La semilla del Mercado Guaicaipuro

ÉPALE CCS 101 – 19 de octubre de 2014

Este lugar, inaugurado en 1953, y declarado bien de interés cultural en 2009, trasciende su funcionalidad como centro de acopio y se transforma en un microcosmos donde la camaradería es moneda común.

Por Nathali Gómez / Fotografía Nathalie Sayago

La fachada principal del Mercado Guaicaipuro, en la parroquia El Recreo pareciera tener un trío de ojos semicerrados que observan a quien entra. El frente de este mercado municipal caraqueño, inaugurado en 1953, tiene una estructura de tres semiarcos unidos que guarda más parecido con el Salón de la Justicia, sede de los Súper Amigos, personajes de dibujos animados, que con el cacique Guaicaipuro, un guerrero real por el que corría sangre libertaria.

El mercado se inauguró en tiempos de dictadura, cuando los “superamigos gringos” se llevaban la gran parte de las ganancias petroleras de Venezuela. Por eso, en un acto desesperado de reivindicación póstuma al cacique caribe, habría que llamar a ese trío de cúpulas con los nombres de las Tres Potencias: Guaicaipuro, María Lionza y Negro Primero.

Quienes trabajan allí saben que la zona superior se denomina Mercado Periférico, mientras que la inferior es conocida como el Mercado Libre. Hay unos 900 puestos y dos bancos. Además, un estacionamiento en la parte frontal y una salida, bastante tenebrosa, sucia y descuidada, por un lateral.

En el Periférico hay una coreografía de pasos bien ensayados entre vendedores, compradores y caleteros. Nadie se tropieza ni impide la danza del otro. En las primeras visitas los ojos no saben dónde posarse y los pies son torpes. A la izquierda de la entrada, en esta réplica animada del Jardín de las Delicias, una fila de personas dispuestas de cualquier forma atacan a dentelladas a sus empanadas, con el ardor que da el hambre y con el placer anestésico que proporcionan las frituras.

Una seguidilla de licuadoras lanzan su rugido monótono mientras que un arcoíris de frutas naturales, atrapadas en sus envases de vidrio, se estremecen ruidosamente y dan pataletas para escaparse de la tortura de las cuchillas. Y lo logran. Al final salen transformadas en jugos que, con un salto acrobático, llegan a los vasos que sostienen manos ansiosas.

En el centro de este nivel, las verduras y legumbres están enrejadas. A través de las rendijas salen brazos de cebollín y frondosas cabelleras de apio españa, como pidiendo su libertad. El dependiente va pesando cada uno de los paquetes. Da igual si son papas, ñames, remolachas o pimentones; todos saltan del encierro a la bolsa de plástico.

Todo está identificado en este lugar donde predomina el color ocre, que simboliza el origen de todo lo que se mueve por este mercado: la semilla. En el resto de los locales hay un desorden bien distribuido. Los quesos frescos se apretujan con trozos de carne de res, con la nostalgia de un pasado común o como una última ironía. Más allá surge la confusión de nacionalidades: aceite de oliva español, aceitunas peruanas, pasta italiana, mermelada francesa, envases de plástico chinos. Un paraíso de la importación, para bien o para mal.

El nivel inferior de este Bien de Interés Cultural desde 2009 guarda el tesoro del mercado, que no es fácil de conseguir. Tras caminar por pasillos custodiados por maniquíes sin cabeza, pero muy bien ataviados, y de telas con colores calurosos como una tarde en el Caribe, está el corazón de Guaicaipuro.

Filas de calabacines de un verde mejor que la esperanza, berenjenas que cada noche pule un duendecillo y lechugas que desafían al tiempo deslumbran al caminante que, con las pupilas dilatadas, piensa que solo tocándolas sabrá si son reales. El color anuncia la vida.

Aunque los vendedores conocen el tesoro que tienen en sus cajones, lo comparten. Hablan con amabilidad sobre las propiedades de los alimentos, sonríen como cambures maduros y están dispuestos a dar la ñapa, sin siquiera habérsela pedido.

Al tomar los vegetales, pareciera que aún estuvieran abrazados a la mata. Cuesta creer que fueron separados de un suelo fundido de lluvia, sequía, montaña y sudor. La frescura lentamente contagia al espíritu que se siente hermanado a la tierra y a la semilla. Lejos queda la dictadura y sus “superamigos”, cerca está Guaicaipuro, el cacique.

Verdes y maduras

Jesús Montilla mira el techo del Mercado Libre y recuerda que cuando llegó, en 1953, no había techo. Empezó a trabajar en Guaicaipuro casi a los 20 años. Ahora tiene 80. Cuenta, detrás del mostrador de su pequeño local que en aquel entonces había pocos vendedores y muchos compradores. Desde que comenzó vende víveres. Al preguntarle sobre la variación de los precios, a lo largo de los años, dice que hace mucho cinco paquetes de aliño costaban un bolívar.

Los recuerdos llegan a este pasillo donde tiene 50 años. Un viejo amigo lo saluda, juegan con un gato dormido sobre el mostrador y bromean como si aún no hubiera techo y el kilo de caraotas costara dos bolívares.

Ana Sánchez puede calcular el peso sin utilizar balanza, recomendar los ingredientes para un buen guiso y sonreír, mientras, sin mucho ruido, les da la ñapa a quienes acercan a comprar ajos.

