La perenne construcción

EL “NUEVO ORDEN MUNDIAL”, LIDERADO POR EL IMPERIO NORTEAMERICANO,  HA PRETENDIDO BORRAR DEL MAPA AL PROCESO REVOLUCIONARIO. LUEGO  DE FALLIDOS GOLPES DE ESTADO, EEUU HA DECIDIDO TOMAR LAS RIENDAS  ÉL MISMO APLICANDO UNA GUERRA TOTAL, SIN DESCARTAR LA INTERVENCIÓN  DIRECTA. Y, PARA ELLO, NECESITA UN ESTADO DE DESESTABILIZACIÓN INTERNA,  DE PRECARIA PAZ

POR RODOLFO CASTILLO / FOTOGRAFÍAS ARCHIVO / ILUSTRACIÓN FORASTERO LPA

Para entender el frágil estado de paz social que existía antes de la llegada del comandante Chávez al poder en 1999, sin duda, es necesario hacer un balance histórico que nos permita tener la claridad suficiente de lo que realmente significa eso que han dado en llamar “vocación pacifista del venezolano”.

SALDO ROJO INDEPENDENTISTA

Innumerables veces hemos escuchado que la Guerra de Independencia de Venezuela fue de las más atroces del continente. Sin ánimos de hacer un estudio estadístico comparativo, a continuación exponemos algunos datos interesantes que reflejan hasta qué punto llegó el horror de aquella conflagración.

“Luego de 13 años de conflicto armado se calcula que hubo aproximadamente 200.000 personas fallecidas a consecuencia de las batallas, además del brote de enfermedades y la escasez de alimentos que se tradujo en muerte por falta de comida” (batallashistoricas.com); si a este dato le anexamos la siguiente información, extraída de “La población de Venezuela: evolución, crecimiento y distribución geográfica” en Geografía. Enciclopedia Temática de Venezuela. Vol. 8 (1999): “Para finales del siglo XVIII la población de Venezuela era de 813.000”, tenemos que durante la guerra independentista murió 24,6% de la población, exceptuando las muertes por enfermedad y ausencia de comida. De todo este desolador escenario cabe destacar que en la mítica Batalla de La Victoria, y en palabras de Eduardo Blanco (Venezuela heroica, 1959), “en tres años de lucha, Caracas había ofrendado toda la sangre de sus hijos al insaciable vampiro de la guerra; hallábase extenuada, sin hombres que aprontar a la defensa de su invadido territorio; y al reclamo de la patria en peligro, solo había podido ofrecerle sus más caras esperanzas: los alumnos de su universidad”; lo que quiere decir que dejó al siglo en ciernes en estado de orfandad de buena parte de los profesionales, mismos que habrían de construir la incipiente nación.

No sé si nuestra guerra de Independencia haya sido la más sangrienta de toda América, pero sin duda sus secuelas hicieron de Venezuela uno de los países más pobres y atrasados del siglo XIX. Siglo que depararía otros perniciosos estados de beligerancia que irían en detrimento de la construcción de la patria.

Al menos un cuarto de la población de Venezuela pereció durante la gesta independentista

“OLIGARCAS TEMBLAD,…

… ¡viva la libertad” rezaba el estribillo de la canción insignia de la Guerra Federal (1859-1863). La misma se dio porque las condiciones socioeconómicas y las diferencias acentuadas entre los grupos de poder y el pueblo mantuvieron el estatus que tenía antes de la Independencia. Guillermo Morón, en su libro Memorial de agravios (2005), sostiene: “El pueblo se descuajó en cinco años de ferocidad en la Guerra Federal descrita por Lisandro Alvarado en un largo escrutinio que debe formar parte de la biblioteca, si es que no la han expurgado, de Miraflores. El pueblo rindió la pacífica existencia de los siglos XVII y XVIII en cuarenta revoluciones, levantamientos y sustos hasta 1903”. Más allá de la obvia intencionalidad del autor (exponer a las centurias coloniales como la paz ideal y al Gobierno Bolivariano como exterminador de la memoria histórica), el saldo de desgracia que arrojó esta guerra, apenas 40 años después de haber librado la gesta de independentista, da cuenta del estado de precariedad de la Venezuela del siglo XIX: entre 150.000 y 200.000 muertos sobre una población de aproximadamente 1.800.000 habitantes, es decir, entre 8% y 11% de los venezolanos.

Luego de esta conflagración fratricida, no se necesita ser un agudo analista para advertir la endeble condición social y económica del país, que lo convertiría en presa fácil de cualquier alzamiento febril, más aún cuando la anacrónica estructura de castas colonial persistía.

“BENEMÉRITA PAZ”

Al ascenso de Juan Vicente Gómez al poder, y su largo reinado de terror, se le atribuye finalmente la conquista de la paz. Solo que esta debe ir más que entrecomillada. Sin duda que durante su largo mandato se fue armando toda la filigrana estructural y estatal que mantendría un pacifismo moderado; por supuesto, la misma venía acompañada de la implementación de una feroz dictadura, como nunca antes la había sufrido el pueblo venezolano. Además, es imposible soslayar un dato, sin el cual hubiese sido imposible sostener su tiranía: el nacimiento de la Venezuela petrolera.

