POR MARLON ZAMBRANO •@MARLONZAMBRANO /ILUSTRACIÓN L. “RAZOR” BALZA

ÉPALE248-SOBERANÍAS SEXUALES“¿Te estás tocando el pipicito?”. Fue lo más tierno y creativo que logré balbucear, a duras penas, cuando encontré a mi hijo matándose a pajas sobre la cama de sus padres.

La paja del hijo es una categoría en sí: no es lo mismo la paja del padre, la paja de los amigos, la paja de una tía o la paja propia, que la infantil y deslumbrante paja del hijo de uno.

Se complica aún más cuando, por segunda vez, sobre el mismo aposento, lo encuentras en la misma faena con furia de bestia alucinada, a lo que solo puedes responder, por tu propia salud mental y la de él: “¡Coño chamo!, ¿no lo hablamos ya? Ese es un asunto sano pero introspectivo, que requiere intimidad”.

Necesité media botella de ron seco, en sorbos acelerados, para atreverme a contárselo a la madre, más en tono terapéutico que por chisme doméstico. “¡Chama, perdimos al bebé!”, a lo que la mujer respondió solo con el rostro despedazado, que desembocó en llanto con ahogo e hipo.

Yo, en cambio, viví tres días de pesadillas: caía en un precipicio hasta que golpeaba el piso, con lo que me despertaba sudando frío sobre la cama donde se masturba mi hijo.

¿Cuánto hace que yo mismo le besaba con embeleso las bolas entalcadas, o le limpiaba el culito o le chupaba los mocos tras un ataque de catarro? Una primera advertencia, un cisma distraído fue cuando decidió hacerse fanático de Los Rolling Stone frente a mi pretendida imposición de Los Beatles. Ya el niño anunciaba independencia y soberanía.

Y es que la masturbación, más que un descubrimiento para él y ejercicio del que se hará ardiente partidario, ha terminado siendo el hallazgo de mi muerte. ¿Exagero? Ya entra en la adolescencia, ya no es nuestro inocente querube. En todo caso, ya ni siquiera nos pertenece sino a las fantasías eróticas que irá lucubrando al frotar su miembro erecto, mientras nosotros, sus padres, pasaremos a la condición de los viejos achacosos de los que irá huyendo cada vez más para pajearse en paz, hasta que ya no estemos sobre este mundo.

En unos días, cuando vengas a ver, se le sumará el principito del medio y, en un descuido, le seguirá el angelito menor en la fascinante carrera de escurrir esperma por entre los desagües del hogar.

Es verdad, somos un canal, no somos sus dueños, los hijos son de la vida y nosotros apenas un puente que les facilitó el camino. Pero uno siempre jura, como Andrés Eloy, que cuando se tiene un hijo “se tienen todos los hijos de la Tierra, los millones de hijos con que las tierras lloran, con que las madres ríen, con que los mundos sueñan”.

ÉPALE 248

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