuándo volviste? ¿Estás bien?”. La muchacha del vestido rosado se cierra el suéter, mira para otro lado y responde secamente: “Si vale, estoy bien ya”.

La otra muchacha le dice: “Me da mucha alegría verte… Sube si me quieres contar algo, te puedo escuchar”.

“Toctoc”, golpecitos suaves, casi susurrados en la puerta de la otra muchacha:

“Ya estoy lista para hablar de lo que pasó y te lo quiero contar es a ti”.

La muchacha del vestido rosado está parada frente a la puerta.

La otra muchacha la mira sorprendida, tiene un cucharón de madera en la mano y un delantal de cocina, siempre tiene puesto un ridículo delantal de cocina.

La muchacha del delantal ridículo se aparta para dejarla pasar, entra lentamente y deja el cucharón en la mesada de la cocina. Se sientan. La muchacha del delantal ridículo ve por primera vez el cuerpo que pobremente cubre el vestido rosado: un cuerpo surcado de cicatrices, quemado, golpeado, magullado, cortado…

La muchacha del vestido rosado comenzó su relato, contó todo lo que le había pasado esa noche. La puerta sin seguro, el cuchillo en su garganta, los gritos de su hijita, el olor a gasolina, el fuego en la puerta… el fuego por todos lados. Los vidrios, la sangre. La otra muchacha no preguntó nada, muy concentrada en escuchar atentamente la voz entrecortada que narraba. Sus dedos no dejaban de moverse, arrugaba con rabia su delantal ridículo, luego lo acomodaba con suavidad, hasta con ternura.

Acompañar se practica así: con rabia, con atención, con ternura.

ÉPALE 377

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