La música afrovenezolana en el jazz

Escuchar una descarga entre tambores cumaco y saxo dentro de líneas melódicas del jazz es algo indescriptible. Eso sucede en “Cumaco free” de Joel “Pibo” Márquez. Lo mismo sucede con un calipso jazz o un mambo con quitiplás. Sonidos envolventes, mezclas poderosas y bailables. Es el resultado cuando se entrecruzan la música afrovenezolana con el jazz.


“La percusión oxigena al jazz, en términos cualitativos y cuantitativos. Escuchamos texturas sonoras que no se habían oído. Y esto no es nuevo. Hay que revisar los trabajos de Aldemaro Romero, El Pavo Frank, quien hace la batería dentro de La Onda Nueva; Vytas Brenner, que también experimentó con la percusión; Alberto Naranjo, Gerry Weil, Guaco y, bueno, mucha gente”, comenta Franklin Rojas, percusionista, productor y locutor, quien ha participado en unos cuantos proyectos musicales en nuestro país, de salsa, pop, latin jazz, entro otros.
“Actualmente hay cualquier cantidad de propuestas que están trabajando en este camino de incorporar lo afrovenezolano en el jazz. Para darte un solo ejemplo: Richard Bona —bajista camerunés— tiene en su equipo a Luisito Quintero —percusionista venezolano—, incluso tienen un tema con Guaco. Ese sonido es particular. Luisito agrega su venezolanidad rítmica”, agrega Rojas.

“El eco de un tambor”

Ahora se sueltan unos tambores mina con songo de Cuba. Y luego, estos mismos tambores con ritmo mozambique. Es el grupo Mina, liderado por Miguel Urbina, que fusiona el jazz latino con ritmos cubanos, venezolanos y africanos. La banda cuenta con varios músicos, entre ellos el músico, docente e investigador de cultura africana Jesús “Chucho” García.
“El aporte principal de la música afrovenezolana en el jazz es la sonoridad marcada por la diversidad de instrumentos de percusión, así como también de géneros melódicos. Recordemos que nuestros tambores son de origen africano, pero adaptados por nosotros; por lo tanto, son únicos. Y también hay que agregar la temática con textos literarios, composiciones nuestras”, señala García.
Del desenfreno de Mina pasamos a los experimentos de Carlos “Nené” Quintero, percusionista de larga trayectoria. Conocido por venir de esa dinastía musical venezolana: la familia Quintero de San Agustín del Sur, Caracas. Lo vemos armando su propia batería, porque si algo le gusta es innovar en el formato de este instrumento.
“Hice un set, que es una especie de híbrido de una batería. No uso bongó ni hi hat —platillos—, sino unas sonajas metálicas que me las amarro en el tobillo; otra sonaja, pero con semillas, bjembe —o yembé—, que la toco con una escobilla. Uso las cuatro extremidades y eso da un sonido”, refiere Quintero, quien afirma no haber visto una batería así, quizás algunas parecidas. Para este músico el país ha aportado al jazz en cuanto a rítmica, melodía, arreglos e instrumentación.
Como dicen los músicos, la presencia afrovenezolana en el jazz no es nueva. Hay que revisar el disco en vivo de Mongo Santamaría, con El Pavo Frank como invitado: Mongo at The Village Gate, grabado en vivo en 1963. En él, El Pavo se luce en el solo de batería en la pieza “El toro”. Toca un joropo y, así, se adelanta a lo que posteriormente se conoció como La Onda Nueva.
Alberto Naranjo, Andrés Briceño, Aquiles Báez, Alfredo Naranjo, Fran Vielma —y pare de contar— son la cantidad de solistas, orquestas y proyectos que vienen mostrando la riqueza de la música afrovenezolana en el jazz y la música del mundo. Finalmente, los dejamos con una suerte de jam session entre Orlando Polero y Gerardo Rosales. ¡Y a descargar!

Por Mercedes Sanz ⁄ Fotografías Thania Ortegano