POR NIEDLINGER BRICEÑO PERDOMO / ILUSTRACIÓN JUSTO BLANCO

ÉPALE314-SOBERANÍASHoy quiero contarles uno de los acontecimientos más maravillosos que he presenciado en mi vida. Se trata del día en que mi sobrina Luciana Victoria vio la luz por primera vez.

Fue un sábado por la mañana cuando recibí la llamada informativa: “Ya llegó el día, estoy teniendo contracciones”. Con emoción, y un sustico en el estómago, alisté la cámara con la idea de registrar el alumbramiento, pues no era cualquier cosa: se trataba de un parto respetuoso en casa, donde estaría acompañada de la doula (Tamara), su hija mayor (Valery), su compañero (Tony), la suegra (Luz) y, por supuesto, quien escribe este relato (su hermana menor). Todo el día se respiró armonía en ese espacio, ejercicios para alentar las expansiones, masajes para relajar el cuerpo, música de fondo, conversas enriquecedoras mientras esa mujer entraba en conexión con nuestras ancestras para materializar el milagro de la vida. Danzamos, reímos, cantamos y recordamos historias de partos cercanas hasta que llegó el obstetra (Beltrán). Yo, poco a poco, iba reviviendo mi parto, un domingo mágico que hace cuatro años me vio renacer, con la misma doula, una mujer sabia y cálida, empática y con buen sentido del humor, capaz de proyectarse con energías divinas que atrae el universo.

Al caer la noche las contracciones se intensificaban, se iban haciendo más duraderas y el espacio se fue convirtiendo en una burbuja de amor donde cabíamos todxs. Fue entonces cuando ese cuerpo en proceso empezó a soltar líquidos, eran hilos sangrientos y olorosos que comenzaban a avisar que aquella bolsa (placenta), que sirvió de hamaca a Luci, había llegado a su máximo tamaño.

Entre la intimidad de las velas, susurros y afirmaciones, aquella habitación cálida era el escenario donde un coctel de oxitocina (la hormona del amor) hizo de las suyas, permitiendo parir con placer a aquella mujer que, luego de 12 años de un parto doloroso y forzado al que fue sometida en un hospital frío e inhumano, recordó que en sus células está grabado el legado de florecer para permitir el paso a la vida.

Salimos de la habitación para que fluyera con intimidad y fue cuando justo a las 9:15 pm, en posición vertical y en el mismo sentido de la fuerza de gravedad, se oyó el llanto de aquella cangurita de sangre fresca y piel arrugadita, quien buscaba succionar y explorar el nuevo espacio. La terapeuta especializada en maternidad, Laura Gutman, dice que atravesar un parto es prepararse para la erupción del volcán interno, es romperse para volver a reconstruirse como mujer sabia; y allí estaba ella por primera vez: poderosa, mamífera, mujer, amiga y hermana, oliendo a su cría como una tigra a su cachorro. Tomando de su placenta y encontrándose con su hembra de poder, siendo ella, parió.

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