ÉPALE288-MUÑECAS DE PORCELANA

POR MARÍA EUGENIA ACERO COLOMINE • @ANDESENFRUNGEN / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

Clarita Pacaníns de la Fuente había amanecido de pésimo humor. El marido había salido temprano a Miami y las peleas por la amante la llevaron a no querer acompañarlo a Maiquetía. Para distraerse, le pidió a Panchita que le armara el bolso de tenis mientras coordinaba con las amiguis: “¡Coño, Panchita, me tumbaste las muñecas! ¿Qué te dije yo, esta niña?”. Reaccionó de súbito ante la caída de unas figuras de porcelana china en el pasillo. “¡No te boto porque me siento muy sola, chica! ¡Ya! Llévate el desayuno. No quiero comer”.

Suena el timbre del apartamento. Desde las cámaras de seguridad un niño rubio, de unos cuatro años, aguardaba en la puerta de visitas. “¿Qué te pasa, bebé? Entra”. Francisca, porfis, ¿le puedes traer algo de comer al niño? Disculpa, estaba ofuscada.

¿Te gusta el diablito? Toma, una arepita con jugo, mi amor. ¿De qué piso será esta criatura, Señor?

Si, Faby, ya tengo listo el morral. Roberto nada que me atiende el teléfono, y me dejó en visto el WS. Ya se vio con la tipa, mami. ¿Qué carajo voy a hacer? Ya me tiene harta este tejemaneje, y la cosa con la tercia como que va en serio. No, chica, la tal Mía Astral me sabe a mierda, ¿Qué me importa que Mercurio esté retrógrado si el pajúo de Roberto Teódulo me tiene los cachos del tamaño del Empire State? La tipa tiene 27, Fabi. Y está buenísima. ¿Qué me importa si yo soy la señora de si al final me la paso sola en esta jaula de oro, como decía la gran Lila? Dale, Fabi. Dame un chance que me llegó un niño a la casa y voy a atenderlo. Y la Pancha, para colmo, me quebró dos muñecas de las que me regaló Roberto de novios. Estás clara, amigui, pero ¿qué le vamos a hacer? Puede denunciarme si la boto mal, y no me conviene rayarme más, chica. Ya tuvimos suficiente con el escándalo del negocio en Playa Grande; para colmo, la Federica me salió con que al marido también lo andan persiguiendo y el partido nos sugirió muy bajo perfil. ¿Qué vamos a hacer con esta vida? La vida antes era vida, antes que esto. Y esto no es vida, madre. Esto es el infierno. ¿Te gusta la casa, mi amor? ¿Viste? No llores, chiquito. ¿Dónde está tu mamá?.

El pequeño silente se dedicó a correr por el apartamento jugueteando con los adornos del largo pasillo que conducía a la recamara principal de Clarita y Roberto.

¿Te gustan las muñecas, papi? ¿Viste que son lindas?. De pronto, el párvulo deja caer las figuras restantes, quebrándolas todas. No pasa nada, bebé. Dime, ¿Cómo te llamas?.

El niño la miró fijamente a los ojos, con rictus severo: Me llamaba Gisela Rubillar, respondió.

Nadie sabe por qué, pero Clarita terminó internada en El Cedral por esquizofrenia. Desde entonces, un niño solitario visita las residencias de las doñas de El Cafetal.

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