La vida es sueño

Por Rodolfo Porras / Ilustración Erasmo Sánchez

La cantidad de gente que puede citar como parte de su refranero “la vida es sueño, y los sueños, sueños son” es mucho más grande que la gente que sabe que son versos de Calderón de la Barca, y es infinitamente más grande que la gente que ha leído o visto la pieza. Aunque creo que todos saben que es una cita culta.

Cuando decimos estos versos estamos planteando que la realidad que vivimos no es tal. Al mismo tiempo, tenemos la certeza de estar viviendo una realidad inobjetable. Esta contradicción expresa la convivencia, en la cotidianidad, de una visión platónica y otra más bien materialista. Así, la misma persona que dice los versos para explicar una situación puede rematar la frase con algo así como “cuando yo digo que el burro es negro, es porque tengo los pelos en la mano”.

Pedro Calderón de la Barca no inaugura, ni por asomo, esa visión de que la realidad no es lo objetiva y material que aparenta; de hecho, esta pieza tiene claras influencias de la filosofía platónica. En el momento que este dramaturgo emblemático del Siglo de Oro español escribe la pieza, Europa está sufriendo una transformación definitiva. Muchos descubrimientos científicos y avances tecnológicos cambiaron las relaciones de producción. La concepción del universo, que hasta ese momento parecía inobjetable, no daba cuenta de tales cambios y por ello, lo que se entiende por verdad, se quiebra y el mundo adquiere tonos apocalípticos. ¡Fin de mundo!

A muchos, la certeza de que las cosas no son como se creían que era, los impulsa a mirar hacia los antiguos para mirar nuevos horizontes.

Un fenómeno muy similar ocurre entre el final del siglo XIX y mediados del XX; de nuevo Europa siente que las certezas, el vapor o la neblina son más o menos lo mismo. De nuevo nos encontramos con un teatro que hace de esa incertidumbre una expresión artística. Samuel Beckett escribe Esperando a Godot a finales de este período, una obra de la inacción de la desesperanza, pero también de la transformación, dejando una luz, una posibilidad en forma de hoja que brota de un árbol seco.

La influencia europea es nuestra América es contundente, y esos dos momentos históricos, esos dos autores (Calderón y Beckett) han marcado buena parte del abordaje teatral que hemos realizado en estas tierras.

Hoy, con la pandemia y su exasperante oscilación, con la amenaza invisible y silenciosa que se extiende con el menor descuido o con cualquier exceso de optimismo, se hace claro que la humanidad vive un momento profundo, doloroso, de transformación. La espera se nos hace cotidiana y da la sensación de que la vida es sueño. Pero no lo es.

ÉPALE 383