ÉPALE248- MITOS

POR MALÚ RENGIFO @MALURENGIFO/ ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

Un recuerdo noventoso empieza con la escena de una doña muy parecida a la abuelita que le daba escobazos al gato Silvestre para que no se comiera a Piolín, regando unas plantas. Por detrás, se le acerca un muchachito brincón, payaseando:

—¿Y esa gorra volteada? Tú como que estás enamorao…

—Nada que ver abuela, ¡es la moda! —responde mientras la carga y la batuquea con simpatía.

Por aquellos tiempos los comerciales de televisión eran tan importantes para la audiencia como la programación en general. Nos aprendíamos los jingles, los slogans se convertían rápidamente en chistes y zalamerías cotidianas, las agencias de publicidad creaban historias simpáticas cuyos personajes se convertían, incluso, en modelos a seguir. La relación de aquel muchacho alegre con su abuela era de una cercanía y una dulzura cautivadora.

—¡Ay!, estas flores están apagaítas, ¿verdad? —decía la abuela, casi caricaturesca, mientras le sobaba la pelambre a su muchacho.

—Apagaíta te veo yo a ti. Te hace falta que te prepare mi Toddy especial.

—Pero lo preparo yo, porque mi Toddy es más sabroso.

—No, no, no, no. Déjelo por mi cuenta.

Y entonces, en un plano lejano, más atrás del muchacho de la gorra volteada, aparecía el misterio: una niñita en el suelo que jugaba con un perro.

Quién sabe por qué, a todo el mundo le pareció que aquella abuela no podía tener más de un nieto, que aquella niña que jugaba con el perro no podía ser parte de la escena, que un halo espectral se cernía en aquella casa y que, definitivamente, la pequeña sobaperros no era otra cosa que el espectro de una niña que había fallecido años atrás en el lugar y había aparecido en la toma sin que los creadores de aquella cuña publicitaria se dieran cuenta de su presencia. El rumor corrió y todavía hoy, más de 20 años después, la gente que en ese entonces tenía uso de razón sabe de lo que se habla cuando uno dice: “¿Te acuerdas de la niña fantasma de la propaganda ’e Toddy?”.

Somos treintones, a mucha honra, y hoy sabremos la verdad de aquel misterio.

La niña no era un fantasma sino una de las habitantes de aquella preciosa casa que sirvió de locación al comercial. Su abuela —no la del comercial sino su abuela de verdad, verdad— la andaba persiguiendo para que se bañara porque andaba muy cochina, y la niña, berrinche mediante, no le hacía caso y entorpecía la grabación.

El director del comercial, creado por Antonio Noguera para la agencia Concept, encontró la solución. Se acercó a la niña de carne y hueso, viva y coleante, se agachó para hablarle cara a cara y le dijo: “Si te bañas, vas a salir en la tele”. En diez minutos la florecita fresquita destilaba gotas de rocío por los cabellos y el director Johnny Fishbach cumplió con su parte del trato, sin saber que de aquel juego se derivaría la historia de fantasmas más recordada de la televisión venezolana.

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