La vana futilidad de la banalidad

Por Miguel Posani@mposani / Ilustración Erasmo Sánchez

Lo banal sirve para designar actitudes y fenómenos como poco importantes, sin contenido, sin reflexión, poco comprometidos y hasta poco interesantes.

La banalidad surge cuando no piensas, cuando no eres crítico, cuando te ríes de los malos chistes de tu jefe o cuando no te ríes de la cómica que estás poniendo porque te tomas muy en serio.

Tal vez sea fútil y vano discurrir sobre la banalidad o lo banal en nuestra cotidianidad, ya que se ha convertido el discurrir de los tiempos actuales en un jardín de momentos banales, por no decir aburridos.

Lo cotidiano se hace banal cuando se hace repetitivo y lleno de gestos sin importancia, sin reflexión y sin trascendencia, soporíferos.

Por ejemplo: la burocracia es banal, como el sucederse de las modas anuales, como el consumo musical planetario o el simple movimiento repetitivo de ademanes y gestos de un obrero o de la empleada sonriente ante el jefe.

Todo eso refleja la banalidad, hoy en día, como un concepto ensanchado, “epistemológicamente” hablando. Entonces, podemos hablar de la banalidad como el producto de un sistema que te programa para consumir en un ciclo sin fin, poblado de contenidos repetitivos, compartidos por todos y reiterados por todos. Todo se banaliza, hasta el mal.

Pero estás fuera de lo banal si logras trascender y/o trascenderte, si eres exitoso u original, si hueles a éxito.

Ahora, esto de la trascendencia pareciera muy importante para algunos, dejar algo hecho, no importa si después de una generación ya no saben quién eres, y en 2.000 años… ¡imagínate!

El drama humano es su consciencia de su “in-permanencia” como sujeto, como colectividad y hasta como especie; si sales de tu ombligo y alargas la mirada comprensiva de las cosas a unos 200.000 años.

Pero, volviendo al tema, pareciera que si haces algo no banal (algo que los demás no hacen siempre) tienes probabilidades de que tu ego sea reconocido por cierto círculo de la opinión pública; por ejemplo: un reconocimiento cultural o un premio a la certidumbre encontrada en medio de la incertidumbre.

El problema es cómo darte cuenta si estás siendo banal o no, cuando todos siguen una moda que, a fin de cuentas, es una forma de pensar, y conforman y replican con su energía diaria una opinión que se ha vuelto banal.

Jung planteaba que debíamos alejarnos de la banalidad, de la masa y trabajar sobre nosotros para ser cada vez más individuos, es decir, tal vez menos banales.

Así que creo que es poco importante si haces algo que trascienda o no. Lo importante es tratar de ser más individuos, no en el sentido egoísta, sino en el sentido comprensivo y alejado de los dogmas y tabúes de la época y del espíritu de los tiempos que vives; y, así, tratar de ir un poco más allá para edificar un lugar desde dónde mirar, fuera del campo de concentración mental en el que estás.

ÉPALE 356