La vida y la muerte

Por Rodolfo Porras / Ilustración Erasmo Sánchez

Muchos estudiosos afirman que el ser humano es el único ser vivo que sabe que su muerte es inevitable. Sorprendentemente esto no nos quita el miedo a morir; por el contrario, parece ser que ese es el terror originario, el que después se desgrana en todos los demás miedos.

Hacemos y deshacemos para prolongar el tránsito hacia la otra punta. El horror a la muerte, entonces, lo expresamos en cosas, como hacer ejercicios, comer sanito, recogerse temprano, pagar seguros médicos, ir a velorios y no acercarse ni de vaina a ver el difunto, no pasar por debajo de una escalera, santiguarse cada vez que emprendemos un viaje, alzar las manos en un quieto y hacer lo que nos pidan. También se expresa en formas no tan evidentes, como por ejemplo establecer patrones de belleza. La gordura es sinónimo de no hacer ejercicios, comer alimentos que te trancan las vías coronarias, beber mucha cerveza. Ser gordo no solamente provoca regaños médicos sino estéticos. En algún momento, en la cultura occidental la gordura no era sinónimo de mala salud y, entonces, tenía su atractivo, si no pregúntenselo a Rubens, a Goya y -más cerca en el tiempo- al cine mexicano.

En occidente se somete a las naciones con guerras, amenazas nucleares, invasiones, hambrunas; también se establecen patrones de comportamiento, pensamiento, gustos derivados de ese miedo primario a morir. Sin embargo, propicia y genera muchísima destrucción día a día que no está dentro del listado de amedrentamiento, sino en el de la utilización del recurso para mantenerse a flote, digamos contaminación, radiación, órdenes sociales que promueven la migración, resguardos impíos en la frontera, etc.

Este miedo y esta realidad son componentes intrínsecos del teatro, la imagen de Hamlet con una calavera en la mano preguntándose ser o no ser es tan emblemática como las dos máscaras griegas. Pero en ese caso la muerte no está allí para amenazar a nadie, está para confrontar nuestras dudas, para develar las manipulaciones, hacernos conscientes de lo que somos. Cuando el teatro trafica con la muerte lo convierte en acto de creación, le otorga un carácter liberador. Nos invita a acercarnos a la condición humana desde lugares distintos al miedo.

Cuidarse de la pandemia sin temor, con conciencia, con espíritu creador y solidario puede transformar lo que parece el mal del siglo en una herramienta para aceptar que la muerte no es una amenaza sino una condición. Convertirlo en vida plena, libre, justa, capaz de derrotar cualquier miedo.

ÉPALE 369