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JOHN PETRIZZELLI, DIRECTOR Y DOCUMENTALISTA GALARDONADO, TUVO QUE ESPERAR QUE SE “ABRIERA EL CLOSET DEL CINE VENEZOLANO” PARA PRESENTAR SU POLÉMICA Y COMPLEJA, AUNQUE ENTRETENIDA, BÁRBARA

POR ANDER DE TEJADA • @EPALECCS / FOTOGRAFÍAS JESÚS CASTILLO

John Petrizzelli regresó al país a finales de los 90, después de vivir un tiempo en el exterior. Un día, leyendo el periódico, se encontró con la noticia del atraco que dos delincuentes llevaron a cabo en un establecimiento nocturno frecuentado por la comunidad LGBT, aquellos conocidos como los bares de ambiente. Este par de delincuentes, buscando prosperar en el golpe, se calzaron los tacones, las pelucas y las lentejuelas para dominar aquel difícil arte de pasar desapercibido. Petrizzelli se quedó impresionado con una foto: un cadáver, la peluca al lado y los tacones descansando en la escalera del bar eran indicio de la efectiva reacción policial. Ese día se preguntó por qué no hacer que un travesti atracara la discoteca pero que, en cambio, se saliera con la suya y lograra huir del bar. Esa diva, ese prófugo, hoy en día se llama Bárbara.

—El tema de la película Bárbara surge de la idea de enfrentar dos mundos muy diversos y ponerlos a funcionar dramáticamente. Uno es la noche de los años 80, el mundo de los cabarets y las discotecas gays. El otro es el mundo rural campesino, representado por el llano, que es un lugar que conozco porque vengo de ahí, está en mi sangre. Aparentemente son dos mundos antagónicos que se unen a través de Bárbara, personaje interpretado por Alberto Alifa. Se trata de un travesti envejecido, decadente, políticamente incorrecto, mentiroso y manipulador. Este se enfrenta con el campesino telúrico y honesto llamado Sixto, y van desarrollando una relación que empieza con un conflicto muy fuerte entre los personajes, pasa por la aceptación y termina por el respeto y una amistad particular.

Es fácil confundir una idea así con una especie de película militante, cuyo único objetivo sea el de visibilizar a las minorías de la diversidad sexual. John está sentado en el parque Los Caobos y lo explica mientras la mañana transcurre, también muy cinematográficamente, alrededor de nosotros. No le gustan las fotos. Dice que los artistas no deberían recibir ningún tipo de culto, porque no es el individuo lo verdaderamente interesante sino el producto. Sin embargo, la cámara se abre y se cierra y John sigue conversando sobre las dimensiones políticas de la película. Él no sabe bien si llamarlas así, y por eso las califica de sociológicas: está el conflicto nuestro del choque cultural entre el campo y la ciudad y la entrada de un sexo-diverso a un ambiente considerado, en ese binarismo entre lo urbano y lo rural, como el polo conservador. También se refiere al mundo casi clandestino de los cabarets y las divas, los niveles de frustración y de desilusión encontrados en un lugar que, al fin y al cabo, se rige por la filosa ley del espectáculo:

—Bárbara es un personaje urbano, un travesti de poca monta que trabaja en un cabaret y un buen día se encuentra sustituido por uno más joven. Es decir, en el mundo del espectáculo la carne joven es la que manda: cuando una diva, sea mujer o travesti, pasa de una cierta edad, tiene que mercadearse de otra forma. Por eso, esta minúscula diva queda desplazada y huye al llano. Queda como un espiritista sin espíritus a los cuales dedicarse. Los travestis son como los espiritistas. Yo conozco el mundo de María Lionza porque lo trabajé en un largometraje, y al individuo espiritista lo conforma tanto él mismo como los espíritus con los que trabaja. Eso da lugar a que se refiera a lo que estos les dicen como si fuera un alter ego. También el travesti tiene un alter ego, que es la diva a la que interpreta, sea Donna

Para Petrizzelli, la película no quiere ser reivindicadora de militancias

Para Petrizzelli, la película no quiere ser reivindicadora de militancias

Summer, Lila Morillo o Mirla Castellanos. Entonces, básicamente, Bárbara llega al llano sin diva porque la dejó en la ciudad, y tiene que construir una nueva identidad.

