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LA REVOLUCIÓN CULTURAL QUE SE VIVE EN DIQUES Y ASTILLEROS NACIONALES PODRÍA SER PUNTA DE LANZA DE UN MOVIMIENTO QUE HARÁ REALIDAD LA FRASE DEL CANTOR ALÍ PRIMERA: “ALGÚN DÍA LA CULTURA SERÁ GOBIERNO”

POR MALÚ RENGIFO • @MALURENGIFO / FOTOGRAFÍAS ENRIQUE HERNÁNDEZ

En el estado Carabobo, municipio Puerto Cabello, atravesado en esa carretera de costa que llega hasta Borburata, se encuentra un enorme astillero de 112 años de antigüedad: la empresa estatal Dianca (Diques y Astilleros Nacionales, C.A.), un lugar de características inenarrables para nosotros, caraqueños acostumbrados a esa enorme cortina montañosa que nos aleja la vista del paisaje marítimo. No exagero, tampoco lo sabía hasta hace poco: un astillero es un espacio de inmensas proporciones donde es fácil ver guayas del grosor de una persona o grúas como monstruosas jirafas de hierro. Este dique, único astillero del país, está diseñado para darle mantenimiento a enormes buques, submarinos colosales y demás embarcaciones de gran tamaño, y figura como uno de los más grandes e importantes del continente debido a su capacidad, pero a pesar de tanta inmensidad, el hecho relevante de esta historia no consiste en el formidable espacio sino en su gente, la pequeña gente y sus enormes poderes creadores.

DIQUE PARADO NO GANA FLETE

El nombre del almirante es Franklin Zeltzer Malpica, oficial retirado de la armada. Fue rector de la Unefa durante seis exitosos años y en el año 2013 fue llamado a presidir el astillero por orden de Asdrúbal Chávez, quien no tardó en informarle sobre las condiciones de deterioro en que se encontraba la empresa.

“Mis amigos me llamaban y me decían que no estaban seguros de si debían felicitarme o preocuparse por mí”, cuenta el almirante Zeltzer, y en sus gestos se puede atisbar el alivio que siente de saber que las cosas han cambiado, porque para aquellas fechas Dianca había pasado por una serie de gestiones irregulares que habían generado un profundo deterioro tanto en las instalaciones, maquinaria y productividad de la empresa, como en los trabajadores, sus relaciones interpersonales, su respeto por el espacio de trabajo y hasta sus vidas fuera de la empresa.

EL HECHO RELEVANTE DE ESTA HISTORIA NO CONSISTE EN EL FORMIDABLE ESPACIO SINO EN SU GENTE, LA PEQUEÑA GENTE Y SUS ENORMES PODERES CREADORES

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“Cuando vine a asumir el cargo se lo recibí a un presidente transitorio que había durado cinco meses, y que solo había estado sosteniéndole el cargo a otro presidente. Me encontré con una empresa que estaba abandonada, y que se fue a un paro de 45 días al poco tiempo de haber llegado. El conflicto sindical era muy complejo, y me tocó empaparme del tema para tratar de negociar con el sindicato y agilizar la aprobación del contrato colectivo para que pudiéramos iniciar la recuperación de la empresa”, cuenta el almirante.

Pero resulta que aquel no se trataba de un sincero conflicto sindical: las acciones de aquella gente respondían a los deseos de un pequeño conglomerado poco mayor a diez personas, cuyo interés estaba enfocado en dilatar la aprobación del contrato colectivo para así poder perpetuarse como líderes dentro de la organización, todo esto en contra de la voluntad de una gran masa de trabajadores. “El ambiente era hostil, acosaban a la presidencia, amenazaban con sacarme, pedían el regreso del presidente transitorio. Si traíamos alguna visita había que estar metidos en un carro que les bloqueara la visión, porque los supuestos sindicalistas nos abordaban con actitud intimidatoria. La empresa estaba en 90% de inoperatividad, en el año 2012 se habían atendido solamente cinco barcos”.

El descubrimiento de las capacidades creadoras es motivo de orgullo para los participantes

El descubrimiento de las capacidades creadoras es motivo de orgullo para los participantes

LA CONQUISTA

Luego de varios paros, y de mucho resistir —no solo la presidencia del astillero estuvo resistiendo, también lo hicieron los 1.500 trabajadores que soportaron amenazas contra su integridad física, la de sus hogares y familiares si no se iban a paro—, comenzaron a hacerse procedentes, poco a poco y a través de recursos estrictamente apegados a la legalidad, las solicitudes de baja de los sindicalistas más conflictivos. En total fueron 11, y una vez lograda la extirpación de este foco de conflictos fue posible iniciar el proceso de recuperación de todo lo que se había perdido y deteriorado durante décadas de indiferencia.

“Comenzamos por remodelar completamente baños, comedores, todos los espacios que estuvieran destinados al bienestar de los trabajadores; y así, poco a poco, ellos se dieron cuenta de que las cosas estaban cambiando verdaderamente”, comenta el almirante, y añade una perla que parece traída desde las profundidades del más bello mar: “Un día me acordé de una máxima que le escuché muchas veces al comandante Chávez: ‘No puede haber revolución sin cultura’”.

Y aquí me toca revelarle un secreto: apenas ahora es que comienza lo bonito de esta historia.

