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POR MALÚ RENGIFO •@MALURENGIFO / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

¿Cómo sobrevive una mujer a la muerte del hombre que le cosía vestidos, que la pintaba hermosa, desnuda entre cojines y la ofrendaba con pájaros de tela? ¿A dónde va a buscar sosiego una india sencilla que fue amada por el dueño de la luz? ¿Con quién conversa la mujer de un artista cuando este es arrancado de este mundo, dejándola sola con el mono del patio?

Juanita Mota, Montes, Mata, Ríos. Juanita Reverón. No se conoce el nombre de aquella reina musa, monarca del Sol y del oleaje, pilar fundamental de su castillo porque durante décadas Armando Reverón, en su locura, apiló piedras para encerrarse entre los muros de ese mundo habitado por su tropel de súbditas inanimadas.

Tocadora de pianos de sonido inaudible. Tenía un teléfono mágico que le hizo Reverón, con el cual llamaba a todas las personas que se burlaban de ellos y les decía las cosas que, de otro modo, no se hubiera atrevido a decirles jamás, porque eso era Juanita: una muchacha mansa y juguetona. Se conocieron en una fiesta mientras ella bailaba. Habrá captado entonces el artista los destellos de luz de una mujer sencilla que le sería leal más allá de la muerte, como ninguna otra lo habría hecho. Juanita lo adoró desde el primer instante.

“Yo nunca había sentido una cosa tan bonita como esa noche en que conocí a Armando. Él se parecía a uno de esos artistas de cine, era muy buenmozo y muy elegante, no como se puso cuando nos mudamos para acá, que apenas se vestía. Eso hizo que mucha gente lo confundiera con un loco. ¡Sí señor!, aquella noche a él le brillaban los ojos como dos luceros; pues no vaya a creer, yo era entonces una muchacha bonita, bonita y delgadita, no como ahora que estoy gorda y vieja. ‘Tienes manos de virgen —me dijo Armando— y carita de ángel asustado’”, contó Juanita alguna vez.

Lo aceptó para siempre frente a un altar imaginario y juró amarlo en la salud y en la enfermedad, en la cordura y en la locura, en todas sus manías y rarezas y le dio cuidados y atenciones. Fue modelo entregada, esposa diligente y felizmente amada de las raras maneras que lo hacía Reverón; ni siquiera toda su turgente desnudez logró que el loco rompiera su pacto con la castidad… o eso se dice en los rincones de Macuto.

Dieciocho años sobrevivió a la muerte de su hombre viendo partir los pájaros, el mono, las muñecas, las obras montados sobre el lomo de vándalos nocturnos, hasta que el corazón terminó sus dolores y su recuerdo se hizo espuma de mar.

En acto de justicia, la sepultaron secretamente en la misma tumba del pintor que la ungió de demencia. Pero vea usted si fue cruel el destino de Juanita que, en 2016, cuando trasladaron el cuerpo de Reverón al Panteón Nacional la apartaron de él, y hoy espera en silencio su viaje a El Castillete, donde quedará sola, hasta que la nostalgia la transfigure en polvo.

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