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Luego de mi infructuosa búsqueda de un supuesto nieto de Fernando Bustamante conocido como “el Nené”, que según mi informante de Margarita se la pasaba en el bar El Nido Canario, la publicación de la crónica “Una historia perdida en Teñidero”, en la revista Épale CCS Nro. 214, desencadenó los hechos siguientes.

José Bustamante, el encargado del Nido, leyó la crónica y justo ese día pasó por allí la sobrina del Nené, Mildred Rodríguez Bustamante, hija de Olga Bustamante, última sobreviviente del hombre a quien tocó en destino atropellar a José Gregorio Hernández en la esquina de Amadores el 29 de junio de 1919. Como pueden leer, las fuentes llevan a errores, uno debe tener cuidado con lo que lee y escribe. Muchas veces las historias necesitan completarse o reconstruirse y solo en la medida en que quien escribe siga el rastro sin dejar cabos sueltos, esto será posible. Por qué lo digo: porque ahora sabemos que el Nené, tal como lo afirma la crónica en cuestión, no era el nieto de Fernando Bustamante, sino su hijo.

MUCHAS VECES LAS HISTORIAS NECESITAN COMPLETARSE O RECONSTRUIRSE Y SOLO EN LA MEDIDA EN QUE QUIEN ESCRIBE SIGA EL RASTRO BUSCANDO NO DEJAR CABOS SUELTOS, ESTO SERÁ POSIBLE…

Mildred cree que fue su tío quien nos llevó hasta ellas. Por esta razón me dejó con José sus números de contacto. Concertamos una cita para el día siguiente a las 5:30 en las residencias Santo Tomás, entre las esquinas de Santo Tomás a Porvenir en la parroquia Candelaria. Llegué puntual con mi amigo Enrique Hernández. Mildred nos recibió con esa amabilidad de los caraqueños de antes, subimos al primer piso y al entrar al apartamento, en la sala, sentada sobre una silla frente al comedor, vimos a Olga Bustamante, una hermosa mujer, de mirada cálida, diáfana, feliz de ser visitada para hablar de su “Papaíto”, Fernando Bustamante. Olga hace poco sufrió un accidente cardiovascular que le afecta la capacidad de hablar con fluidez, pero su memoria es excepcional, y se ilumina con el recuerdo de su padre y de su hermano, Arturo Bustamante, el Nené, el menor de todos. Mildred nos ofrece café, agua, y me pregunta qué queremos saber. Mi respuesta es imprecisa: lo que quieran contarnos. Por ejemplo, qué decía su abuelo de lo que había pasado con el doctor José Gregorio Hernández.

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Los detalles del accidente los conocemos por el expediente judicial número 32. José Gregorio Hernández es atropellado en la esquina de Amadores a las 2:15 pm de un soleado domingo 29 de junio de 1919 camino de atender a una paciente. Él intenta cruzar la calle pasando por delante del tranvía estacionado en la esquina, no mira en dirección sur y le sale de sorpresa el Ford K conducido por Fernando Bustamante, quien en ese preciso momento y según su testimonio, luego de dar paso a una carretilla, cambiaba de velocidad para pasar el tranvía. Al ver tan encima del auto al médico no pudo evitar golpearlo. El chofer del tranvía número 27, Mariano Eduardo Paredes, declara que no pudo ver nada. José Gregorio —según la testigo Angelina Páez— alcanza a gritar: “¡Virgen Santísima!”, se va hacia atrás y pega la cabeza contra la acera. Los pasajeros gritan al unísono: ¡Lo mató! Fernando Bustamante y Vicente Romana corren a auxiliarlo y lo llevan en el mismo auto al Hospital Vargas mientras José Gregorio reza encomendando a Dios su alma. No había médico de turno. Fernando en su auto va a buscar al doctor Luis Razetti en su casa y, al regreso, un sacerdote que salía del hospital les informa que José Gregorio ha muerto.

