ÉPALE244-CRÍTICA Y MEDIA

EL RINOCERONTE DE IONESCO POR RODOLFO PORRAS

Berenger no se ha comprado el último iPhone. Pero, además, no tiene carro y no se viste con marcas, usa ropa. Como es fácil notar, Berenger es un pobre tipo. Suele usar haches aspiradas en vez de eses al final de palabras; apenas sabe unos pocos términos en inglés, pero con una pésima pronunciación. Berenger es un desastre. Ayer pasó a su lado un enorme rinoceronte. No  solo cargaba un bellísimo iPhone 8 sino que portaba un maletín de cuero de ante, que protegía él último modelo de tablet. Zapatos de Gaziano & Girling, un traje de Ermenegildo Zegna y, así, camisas Louis Vuitton y todo lo demás que un rinoceronte original puede poseer. Pero Berenger casi fue atropellado por este hermoso ejemplar porque ni lo notó… ¡ni lo notó! A pesar del perfume Antonio Banderas con el que se había rociado generosamente, del rolo de Rolex que llevaba engarzado en el cacho y de la estupenda pronunciación a lo “openinglis” que se gastaba la bestia.

El síndrome de Berenger, como se conoce el extraño padecimiento de nuestro personaje, consiste en ser inmune a la transformación que se genera al tener algún tipo de contacto con un rinoceronte. Cada ser normal, al ser empujado, tocado, estimulado, pisado, amenazado por uno de estos animales, casi inmediatamente comienza a sentir una protuberancia en la frente, un caparazón le va cubriendo el cuerpo y es invadido por un deseo loco de echarse encima toneladas de colonias y perfumes, utilizar calzados carísimos y demás pendejadas que, por supuesto, no puede comprar. Así que comienza a sufrir una frenética disposición a conseguir dinero a como dé lugar. Poco a poco adquiere la forma del perisodáctilo clásico, pero sin las prendas originales.

En ninguna parte del mundo se ha visto a un rinoceronte haciendo cola, ni siquiera en las discotecas de lujo de Nueva York, en donde se la saltan como parte del ritual de ser lo máximo. Igualmente, la forma de vida del rinoceronte es reconocida como legítima dadora de felicidad; todo lo demás es humillante y paupérrimo. En lugares en donde el rinocerontismo no manda del todo piden a gritos ayuda humanitaria, invasión, sanciones económicas y bombardeos. Berenger resulta inmune a esta epidemia, aunque se sabe que hay un montón de gente que tampoco se ha transformado en animal cachúo. Así que los rinocerontes, si ven a alguien con el síndrome de Berenger le caen a piña en los centros comerciales, lo queman, lo agreden en automercados y restaurantes.

En la escena final Berenger observa, atónito, como un enorme cacho atraviesa la puerta de su casa. Pero Berenger llama a sus amigos y domeñan al animal hasta convertirlo de nuevo en humano, so pena de morir todos de tristeza y de misiles gringos.

 

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