ÉPALE313-LA PASTORA

“CARACAS BELLA”

MARTÍN CAPARRÓS, UN CRONISTA TARIFADO, PASÓ POR CARACAS Y LA VIO DESAHUCIADA PERO NO PUDO NEGAR SU BELLEZA: “CREO QUE NO HAY CAPITAL EN EL MUNDO QUE TENGA TANTO VERDE. LA BELLEZA DE UN VALLE ENTRE MONTAÑAS TROPICALES: EL CIELO COMO UN RAYO, LOS ÁRBOLES SIN MENGUA, EL VIENTO SUAVE…”. EL GOBIERNO NACIONAL DECIDIÓ CONSOLIDAR SUS BONDADES A TRAVÉS DE LA MISIÓN VENEZUELA BELLA, QUE HA DE MIRAR HACIA LA PASTORA, DONDE ABUNDAN LOS MATICES

POR MARLON ZAMBRANO @MARLONZAMBRANO / FOTOGRAFÍAS JESÚS CASTILLO

La urbe, desde lejos, observa

La urbe, desde lejos, observa

La puerta de entrada es apenas una breve hoja de metal que esconde, luego de atravesar la estrecha garganta del lobby, una larga bocanada de nostalgia ataviada con mosaicos de rombos. De San Ruperto a Perú, como quien hurga a Caracas de este a oeste, se abre una casona que por cien años, o más, acompañó el martirio de la urbe que se perdió en los estertores de la ciudad naciente a espaldas de su naturaleza, observando con deseos el espejismo del desarrollo que labró a mandarriazos la arquitectura vitalista que conocemos, y se erigió a retazos de cemento calvo y cabillas erizadas.

Pero no está perdido todo. En La Pastora aún hipnotizan los ventanales de las muchachas casaderas. Atraviesas el zaguán de la desconfianza, el corredor de los misterios y te aposentas en la sala de los amigos entrañables, donde a lo mejor no te ofrecen café ni un trocito de pan, pero te guiarán de la mano a través de una galería de antiguas fotos desplegadas en las paredes, de cuando aún don Eustaquio enderezaba los rieles del tranvía y doña Herenia golpeaba las sábanas de algodón contra los pedruscos prehistóricos de la quebrada Catuche, en el antiguo arte de lavar la ropa con arena y azulillo.

Y SE HIZO CATUCHE, DONDE SEMBRÓ CAFÉ, MAÍZ, AGUACATE Y MANGOS PARA ALIMENTAR A UNA PROLE QUE SE MULTIPLICÓ MIENTRAS LA PASTORA SE ENTRETENÍA EN SUS CARNAVALES CON POMPAS DE ALMIDÓN

ÉPALE313-LA PASTORA 3Las casas aún son galerías del pasado, con portales de terracota, puertas a dos hojas, balaustres de madera, altos techos trenzados por caña amarga, cornisas como pestañas adormecidas y remates orlados de mamparas románticas, de donde emerge Mestiza, la trapera venezolana, cantando un hilo distante que hubiera matado de infarto a más de una de las señoras de la liga de la decencia: “A tu novio le gusta mi culo, porque lo tengo parao y bien duro, entonces yo con todo eso si tengo futuro, me pone cosas en el muro, y quiere cogerme a juro…”.

“Esto se jodió cuando tumbaron a Pérez Jiménez” jura un descendiente de los Sánchez, una de las familias fundadoras, desde el fondo de su doméstico fotoestudio a pocos metros del pedestal erigido por la historia para recordar dónde fue que hondeó la cabeza frita del prócer José Félix Ribas en 1815, en Puerta Caracas, casi al frente de donde las tropas realistas del siglo XXI intentaron carbonizar hace unos días la sede de un centro comunal y cultural por el solo hecho de llevar el nombre de un mártir de la revolución bolivariana: Robert Serra. Cuenta Tomás Eloy Martínez en su crónica “Si la Pastora cae”, que los pastoreños pertenecían a una misma familia enorme que ningún contratiempo alcanzó a desunir.