Olga nos dice que su “Papaíto sufrió mucho. Era un amigo entrañable de mi papá, era compadre”. Mildred complementa: “Mi abuelo estuvo preso por averiguaciones, tengo hasta el número del expediente, y luego allí, su misma familia, el hermano de José Gregorio Hernández, su misma familia hace una carta en que le dan la absolución, y dicen que no fue culpa de él, ¡sino que fue un accidente, pue!” El año del accidente Fernando Bustamante tenía 28 años de edad y el mayor de sus hijos, Fernandito, estaba muy pequeño. Vivía en La Pastora, era mecánico, luego se mudó a La Candelaria, de Platanal a Desamparados, aprendió optometría y, de allí, pasó a vivir a una casa en la calle Roraima de San Bernardino. Casa en la que mi informante margariteño afirmaba estuvo estacionado el auto del accidente “y que prendía, pero no andaba”. Yo pregunté a Olga y me respondió que ese auto fue de su papá y que una vez un mecánico lo llevó a la casa, pero al parecer nunca estuvo en ella. Al preguntar por los recuerdos de su abuelo Mildred nos cuenta que “… tuvo una vida muy sufrida, porque cuando se cumplían años de la muerte de José Gregorio Hernández lo acosaba la prensa y él le pedía a mi abuela que no dejara ir a los hijos a sitios públicos, porque iban a ser acosados. Él salía a la puerta de su edificio y enseguida lo acosaban; la prensa lo acosaba para hacerle interrogatorios. Era un hombre muy solitario, siempre estaba en el cuarto, sufría de frío y entonces no compartía mucho, porque parece mentira que él, con lo que pasó, se eclipsó todo. No fue un hombre sociable, no era un hombre que conversaba, sino que se amargó con ese hecho que le marcó la vida, no pudo salir nunca de allí, de ese trauma que le pasó por esa situación”. Así fue la vida de Fernando Bustamante desde ese día de junio hasta el 1º de noviembre de 1981, el día de Todos los Santos, cuando se fue a hacerle compañía a su amigo José Gregorio Hernández. Tenía 90 años, tuvo una complicación vascular y se quedó dormido, igual como se quedó dormido el Nené Bustamante en las piernas de su hermana Olga.

Toda la familia Bustamante es devota de José Gregorio Hernández. Fernando en vida quiso ayudar a convertir en santo al Siervo de Dios. Hizo cuanto pudo. Ahora está en su compañía, con sus hijos e hijas…

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Mildred finaliza la entrevista con la confesión de un  milagro y lo que espera de esta nota: “Yo soy sobreviviente de cáncer de mama y gracias a José Gregorio Hernández, y gracias a Dios, aquí estoy. Le hice una promesa y bueno… aquí estoy hace cinco años, sin rastros de esa enfermedad. Lo que queremos es que salga a la luz pública, en el sentido de que mi abuelo se dé a conocer y se le quite esa mala imagen que siempre tuvo. Porque muchísimas veces hemos ido a restaurantes o algún sitio y entonces sale el que señala de modo sentencioso “el que mató a José Gregorio Hernández”, y resulta que eso fue un accidente. Porque él nunca se encargó de desmentir eso porque salía la película y enseguida se acababa cuando salía el carro. Entonces no hubo un testimonio de la familia, mucha gente ha especulado con eso, hay unos supuestos familiares que no existen, entonces, nadie dio esta, nuestra versión. Y lo que queremos es que ojalá algún día la Iglesia canonice a José Gregorio, tome en cuenta a este señor que lo que hizo fue trabajar por los pobres, fue un excelente médico, entregado a la gente humilde, y nunca le valoraron nada porque todavía está esperando que le den un reconocimiento. ¡Cónchale!, como nos gustaría que eso pasara”. Al despedirnos, Olga nos dice que en ella tenemos una amiga, luego vemos su mano agitarse desde la ventana despidiéndonos, contenta de haber hablado de su “Papaíto” y recordar su amor.

ÉPALE 264

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