MIGUEL OTERO SILVA

QUE SE SIGA LLAMANDO COMUNISTA A ALGUIEN TAN ADULADO POR LA BURGUESÍA Y TAN CERCANO A SUS MIELES NO ES UNA NOVEDAD NI UNA RAREZA. PERO LAS RAREZAS HAY QUE EXPONERLAS CRUDAMENTE DE VEZ EN CUANDO

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN RAUSSEO DOS

Todo aquel que se precie de ser llamado o considerado “figura pública” necesita de algún acto más o menos heroico, o al menos sonoro o arriesgado, que lo bautice o designe como merecedor de algún renombre. El de Miguel Otero Silva no fue, como quieren hacer creer algunos intelectuales o intelectualófilos, el dicho en el editorial de la revista Válbula (enero de 1928): un amasijo de palabras que anunciaba, como anuncian todos los manifiestos literarios o culturosos de todos los tiempos, que tal cofradía, publicación o movimiento ha nacido para cambiar al arte, al mundo y a la especie humana. Si el ser humano fuera lo que dice, y no lo que hace, pudiera ser verdad que eso de participar en la revista Válbula fue un bautismo de fuego. Pero al joven Otero lo esperaba una travesía más digna de ser contada que esa de haber discutido unos párrafos con un poco de muchachos pálidos como Uslar Pietri, Ramos Sucre, Nucete Sardi, Fernando Paz Castillo y otros brillantes sifrinos de la época.

En 1929, a sus 21 años de edad, se convirtió en uno de los exiliados venezolanos que asaltaron un fuerte militar en Curazao y secuestraron al gobernador de la isla, abordaron con su rehén un vapor norteamericano y desembarcaron en La Vela de Coro como Miranda para iniciar un movimiento que pretendía derrocar a Juan Vicente Gómez. Destruido a cañonazos el alzamiento, cuyos integrantes fueron muertos a plomo o hechos presos por la dictadura, el joven Miguel huyó con otros rebeldes por la sierra falconiana y fue a parar a Colombia, a pie. Eso sí califica como bautizo de fuego: bienvenido Miguel Otero Silva al clan de los carajos que hicieron algo más que angustiarse en un café para poder escribir versos atormentados.

COMUNISTA, DICEN

En 1937 participa en la 1ra Conferencia Nacional del Partido Comunista de Venezuela y, como dicen que pertenecer a ese partido dizque convierte en comunista a la gente, entonces ya Miguel Otero Silva mereció ser llamado comunista. Fundador de varios órganos de difusión, entre ellos un muy celebrado Aquí está que fue órgano del partido durante años y de un emblemático El morrocoy azul hito del humorismo hecho en Venezuela—, en 1943 funda junto con su padre el diario El Nacional. Este fue un periódico de información general que ya no existe; hoy circula con ese nombre un pasquín al servicio de un empresariado abocado a la tarea de entregarle el poder a Estados Unidos.

En 1948 conoce a María Teresa Castillo y con ella procrea dos hijos. Uno de ellos ha sido el autor de la destrucción de El Nacional original, quien por ahí anda todavía dando lástima, ya que nadie (ni siquiera sus compañeros de aventura fascista) se explica cómo fue que un señor aguerrido y talentoso como el Miguel haya criado a otro Miguel y éste haya resultado ser el alfeñique que ya ustedes saben.

En algún momento de su transformación humana, esa de la que no se salva casi nadie, Miguel Otero fue abandonando el rol de periodista, humorista y militante aguerrido con la que consolidó su imagen de autor de buenas (buenísimas) novelas y, de pronto, se le destapó una vena ya no tan romántica ni aventurera: el hombre se hizo coleccionista de arte, por sus manos pasaron obras y colecciones que son reliquias del arte universal. Dejó de ser figura en las calles y tertulias y solo se le vio encerrado en mansiones o en paraderos inencontrables. El Miguel Otero Silva-vaca sagrada, sujeto esquivo y elitesco, seguía siendo llamado “comunista”; y era realmente difícil atentar contra esa denominación con un Fidel Castro tributándole homenajes y una Unión Soviética entregándole el premio Lenin de la Paz (1979).

Además, en la Venezuela de los años 80 se vivió un fenómeno más cómico que trágico: había gente a quien se llamaba “de izquierda” y no pasaba de ser un adorno en un rincón de las fiestas y eventos sociales de la burguesía adeca emergente. Los nuevos ricos armaban su aquelarre y exhibían entre sus amistades, como corotos exóticos e interesantes, como raras adquisiciones, esos bichos que (uy, válgame Dios) parece que fueron guerrilleros o decían haber estado en la guerrilla o tan siquiera simpatizar con revoluciones y personajotes; comunistas y “gente de izquierda” se les llamaba a Pedro León Zapata, Orlando Urdaneta, Caupolicán, Adriano González, José Ignacio Cabrujas, al Ibsen, al único idiota de los Nazoa (ese que anda por ahí recomendando comer huevos) y, en general, a toda criatura que se tomaba los vinos e iba a jalar bolas en el Ateneo de Caracas con la corte de Carmen Ramia y su esposo. En ese círculo de decadencia, una pareja como la de Miguel Otero y la María Teresa tenía que alcanzar categoría de tótem: adulabas a esos dos y ya eso te garantizaba un chance de figurar en El Nacional como parte de esa “izquierda” inofensiva y exquisita.

El empujón inicial para la consolidación de la imagen de tipo “de izquierda” de Migel Otero, a pesar del encierro dorado en sus fastuosas mansiones, fue la enemistad pública que le obsequió Rómulo Betancourt en los años 60. Podías no ser comunista, pero si el camastrón adeco te detestaba ya eso era una credencial respetable. Justo antes de esa década había estado preso en las cárceles perezjimenistas, pero cuando Pérez Jiménez cualquier bicho público iba preso por decir cualquier cosa.

Miguel Otero Silva fue todo lo controversial y enigmático que puede permitirse ser cualquier ícono de las artes y de eso que algunos pretenciosos llaman “la cultura”. Siempre es bueno volver sobre lo esencial de su paso por el mundo, pero no debe uno abstenerse de pasar el resaltador por dos o tres matices cruciales, no vaya a venir su hijito a querer secuestrar y reciclar lo mejor y lo peor de este singular personaje, en estos tiempos de destrucción de paradigmas y verdades impuestas.

ÉPALE 292

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