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SIGUE SIENDO LA PASTORA

ÉPALE313-LA PASTORA 8Doña Miriam, en cambio, asegura que cometió un error. No se imaginó, cuando se enamoró de un gallego que le hacía tímidos ojitos, que las vueltas de tuerca del destino la situarían a las faldas de la montaña sagrada de los Caracas con la cruz del destierro marcada en su frente. Ella, hija única, él, hijo único, tuvieron dos hijos —que casi son únicos— que aún no le dan nietos y se fueron del país llevándose el sino de esa estirpe contagiada de extinción. Mientras, reanuda sus amoríos con la parroquia tomando el frescor de las tardes en la plaza desde donde cada día, nos cuenta emocionada, ve la neblina tragarse a la montaña como si de un truco mágico se tratara. Ella no es pastoreña nativa, solo lleva 35 años bregando entre sus moradores, de Gloria a Sucre, con la seguridad de que lo que tiene La Pastora es que aunque te sientas alejado, estás cerca de todo. “La Pastora sigue siendo La Pastora: tú estás en tu casa y no te enteras de nada, pero te puedes ir a la Panteón, a San Bernardino, la Urdaneta, la Baralt, Lídice, Manicomio, avenida Sucre… caminando”.

La plaza aún es un espacio de comunión

La plaza aún es un espacio de comunión

No sobreviven, eso sí, ni uno de sus siete cines; el arrebato del martirio de José Gregorio Hernández inmolándose —sin querer— sobre el chasis de una de esas invenciones satánicas llamada automóvil; el señorío del puente Carlos III cuando aún se imponía como un logro de la ingeniería patria; los botiquines de abolengo para maraquear “zamurito” de Dos Pilitas a Portillo. Si sobrevive, mágicamente mecido por la inercia, un hilito de agua blanca que se desborda a lo largo de la Calle Real desde un tiempo infinito cuyo origen todos desconocen, incluso Hidrocapital.

Los mosaicos de centenarias casonas, recuerdan a una Caracas que se espantaba con los fantasmas

Los mosaicos de centenarias casonas, recuerdan a una Caracas que se espantaba con los fantasmas

VINIERON SIGUIENDO UN RÍO

ÉPALE313-LA PASTORA 7En cambio Ana Josefa Zambrano se vino de La Grita, Táchira, persiguiendo la esperanza a través de un lecho de río, y dio con sus huestes fundadoras a la quebrada, y se hizo Catuche, donde sembró café, maíz, aguacate y mangos para alimentar a una prole que se multiplicó mientras La Pastora se entretenía en sus carnavales con pompas de almidón, deslizaba a sus obreros hacia la fábrica de interiores Sansón, los carajitos jugaban carruchas, trompo y metras, se hacían matinés y conciertos de fin de semana, florecían los apamates del bulevar Brasil, sonaba Gardel como un ruiseñor de San Ruperto y de pronto Morochito Hernández se detenía a meterse dos birras en el bar Las Flores, para continuar luego con los entrenamientos que lo convertirían en campeón mundial de boxeo en la categoría peso wélter junior.

José Antonio Zambrano es su nieto. Tiene 53 años y advierte que La Pastora se esfuerza por mantener sus tradiciones, y aunque esté golpeada por la situación del país, conserva la alegría primaria del pueblo llano que se encuentra en la misa de gallo y se cita en la plaza, frente a la Catedral de la Divina Pastora, a dialogar en paz sobre el rumbo de las cosas sin demasiada estridencia, pues hace rato que los malandros dejaron el pelero (o fueron desterrados por los ciclos vitales) y el debate político apenas suena como un barullo al fondo, en la lejana Caracas.

Las esquinas se trenzan como vórtices anecdóticos

Las esquinas se trenzan como vórtices anecdóticos

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