La niñez explorando sus cuerpos

                         Por Niedlinger Briceño Perdomo Colectiva Tejiéndonos Mujeres                               Ilustración Sol Roccocuchi • @ocseneba

De vez en cuando escuchamos historias de crianza que fueron violentas, pero aún así se justifican: “Mi mamá sólo con una mirada me mantenía calmado en casa ajena”; “… me dieron una paliza que más nunca me quedaron ganas de volver hacerlo…”; “me quemó la mano para que no tomara cosas ajenas y eso lo agradezco porque ¡imagínate que fuera hoy en día!”; el mandao bien hecho porque, si no… “ay mamá”; y ni hablar del famoso cholazo que muchxs recordamos con adrenalina y humor, al mismo tiempo.

También es cierto que lo que tenía que ver con sexualidad no se hablaba, o no en las familias comunes; era casi prohibido, tabú, caca. Recuerdo que desde muy pequeña sentía sensaciones divinas en mi vulva cuando rozaba o frotaba con algún mueble, columna, objeto, etc.; y es que es tan normal como defecar todos los días. Somos seres sexuales, nos fecundan con la carne, con la penetración, con el placer, salimos de una vagina (no todxs) y mamamos teta desde el nacimiento; ahí existe un acto sexual, de intimidad que no se puede negar.

Nos limitan a sentir, a descubrirnos, a tocarnos… Muchas veces mamá se dio cuenta que disfrutábamos alguna práctica sexual inocente y nos sacaba la famosa chola para jodernos; éramos tres niñas contemporáneas y nos hacíamos cómplices de ese placer, cada una en su intimidad. ¿Quién no jugó papá y mamá?, ¿quién no se besó con primxs que tenían esa misma curiosidad y geniuda?, ¿da vergüenza? Así fue que muchxs nos acercamos a eso curioso, prohibido y tan silenciado.

Ese silencio que se juntaba con la inocencia hacía que creyéramos muchas cosas que nadie nos dijo y que deducíamos así, en algún momento de nuestra infancia. Estuve preguntando a conocidxs y recordaban: “No sé por qué, pero siempre pensé que los genitales se atraían como imanes al momento del coito”; “siempre tuve miedo de perder mi virginidad, pensaba que dolería muchísimo, que podía morir en el acto, jajajajá”; “yo nunca imaginé que las mujeres tenían orgasmos”; “el cuento de la cigüeña me lo comí completito”… y, así, cada unx iba construyendo la idea de lo sexual como se lo imaginaba, como intuía que era, pero jamás nos aclararon nada.

Ni hablemos las niñas acerca de menstruar. Cuando me desarrollé mi abuela lo único que me dijo fue: “Ahora cierre las piernas mi niña, cuídese”, y si preguntabas la razón te dejaban en “visto”. Mi mamá cuenta que la pega de la toalla sanitaria se la ponía hacía arriba y se lastimaba al quitársela porque se venían los vellos púbicos; sufría, recuerda eso con trauma y dolor, su relación con la menstruación sigue siendo de odio y malestares muy fuertes, luego de 40 años.

Siendo madre, y teniendo conciencia de todo lo que relato en los párrafos anteriores, me tocó investigar, leer y conocer del descubrimiento de la sexualidad en la niñez y lo comparo con mi experiencia. La Nied niña sigue sanando su historia y lo hace caminando en una maternidad que tiene toda la intención y es coherente tratando de ser saludable, amorosa, honesta y, sobre todo, respetuosa.

La cangurita (mi hija) desde los 2 años empezó a preguntarme acerca de su vulva y vagina, por qué papá tiene pene y nosotras vulva, por qué siente rico cuando se toca y por qué mamá tiene tetas y papá tetillas. Ya cumplió 6 y en la casa tiene un lugar favorito donde se frota, jadea, suda, va, viene y vuelve a ir; se sumerge en un coctel de placer intenso que reconoce como propio, como íntimo y delicioso.

Cuando la descubrí por primera vez me asusté mucho, pues ella estaba superconcentrada cabalgando en el sofá, que se convirtió en su favorito. Cuando le pregunté: “Hija, ¿qué haces?”, sin pelos en la lengua y superserena dijo: “Acariciando mi vulva con el sofá”; me quedé en mute y a los diez segundos le respondí: “Muy bien, sólo trata de no lastimarte, tienes que cuidar tu cuerpo”.

Empecé a investigar y a consultar con mi tribu de crianza inmediatamente, y fue bonito saberme acompañada, contenida, caminando con una cantidad de mujeres maravillosas que aprendemos juntas. Así conocí de la chilena, el cuento de “El tesoro de Lilith”, un relato sobre la sexualidad, el placer y el ciclo menstrual para las niñas. ¿Has escucha o leído de Lilith? Dicen que fue la demoniaca primera mujer de Adán, la que desobedeció las reglas del Edén y, por eso, la expulsaron del paraíso. Yo me quedo con la idea de que fue una rebelde que quería gozar, al igual que Adán, de la vida y todo lo que implicaba respirar y sentir, incluyendo la sexualidad y el erotismo.

¡Saca a tu Lilith interior y despréndete del pecado de Eva!

ÉPALE 388