ÉPALE300-FILO Y BORDE

POR FREDDY FERNÁNDEZ  •@FILOYBORDE / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

El Décimo Mandamiento ha dado para mucho. La literatura, el cine y el arte en general se han cebado con el tema de “la mujer del prójimo”. El amante de lady Chatterley, de D. H. Lawrence, publicado en 1928 y censurado hasta 1959; o Matar a Johnny Fry, de Walter Mosley (2007), son buenos ejemplos del inmenso atractivo que pareciera producir en nosotros esta prohibición.

Dado el carácter patriarcal de la formulación del mandamiento, uno podría tener la impresión de que, por el contrario, está permitido el deseo del hombre de la prójima. Sin embargo, debemos ubicarnos en las condiciones sociales y culturales del momento cuando Moisés presentó las tablas de los preceptos para comprender el origen, el propósito y el alcance de los mandamientos.

“Yo soy el Señor tu Dios que te ha sacado del país de Egipto de la casa de servidumbre”, es la afirmación que precede a las normas contenidas en las tablas.

Según el relato bíblico, en ese momento el pueblo hebreo está buscando dónde asentarse. El liderazgo que los une y guía es fundamentalmente religioso. Lo político no está precisamente definido.

El territorio en el que se mueven es el cruce entre África, Asia y Europa. Otros pueblos con mayor organización y pericia militar también lo transitan. Sobrevivir exige a los hebreos la más absoluta unidad y disciplina.

Los Diez Mandamientos apuntan a garantizar la unidad en la fe y a imponer las normas de convivencia que la garanticen. Respetarlos evitaba la aparición de conflictos internos. La sociedad que los asume es claramente patriarcal y machista, por eso su redacción se plasma en género masculino.

De lo que trata el Décimo Mandamiento, no es de un asunto erótico. Es un tema de propiedad: (Deuteronomio 5: 6-21) “No codiciarás la mujer de tu prójimo ni desearás la casa de tu prójimo, ni su tierra ni su siervo ni su sierva ni su buey ni su asno ni cosa alguna de tu prójimo”. En el catecismo católico se ha resumido en “No codiciarás los bienes ajenos”

Si se observa bien, en el Antiguo Testamento la mujer aparece solo como objeto. De hecho, se prohíbe codiciarla junto al buey y al asno. Es a partir del Nuevo Testamento cuando las mujeres comienzan, tímidamente, a aparecer como sujetos.

Si esta prohibición se volvió tan atractiva se debe a que, varios siglos después de Moisés, se inventó el amor romántico que nosotros conocemos y que nos impone saltar trabas para sentir que realmente amamos. A mayor prohibición, más atractivo erótico. Quienes quieran más datos sobre este tema del amor les viene bien La llama doble de Octavio Paz.

Junto al primero, el Décimo Mandamiento es un dictado clave para garantizar la armonía de aquel pueblo que construía una identidad luego de haber sido esclavo.

Ojalá que la modernización del mandato, hasta reducirse solo a los “bienes ajenos”, contribuya a eliminar el efecto que durante demasiado tiempo se implantó, al prolongar su literalidad en una sociedad que no tenía ya las mismas condiciones culturales. Hemos vivido siglos de desnaturalización y criminalización del deseo.

ÉPALE 300

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