Al amparo de las grandes transnacionales del crudo —y a pesar de lo que la historiografía adeca quiso implementar (Venezuela entra al sigo XX con 35 años de retraso, por ejemplo)—, durante el gomecismo se edificaron un par de estructuras orientadas a alcanzar la pacificación: la Academia Militar de Venezuela (formación de profesionales en el área militar) y la construcción de la carretera trasandina (corredor estratégico que permitiría sofocar cuanta rebelión se presentara mediante la movilización rápida de los contingentes de la milicia).

Otro elemento que cuajó en la percepción de una paz duradera fue la apología del gomecismo que hizo Laureano Vallenilla Lanz en su obra Cesarismo democrático, donde analiza la conformación de la sociedad venezolana, a la luz de la teoría positivista, y justifica la figura del caudillo autoritario como único ente capaz de regular y controlar el poder político en nuestro país, donde no percibía a un pueblo capacitado para el ejercicio del sistema democrático. A todas luces, al gendarme necesario lo alimentó el “ilustrado servil”.

Sin embargo, sería en extremo mezquino evaluar ponderadamente los aportes que el ciclo gomecista legó a la historia del siglo XX: ni más ni menos que la creación de la Venezuela moderna. Una extensa semblanza de estos aportes la podemos observar en el texto Las luces del gomecismo de Yolanda Segnini.

La Rotunda gomecista: la paz de los muertos

-1989: ANNO DOMINI

Con el advenimiento del petróleo vino adosada una paz social —que tuvo su paréntesis en la lucha armada de los años 60—, que llegó al paroxismo del relajo durante la borrachera petrolera del “tá barato, dame dos” de los años 70. A lo largo de muchos años se vino fraguando una situación social donde las diferencias de clases se fueron agudizando de forma dramática y que adquirió visos de pavor a partir del Viernes Negro de 1983. Pero lo que auténticamente representó un punto de inflexión, un antes y un después de esa paz social fue la hecatombe política, social y económica que significó El Caracazo. Ese estallido social, espontáneo, sin caudillo ni dirigencia, reveló lo que era un secreto a voces: un sistema político-partidista que no daba para más; además de lo que tradujo como levantamiento de un pueblo contra las medidas neoliberales del FMI. Una vez más en nuestra historia, la paz social había fenecido.

El resto de la convulsa década de los 90 es historia viva: par de rebeliones militares en 1992 y el ascenso al poder de Hugo Chávez en 1999.

El punto de inflexión, el antes y después: El Caracazo

1999: CONSTITUYENTE DE PAZ

Ante el evidente desgaste, y para evitar una guerra civil, Chávez lanza su primer decreto: el proceso Constituyente. Dentro de su aguda visión entendió que para edificar una paz verdadera era imprescindible la transferencia de poder a las bases populares. Y así lo sostiene la actual Carta Magna cuando contempla que nuestra democracia es “participativa y protagónica”. Obviamente, no es esa paz del agrado de los grupos de poder; entonces se desatan los demonios del golpe de Estado de 2002 y el Paro Petrolero 2002-2003. Ambos fracasos, aunado a un repunte de los precios internacionales del crudo, dieron lugar a la época dorada del chavismo: estabilidad política y paz social derivadas de un franco mejoramiento en la calidad de vida de los venezolanos, de la cual tan solo hacer mención de las cifras sería redundar.

Esa calma chicha dará un vuelco de 180 grados a raíz del fallecimiento del comandante Chávez.

GUERRA TOTAL

Para decirlo en dos platos, la ecuación es simple (y, ahora sí, redundar hasta la náusea): debajo de nuestras pisadas se haya el reservorio de oro negro más grande de este planeta, mientras al mayor consumidor de combustible fósil se le augura un futuro de penurias energéticas. La amenaza de guerra es evidente: guerra económica, guerra financiera, guerra eléctrica, guerra paramilitar, guerra híbrida: guerra total. El único escenario faltante es el bombardeo directo, que ojalá nunca ocurra. Pero considerando que la mayor potencia guerrerista de la Historia de la Humanidad jamás descansará hasta doblegar a la patria venezolana, la Independencia y soberanías alcanzadas solo se mantendrán mediante un proceso continuo de construcción de la paz, constructo que solo se alcanzará con justicia y equidad.

Por supuesto, quedarnos en el mero eslogan sería pecar de extrema ingenuidad. Como toda dualidad guerra-paz —sobre todo en nuestro caso— está supeditada a lo económico, entonces, la primera batalla que hemos de ganar es la económica. Lamentablemente, los pasos que se dieron en ese sentido no han dado los resultados que todos esperamos… por ahora.

Estrategia clave dentro de la guerra no convencional: guerra económica

¿Y AQUÍ?, ¿ALLÁ?, ¿ACULLÁ?

Es imposible descontextualizar lo que sucede en Venezuela de la realidad internacional. EEUU, literalmente, le ha declarado la guerra al mundo. En el actual estado de nueva Guerra Fría (no tan gélida) nuestro país juega un papel de primer orden gracias a sus reservas petroleras y por lo que ideológicamente significa: primer país que se revelo contra las políticas fondomonetaristas y primero que abrazo al socialismo luego de la disolución de la Unión Soviética.

En el presente contexto de guerra mundial de baja intensidad los estadios de paz se asemejan más a la tranquilidad que a un escenario de paz como un absoluto. La espartana expresión de José Félix Ribas viene como anillo al dedo: “No podemos optar entre vencer o morir, ¡necesario es vencer!. Venezuela, ante el acecho permanente del que es víctima, no le queda otra opción que hacer de su paz y de su tranquilidad una construcción perenne, eterna.

ÉPALE 344