La pelona y el tánatos en su día

POR ARGIMIRO SERNA / ILUSTRACIÓN ERASMO SÁNCHEZ

Resulta coherente que, así como los periodistas, las madres y las secretarias, los muertos tengan su día. Ese día se hizo universal por la compelounión de tendencias del cristianismo durante el siglo XVIII, que lo diseminó por Europa y lo trajo a América en barco donde, como ha sucedido con muchos rituales, se mezcló con adoraciones autóctonas. Como sea, el reconocimiento de esa presencia inmanente  e imaginaria en todos nosotros, de todas las épocas, colores y combinaciones genéticas, es un motivo de mito muy especial en nuestra imaginación. En Caracas, Venezuela y el mundo entero la muerte acecha, acompaña, asesora, asusta y persigue al que, por algún accidente, sale de la fulana zona de confort y reflexiona cosas fuera de rutina.

Es importante aclarar que el Día de los Muertos no es una adoración a lo malo y lo oscuro, sino el recuerdo de quienes alguna vez estuvieron vivos. Así se cuenta esa celebración de los santos o muertos que fueran admirables en vida. Un dato peculiar de esta fecha es que se manifiesta en otras culturas de igual forma que en la cristiana. Celebrar a los que algunas vez estuvieron vivos, y que quedaron en la memoria de quienes aún lo estamos, los convierte en conocimientos y héroes paradigmáticos. Esa cualidad especial de ser en sí que tiene todo ser humano con la mirada, las manos, su capacidad de hacer y decir pasa a otro plano donde se da ese mito estudiado por psicólogos y lingüistas. Como sea, una vez muertos, lo que queda en la imaginación de las personas vivas se presta al mito por sus acciones, las cuales pueden ser o no ejemplares; el requisito fundamental es que jueguen su papel en una historia, que estamos escribiendo entre todos a partir de ahora.

Los cristianos, los celtas y aztecas practicaban ritos para recordar mártires, muertos en guerras o castigados por dioses manifiestos en desastres naturales. En la rama occidental cristiana este día termina siendo el 1° de noviembre, quizá por alguna influencia celta que lo celebraba justo antes de invierno. De ahí que en esa cultura de idioma contracto All Hallows’ Even(ing) se convirtiera en Halloween.

En México esa tendencia se permea con una constante celebración o adoración de los fallecidos en el pueblo azteca, específicamente la rama náhuatl, hasta nuestros días. Sobre eso, Carlos Castaneda escribe una historia de origen dudoso, pero de una cualidad innegablemente cimentada en una vasta información, como una tesis.

La relación de los brujos con la muerte, compartida entre paganos europeos y autóctonos precolombinos, contrasta con esa noción terrorífica de John Carpenter en la interpretación de su franquicia de terror titulada Halloween, que hace metáfora, en mi opinión, con la moral evangélica que le toco vivir. En ambos casos, como el nuestro, la muerte puede ser un momento a partir del cual jamás seremos los mismos.

Como sabemos, ni la pelona ni el tánatos fallan, así que nos toca inventar un punto de encuentro con aquéllos que algunas vez estuvieron aquí, aunque sea imaginario.

ÉPALE 348

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