Desde 1978 está en los puestos 550 y 551. Cuando llegó, la zona estaba parcialmente techada y el trabajo podía comenzar desde las 4:30 de la mañana. En aquel tiempo, a esa hora, ya había gente comprando. Ahora llega a las 6:00, cuando ya ha despuntado el día.

“El sol sale para todos. Todos tenemos derecho a comer y beber”, dice esta merideña de 68 años, criada en el 23 de Enero, al hablar sobre la ñapa, esa costumbre en extinción. “Si alguien viene con 20 bolívares, le doy su ajo, y de ñapita su cebolla y su ají dulce”. El ejemplo inmediatamente se hace real: una mano le extiende un billete de 20 y le pide unos ajos. Ella sonríe.

Gregorio Mendoza tiene marcado el filo de los cuchillos que prueba en la yema de su pulgar. “Cuando se tranca, está bien; cuando pasa, liso, le falta”, dice luego de pasar el metal del punzón por la piedra de amolar para después se deslizarlo por su dedo. Ante la cara arrugada de cualquiera que lo ve, aclara: “No me duele”.

Otro de sus métodos para saber si el metal está bien afilado es ver su trayectoria al cortar una hoja de papel periódico. Un procedimiento que sin duda causa menos impresión. Cuando termina de afilar, se levanta de su cajón de trabajo, suena el silbato y grita: “¡Eeel amoladorrr!”.

El trueque de un ramo de flores por uno de espinacas existe en Guaicaipuro. Para Wilmer Díaz, dueño de una floristería, es común hacerlo con los vendedores de hortalizas, aunque algunos se nieguen y “les tenga que pagar por su mercancía”.

En su local tiene una variedad de unos 20 tipos de plantas, entre crisantemos, girasoles, pompones, gladiolas, rosas, margaritas y yerberas, por mencionar algunas. De sus 43 años, ha pasado 30 en el mercado. Desde pequeño venía a ayudar a su padre con las flores, como ahora lo hace su hijo.

Considera que, con los años, ha disminuido la cantidad de compradores. Sin embargo, cuando llega diciembre y fechas como el Día de las Madres, de los Enamorados, de los Difuntos o de Santa Bárbara, las ventas se incrementan. “Aquí uno se relaja bastante”, dice mientras mira su pequeño oasis floral.

Las hortalizas que tiene Emilia de Delgado en su puesto no conocen el frío de la nevera. “Lo que vendemos es del día”, dice con la zanahoria y el perejil de testigos. “La mercancía proviene de Mérida, lo que implica un largo recorrido y un flete elevado”, dice. Cuando llegó, en 1996, se abría martes, jueves y sábado. Ahora solo se descansa los lunes.

Ha visto crecer a personas que llegaron en los vientres de sus mamás, ha dejado de ver a otras que no han vuelto y ha recibido la visita de algunas que, aunque no le compren nada, van a saludarla. “Aquí me siento tranquila. Trabajo con mi familia”.

La frescura que defiende Emilia no solo es quien paga. Cuando le quedan hortalizas de un día para otro, las regala. “A eso de las 3:00 de la tarde llegan y me preguntan ‘¿No te quedó algo ahí?’ Y yo se las doy. No se las voy a echar al pipote”.

Coqueterías

El peinado “lamido de vaca” o el copete a lo Elvis Presley tenían sus seguidores en Caracas de finales de los años 60. Gustavo Díaz, rodeado de productos de belleza y de cuidado personal, explica que lo que más vendía en esa época era el aceite Glostora y la pomada para peinar, a base de cera de abejas, llamada Brylcreem.

Desde hace 45 años trabaja en la parte llamada Estructura, en los puestos 47 y 48. “Tengo toda mi vida aquí”, dice entre cremas para peinar, protectores solares y cepillos de dientes que “encuentras más baratos que en cualquier lugar”.

Los momentos importantes del país también han pasado por su mostrador. El 12 de abril de 2002, una vez cerrado su negocio se fue a Miraflores a esperar a Chávez, con una compañera de un negocio cercano.

En dos oportunidades ha dejado la santamaría abajo porque no tiene algunos productos para el aseo personal. Dice que aunque en el mercado haya habido tiempos buenos y malos, “no le compro mercancía a intermediarios para vendérsela más cara al pueblo”.

Un equipo de casi 40 trabajadores resguarda las instalaciones del mercado proyectado originalmente por la firma del ingeniero Carlos Blaschitz. Uno de ellos es Edgar Piñango, caraqueño nacido en la parroquia Catedral que vive en el 23 de Enero. Durante los pocos minutos de conversación no deja de ver a quienes entran y salen. Su mirada pareciera atravesar paredes y bajar escaleras.

El ojo de una costurera es infalible para saber qué le queda bien a alguien. Carmen Martínez lo sabe, y lo comparte con las mujeres que buscan un vestido para una ocasión especial. “Tengo un espíritu joven”, dice mientras recorre con la mirada los modelos de tul con pedrería, lentejuelas, canutillo y torchón que parecieran volar sobre su cabeza.
Desde los 14 años aprendió a coser, lo que le concede la autoridad suficiente para asesorar a las compradoras. “Me gusta que la gente se vea bien”. Dice que los costos de la ropa que trae de Estados Unidos se han incrementado de una manera importante. Mientras habla una mujer se acerca, contempla los vestidos largos en los maniquíes, pone a volar su imaginación y pasa a medirse uno.

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