LA VIDA POR UN POEMA

POR ARGIMIRIO SERNA / ILUSTRACIÓN ERASMO SÁNCHEZ

La poeta y traductora argentina Alejandra Pizarnik nace en Avellaneda el 29 de abril de 1936. Se cría en una familia de origen ruso y judío en esa ciudad preaustral con evidente discronía. Su contexto es la Argentina de mediados de siglo, cuando había una marcada división de clases y la solapada invasión de nazis que se refugiaban por allá, justo cuando se incrementa una disfunción por adelantada, o más bien identificada siempre en la distancia, que resultó en un gran intimismo e introspección. Tanto más cuando gestaba una formación influenciada por simbolistas, surrealistas e inconformes. Su viaje a París, en el año 1960, la pone en contacto con el mundo literario, que se maravilla con sus versos. Se encuentra con grandes escritores como Octavio Paz, su paisano Cortázar y surrealistas como Juan Batalle Planas, Oliverio Girondo y Aldo Pellegrini. Fortalece, desde allá, una obra prematura, icónica, del arquetipo moderno de poetas malditos por la inconformidad formal, la depresión manifiesta en su irreconciliable desalmamiento y, también, por esa incapacidad de aplicar su talento en la superación de acontecimientos emocionales inevitables, como lo fue la muerte su padre, el 18 de enero de 1967.

Aprendió francés sin mayor dificultad y tradujo a Antonin Artaud, Henri Michaux, Aimé Césaire, Yves Bonnefoy y Marguerite Duras.

Su juventud inconforme, pero sumisa; acomplejada, pero altiva; invectiva, pero acoplada alimenta contrastes incompatibles hasta su primer intento de suicidio en el año 1970, subseguido por otro intento fallido. Hasta fraguar en efectivo suicidio el 25 de septiembre de 1972, a los 36 años, en Argentina, ocho años después de regresar de Francia.

En su formación cultivó la lectura a un nivel de intimidad que, según la crítica Ana Calabrese, la sustrajo de su contexto y la sumergió en un estilo poético depresivo, que asumió como alternativa existencial ante el fracaso de su vida emocional. Lee ávidamente a Proust, Gide, Claudel, Kierkegaard, Joyce, Leopardi, Yves Bonnefoy, Blaise Cendrars, Artaud, Andrè Pieyre de Mandiargues, George Schehadé, Stéphane Mallarmé, Henri Michaux, René Daumal y Alphonse Allais. Desarrolló un estilo tan particular que los subrayados que hiciera de los libros de estos autores se consideran parte de una especie de código poético, con una construcción en sí misma.

Su juventud se caracterizó por una permanente lucha contra el complejo que le ocasionaba la belleza y salud de su hermana. El asma, el acné y la gordura, que comenzaron a caracterizarla en la preadolescencia, incentivaron un sentimiento de desventaja que pretendió resolver con la palabra. No hay prueba en su obra de que la homosexualidad se debiera a ese ni a ningún otro complejo. Al menos, en eso, fue libre; pero no en la pesadumbre que la acongoja hasta en el propio suelo de metáforas que había labrado para sí.

“Pero mis brazos insisten en abrazar al
[mundo

porque aún no les enseñaron

que ya es demasiado tarde”.

Las 50 pastillas, con las que se aseguró de lograr lo que no pudo las dos veces anteriores, hacen honor a esta copiosidad con la que escribió, a pesar de su corta edad, más de diez publicaciones entre poesía, cuentos y una novela. Póstumamente, hasta ahora, se cuenta una cantidad cercana a su obra en vida.

 

ÉPALE 343

JOIN THE DISCUSSION

eighteen + 13 =