La Navidad

El teatro es todos los componentes que pueden constituir una representación cualquiera y, al mismo tiempo, todas las representaciones habidas y por haber. Acudimos a eso que decía Jorge Luis Borges: “Todos los libros son un solo libro, uno formidable que no ha terminado de escribirse”; entonces, todas las obras de teatros, todas sus representaciones son una única y enorme función teatral que solamente la humanidad, como ente global, puede percibir a plenitud y que, por supuesto, es un espectáculo que no ha terminado. Todo aplauso —entonces— es un gesto, la celebración de un fragmento mínimo; cada nuevo montaje de una obra ya vista es el énfasis de una idea, el afianzamiento de un rasgo argumental. Todo estreno es una línea dramática que se incorpora a la historia.
Esta puede desarrollarse hasta el infinito y más allá, pero en un artículo como éste basta la enunciación. Que sirva como abreboca para estimular la imaginación y como temática para abrirle paso a la trama cotidiana.
Del mismo modo que gran libro que propone Borges, y de la enorme e infinita obra de teatro, podemos pensar la Navidad como la suma de todos las Navidades, incluso aquéllas que se celebraron antes del nacimiento del niño Jesús. Sería, entonces, como una enorme nave de la que, una vez que nos montamos, no bajamos jamás. Desde la primera sorpresa, muy personal, por algún regalo descubierto al pie de la cama, o del pesebre, o del árbol, siempre con ese halo mágico, nos imbuimos en una dinámica en donde se preparan, de manera festiva, comidas que también se saborean festivamente; la decoración de la ciudad y la casa se vuelven alusivas, al igual que la música. Se propaga cierto gesto y ritmo peculiar en las calles y en el lugar de trabajo. Así, tenemos la conciencia de que, a pesar de esa atmósfera de intimidad y nostalgia que nos acobija, se está participando en una de las más grandes fiestas colectivas del planeta: no solamente trasciende las fronteras de la geografía, sino del tiempo y la memoria.
Nos guste o no, la celebremos o no, nos haga sentir eufóricos o tristes, la adjetivemos como un truco comercial, repitamos la consabida frase de que se está perdiendo o la asumamos como una oportunidad para huir del mundanal ruido, nos sirva como una excusa para pasarse una semana borracho o el momento ideal para encontrarse con la gente que se quiere, siempre habrá en todo esto una ritualidad y una convicción de que la Navidad rebasa nuestra percepción y valoración de lo que significa.
Es un barco enorme, festivo, omnipotente, misterioso, contradictorio, indetenible que se mueve por la Historia y nos da pruebas fehacientes de nuestra irremediable condición humana.