“La prostitución no fue una opción, es lo único que vemos posible”

Les dicen las mujeres de la vida fácil, pero cuentan que bajar a la avenida a hacer algo para comprar comida pone en riesgo sus vidas

                                Por Niedlinger Briceño Perdomo@colectivatejedora                                    Fotografías Mairelys González@mairelysg27

En algunos países como Colombia, Argentina, Chile, entre otros, lo llaman trabajo sexual. Más allá de un oficio, quienes lo hacen, les dan sentido de autonomía de los cuerpos y empoderamiento, incluso como un derecho que reivindicar.

Es todo un debate si hay que abolir la prostitución o no, si debe ser un trabajo más que se ejerza con consentimiento, y listo, pero les digo que este reportaje no pretende dar esa discusión. Más bien pretende contar la historia de muchas venezolanas que dicen no tener otra opción y que solo bajan a la avenida para darle de comer a sus crías.

Un grupo de trabajadoras sociales, sociólogas, psicólogas, comunicadoras y militantes del amor decidieron hacer un grupo focal y registrar las historias de estas mujeres madres, prostitutas, negras y pobres caraqueñas que se abrieron a la cercanía y empatía.

Historias nunca antes contadas

La Beba tiene 21 años y 3 crías, creció en una familia que no salía de un rollo, siempre un conflicto, necesidades, hambre, precariedad, vulnerabilidad total, y llevando la violencia atravesada en su vida, llegó a su mayoría de edad y empezó a probar ganar dinero vendiendo sus servicios corporales, ¿pero fue lo que eligió placenteramente?

“Empecé a bajar a la avenida después que tuve a mi primer bebé y les digo que, si yo tuviera comida siempre en mi casa, no lo haría porque es cierto que a veces conseguimos dinero rápido, pero no es fácil aguantar que te toque y te coja un tipo baboso y asqueroso” dice La Beba, quien tiene aproximadamente 3 años en el oficio.

Antes de bajar se encomiendan a Dios para que sea un buen día y puedan traer dinero a sus casas, se montan en carros y motos sin saber exactamente qué ocurrirá y, teniendo la fe de que sea rapidito y que no se vayan con la cabuya en la pata, satisfacen a esas almas desoladas y regresan al mismo punto por más plata.

Tienen historias que aún les generan mucho miedo, pero que anteriormente no se habían permitido contar. Esta vez se desahogaron entre ellas y recordaron la solidaridad que se genera en medio del trabajo entre ellas mismas, esto es lo que las feministas llaman sororidad, cuidarse entre ellas.

Yaya tenía 35 años, fue asesinada hace par de meses, le cayeron en cayapa y la golpearon hasta dejarla sin vida. Ella era una de las más respetadas en la zona y, luego de ser violada no volvió a prostituirse por miedo, pero es cierto que siguió transitando el mismo lugar. Quien era amiga de Yaya era respetada y así es como la recuerdan: “Yaya era buena gente, nos defendía. Esa loca daba el pecho por una, pero la mataron, yo fui testigo de la arrechera que le tenían”, expresó Lua.

Ellas son violadas todos los días por los clientes y, aunque buscan el dinero de esa forma, se sienten asqueadas de tener que hacerlo con tipos por los cuales no sienten ningún tipo de deseo ni gusto. Cuando les preguntamos ¿qué es lo más duro que les ha tocado vivir?, contaron: “pasa mucho que nos cogen y no nos pagan, pero es más terrible cuando nos llevan a unos barrancos con agua piche y quieren que nos desnudemos ahí, siempre nos negamos, exigimos que sea en un cuarto de hotel, con condiciones mínimas”.

A los que consumen cuerpos

Si pudieran hablar serenamente y en otra posición con los hombres que las agreden, ¿qué les dirían?: “Verga, que ellos también salieron de una totona”, dijo una entre la carcajada y la indignación.

“Hay hombres que te pagan por hacerles masajes de pies, o por vernos cagando. Incluso hay parejas que van para hacer tríos o lesbianas, y a esas les dejo muy claro que no me gustan las mujeres, pero tampoco me gustan la mayoría de los tipos con los que me tengo que ir”, dijo La beba analizando la situación cotidiana.

Están conociendo la lucha feminista

Algunas cuentan que muchos hombres les pagan para aconsejarlas, las montan en los carros o motos y van hablándoles de la vida y de otras formas de ganar dinero, otras dicen que las agarran solo para escucharlos; y todas coinciden en que los peores clientes son los policías, usan el poder de tener un arma en el acto y las obligan a hacer cosas que no quieren “porque, aunque seamos putas tenemos nuestras condiciones y merecemos respeto”.

“Me encantaría salir de eso”

Si tuvieran la oportunidad de pedir 3 deseos ¿qué pedirían?: “Chama, tener mi cédula de identidad para poder presentar a mis hijos, tener mi casa y poder darles una vida tranquila a ellos”, exclamó una; “yo ya tengo mi rancho pero pediría un trabajo bueno donde pueda aprender y dejar esta vida”, pidió otra; “ a mi me encantaría salir de eso, poder hacer mi currículo y salir a trabajar sin miedo a que me puedan violar o matar”.

Desean que sus hijas conozcan un mundo distinto, pero están conscientes que ellas podrían reproducir este oficio sin sentir posibilidades de sobrevivir de alguna otra manera. Las relaciones familiares son pésimas y con la comunidad son desde la lastima y el señalamiento. No les importa lo que digan los demás “cada quien vive su vida como mejor le va”.

Ellas están empezando a conocer de la lucha de las mujeres, y expresaron seguir teniendo los espacios para poder contar, comunicarse y desahogarse “yo hoy me liberé contando mi historia”. Van pendientes de concretar esos deseos que son comunes entre ellas y van super pendientes de hacer actividades recreativas y formativas en el barrio.

Saben que sus vidas pueden mejorar, la sororidad no la conocían con nombre y apellido, pero la vienen practicando desde hace bastante rato. “A mi no me cuida la policía, me cuidan mis amigas”, esta frase feminista se hizo evidente en sus relatos.

ÉPALE 402

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