APRENDER A SENTIR  Y ROMPER PARADIGMAS

Una vez regularizadas las actividades dentro del astillero, comenzó un proceso de recuperación de la maquinaria (poderosos tornos alemanes que estaban desincorporados, debido a un supuesto daño absoluto, fueron reparados y hoy prestan servicios con perfecta precisión, por ejemplo), y de forma simultánea se abrieron oportunidades para la participación del personal obrero en actividades artísticas, talleres de fotografía, teatro, etc. Pero la receptividad hacia tales actividades por parte de los trabajadores era nula: “Al taller de fotografía tuvimos que asistir mi esposa, mi hijo, el fotógrafo de la empresa y yo, y eso porque nos daba pena con el profesor que ya se encontraba aquí”, cuenta el almirante.

Pero ningún almirante puede sucumbir a la frustración, y el siguiente intento lo hizo de la mano de la artista y pedagoga Olaida Pulido y su Escuela del Sentir. En esta ocasión, haciendo uso de los recursos y desperdicios de la empresa (herramientas, soldadoras y chatarra metálica de todo tipo), se convocó al personal a participar en un taller de ensamblaje escultórico y, para evitar nuevamente que la convocatoria quedara desierta, la presidencia envió al gerente de producción de Dianca la orden de reclutar a 25 incautos que asistieran al taller “aunque fuera obligado”.

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“Descubrimos que podíamos trabajar juntos”, afirma Cecilio Villegas

“¿Acaso soy marico? Lo que soy es soldador, ¿qué es esa vaina de un curso de escultura?”. Así, y más coloridas, fueron las reacciones de los trabajadores. Pero incauto es incauto, y “aunque fuera obligado” los 25 primeros participantes tuvieron que sacrificar un día de trabajo para adentrarse en el mundo del arte. No les voy a contar lo que esos hombres (y mujer, porque Lesbia Moncada, operaria mecánica de la empresa, también participó) dijeron cuando, durante la segunda clase del taller, les dieron unos espejitos y unas hojas de papel para que se pintaran un autorretrato, porque sería demasiada grosería, pero el hecho importante es que a la quinta o sexta clase los escudos del rechazo comenzaron a quebrarse, y los muchachos comenzaron a esperar con ansiedad y alegría la clase semanal de su taller de ensamblaje escultórico.

A partir de entonces, los cambios a todo nivel se hicieron muchísimo más notorios. Las asperezas entre compañeros se fueron limando al sonido de los esmeriles y nuevas relaciones de solidaridad nacían brillantes con cada chispa de soldadura. Las formas, el espacio y todos esos conceptos que anteriormente carecían de sentido para los trabajadores de Dianca cobraron repentino interés, la chatarra que antiguamente era vendida de forma ilegal por las gestiones pasadas se convirtió en materia prima para la creación, y la productividad del astillero se disparó, de atender cinco embarcaciones en 2012 a 45 embarcaciones que se han atendido, efectivamente, en lo que va de 2017.

LOS IMPRESCINDIBLES Y SU POESÍA

El lenguaje de los barcos está lleno de hermosísimas palabras: eslora, calado, proa… Cuando iba con Enrique, nuestro fotógrafo, y Meléndez, la mano diligente tras el volante del carro, rumbo a conocer la historia del astillero, surgió una frase en nuestra conversación: “Los cambios en el lenguaje son señales de cambios en otros aspectos de la vida”. No sabíamos que en los escultores-obreros de Dianca encontraríamos la prueba irrefutable de que esto es verdad. Como cuando José Mora, de 37 años, hombre fuerte, curtido de sol, nos dijo: “Uno como escultor tiene el deber de escuchar a la pieza. La misma pieza te habla. Soy del segundo grupo —ah, porque hubo muchos que se incorporaron al taller en una segunda avanzada, cuando empezaron a ver los resultados logrados por sus otros compañeros— y cuando me enfrento a una pieza que no me habla, que no sé qué hacer con ella, lo que hago es llamar a un compañero y le digo: ‘¡Lapa, ven acá!, ¿qué ves tú aquí?’”.

La majestuosidad de las obras dan cuenta de la profunda sensibilidad de los artistas

La majestuosidad de las obras dan cuenta de la profunda sensibilidad de los artistas

Lesbia Moncada, la chica del grupo, afirma: “Lo que descubrimos en nosotros fue la esencia misma del arte. Ahora uno va a la chatarra a buscar material para una pieza y se trae para hacer tres”. José Hernández, carpintero metálico, nunca pensó que iba a hacer escultura, pero su verdadera sorpresa ocurrió cuando descubrió que su vida familiar había mejorado de manera importante a raíz de su paso por el taller de la Escuela del Sentir.

Manuel Arteaga no sabía nada de soldadura. El oficio en el que es experto es el de retirar de los barcos la espesa capa de pintura vieja. Como desde siempre le ha gustado tallar en madera, se incorporó al taller emocionado, sin imaginarse jamás que la experiencia lo llevaría a compartir junto a sus compañeros la oportunidad de exponer sus obras, desde la más grande de todas hasta la más pequeñita, en uno de los espacios expositivos más importantes de todo el país: el Centro de Arte La Estancia, en Caracas (lugar en el que actualmente se encuentra la muestra, pero vaya rapidito porque se tiene pensado llevarla pronto a otros espacios expositivos del país).

En Dianca recientemente se instalaron mosaicos y murales en diversos puntos de la empresa, y los protagonistas de esas obras tienen los rostros reales de muchos de los trabajadores que forman parte del personal. Que me parta un rayo ya mismo si todo esto que les he narrado no es poesía. Es una poesía diferente: la poesía de un astillero.

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La grandeza del astillero puede verse impresa en las obras de los artistas

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