La Sucursal del cielo

Por Benjamín Farías • @jesusrojas7487 / Fotografía Alexis Deniz • @denizfotografia

Mi primera confrontación con Caracas fue en marzo del 2006, con la Caracas vital y vertiginosa, terrible y generosa del ciudadano de a pie, fue en la estación del metro de Plaza Venezuela, por desconocimiento habíamos subido al puente que da directamente a los trenes en hora pico buscando cómo llegar a San Martín. Y atónitos, Igor Balaguer y yo miramos aquella marea de gente que, aproximándose por uno y otro lado, subían y bajaban de los trenes a la hora pico, nunca habíamos visto tal multitud de gente junta y se convirtió en un recuerdo perenne en nuestras vidas.

Nuestra ida a Caracas sucedió porque habíamos sido aceptados en el Programa PROFESER del entonces Instituto Universitario de Teatro, que muy pronto sería elevado a Universidad Nacional Experimental de las Artes. Así, durante tres años, cada quince días, viajábamos a la ciudad capital para formarnos oficialmente como licenciados en teatro. Nuestro transitar nos permitió conocer una Caracas de rostro amable, esa que va desde la estación Bellas Artes a la plaza de los Museos, con el antiguo Ateneo hoy Unearte, el Teatro Teresa Carreño y el Café de Rajatabla como epicentro. Eran fines de semana de asistencia a obras, recorrido por los pasillos de los artesanos, los vendedores de libros y la asistencia a los museos o al parque Los Caobos.

Nuestro sitio de encuentro era el Laboratorio Teatral Anna Julia Rojas, donde trabajaba una amiga que hicimos ya desde los primeros fines de semana y que se convirtió en hermana de la vida, Karla Fermín. Junto a ella conocimos la Caracas teatral, y en la universidad tuvimos la oportunidad de convivir con gente de casi todos los rincones del país; los alegres y bulliciosos maracuchos Ricardo Lugo, Maribel Granadillo, Blanca Basabe, José Gregorio Molero, Juan Carlos Quintino, Rey Masy, alguno que otro andino como la sin par Dalia Castellanos, de los llanos y la gente de Maracay Luisa Fernanda Sifontes, Yannine Champion, Juan Martín Rivas, María Beatriz Graterol, Hans Velázquez, entre profesores y alumnos y los amigos de Valencia Anthony Dharma y Fernando Lozada.

Fueron tres magníficos e inolvidables años, en los que nos bastaba con atravesar el túnel de Turumo para encontrarnos de frente con aquel panorama de altos edificios en contraste con las casas de Petare, donde gana la velocidad de la autopista, y el sabroso clima capitalino, dándonos la bienvenida a ella; la ciudad de los mil rostros, rodeada por su cerro majestuoso y atravesada por el Guaire, la Caracas de los sueños y esperanzas, la sucursal del cielo.

ÉPALE CCS Nº 479