Sobre esta idea se queda más tiempo. Sobre la verdadera temática del largometraje, el piso simbólico de lo que está representando, lo que se está diciendo sin decirse en realidad.

—Precisamente, la diferencia de los personajes y sus identidades es un gozo dramatúrgico para poder crear ese conflicto entre sus búsquedas de identidad. Al igual que Bárbara, también Sixto busca su identidad. Más allá del relato están esos temas. El vehículo es la aventura desplazándose por el llano, perseguidos implacablemente. Eso es lo que captura al público, el road movie, el cuento, la aventura, los paisajes, las babas, las curiaras, el hambre, el sol, los 42 grados. Pero detrás está todo un trasfondo psicológico de búsqueda de identidad.

“BÁRBARA ES BÁRBARA PERO SE TOPA EN EL LLANO CON DOÑA BÁRBARA COMO FIGURA. EL LLANO ES TERRITORIO DE ÁNIMAS”

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También entra en juego la figura de Doña Bárbara. Pero la simple mención de esto genera una mala interpretación: que Bárbara es un personaje basado en Doña Bárbara. John, a propósito, pide hacer énfasis en lo contrario:

—Mucha gente piensa que se trata de una versión de Doña Bárbara. Pero no es así. Bárbara es Bárbara, pero se topa en el llano con Doña Bárbara como figura. El llano es territorio de ánimas. Allá todos creemos en las ánimas y todos las vemos. Doña Bárbara aparece como una más. No como la mujer de la novela sino como su esencia. Gallegos se inspiró en unos cuentos que le echaron los llaneros y de ahí construyó el personaje de esa mujer masculinizada, dueña de tierras y de la sabana, que llamó Doña Bárbara. En Bárbara lo usamos como parte de un contexto cultural en donde las ánimas son importantes.

La película es optimista, a pesar de lo complejo de las emociones que están planteadas. El eslogan es “el show nunca terminará’’, en inglés “the show will never end’’. Además de eslogan, la frase es el nombre de una canción que el director musical compuso bajo indicaciones de John. Bárbara se lleva esa canción, ese eslogan para el llano, en donde se encuentra con la rapidez y la sinceridad de las canciones llaneras. El choque cultural, por ende, es en todos los aspectos de la película:

—La premisa que yo tuve al hacer la película fue la de darle a la gente ese eslogan, porque Bárbara transmite al campesino esa fuerza de vivir, que se debe vivir con las fantasías, las ilusiones y los sueños. Ese es el mensaje que quiero dar al público: “el show nunca termina’’, siempre podemos soñar, siempre podemos superarnos. Eso es lo que Bárbara trasmite a los otros en su mensaje de redención. Al principio es mentiroso, manipulador y oportunista, pero termina redimido en pro del joven campesino. Sí hay ahí, entonces, una intención de visibilizar los derechos de las minorías al redimir a este personaje. También quise plasmar la imposibilidad de ser perfectamente bueno o perfectamente malo. No se puede crear un personaje dramatúrgico así porque caemos en los estereotipos. Todos somos seres humanos y lo que tenemos que hacer es controlarnos, mejorar nuestros defectos y nuestras problemáticas.

Después de la entrevista nos vamos caminando. John se toma las fotos y cruzamos lentamente la Plaza de los Museos. Hablamos de la película ¡Madre!, de Darren Aronofsky. Petrizzelli la recomienda por el trabajo que hay que hacer para descifrarla, por la forma en que rompe con el esquema tradicional de Hollywood. Insiste en que el cine no puede ser la horma inmodificable de un zapato que se calza a unas determinadas audiencias, sin pretensiones mayores que el entretenimiento. Por el contrario, la invitación a participar, a pensar también debe ser suculenta, y es uno de los retos más importantes del cine venezolano. Todo lo dice cubierto por una manta alegre en el oeste de Caracas. Caminando por la plaza se encuentra a varias personas. Un compañero, luchador por los derechos LGBT, y un vendedor de cigarrillos que le llama la atención. Lo mira, le pregunta por su extraño atuendo y después lo convence para fotografiarse con él mientras lo abraza como si fuera un pana entrañable, un amigo de la vida.

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