Las Ánimas de hoy

Por Reinaldo González • odlanier00 / Ilustración Erasmo Sánchez

Por muchos es sabido que los nombres de las esquinas de Caracas nos remiten a personas, situaciones o usos que, en algún momento de la vida —o la muerte— de la ciudad, estuvieron asociados al espacio geográfico que cada una de ellas —las esquinas— ocupa. Aunque la mayoría ha cogido la vereda de referencias menos románticas para dar una dirección, persisten quienes no dejaron el camino de la vieja nomenclatura caraqueña, y todavía pueden decir que de La Cruz a Candilito hay dos carritos de chicha que vale la pena visitar.

A solo dos cuadras al oeste de Candilito está la esquina de Ánimas, cuya nominación está relacionada, según Teófilo Rodríguez, con “las consejas que circulaban en las postrimerías del siglo XIX” y que aluden a rezos en coro que los vecinos del lugar escuchaban cuando caía la noche (Caracas, la ciudad que no vuelve, Guillermo José Schael).

Cuenta la tradición oral que un grupo de jóvenes incrédulos quiso escuchar los cantos y se acercó una noche a la esquina. Comenzaron los sonidos y aparecieron varias figuras envueltas en sábanas blancas. La reacción —de bolas— fue huir de inmediato. Para los más escépticos, eran mujeres haciendo penitencia, una costumbre en la época.

En su libro Caraqueñerías: crónicas de un amor por Caracas, Rubén Monasterios asegura que las ánimas eran todo un símbolo de devoción. Los caraqueños rogaban por su descanso y les pedían protección. “Innumerables fueron los testimonios de personas que decían haber sido advertidas de algún peligro por la doliente y larga procesión de figuras sin identidad, todas encapuchadas, vestidas con hábitos de blanco, que pasaban rezando, portando cada una un cirio en la mano”.

El escritor caraqueño cuenta que vivió su niñez a solo tres cuadras de la esquina y que creció con el temor a la procesión de las ánimas. “Algunas noches, muertos de miedo pese a saber que no harían maldad alguna, oíamos a la distancia el rumor de sus rezos”.

Son las mismas ánimas que en 1813 le habrían salvado la vida a José Antonio Páez, cuando cayó prisionero del general realista Antonio Puy en Barinas, a cuatrocientos dieciocho kilómetros al suroeste de Caracas. Luego de un disparo, el lugarteniente de Puy, apellidado Correa, dio la voz de “Alto, quién vive”, a la que otra voz, grave, respondió: “¡La América libre, soldados de la muerte!”. Los realistas huyeron aterrorizados hacia San Fernando de Apure, olvidando al grupo de prisioneros en el que estaba Páez (Autobiografía, José Antonio Páez).

En la esquina de Ánimas empiezan o terminan, según sea su gusto, las avenidas Norte 9 y Sur 9, que confluyen en la avenida Urdaneta. Desde el centro de la esquina se pueden ver la torre El Universal (suroeste), la Coordinación Nacional de Protección de Víctimas, Testigos y demás Sujetos Procesados (noroeste), la Notaría Pública N° 37 (noreste) y la Unidad de Atención a la Víctima del Ministerio Público (sureste). También, siguiendo la misma secuencia visual, el carrito de Hamburguesas Ñoño, donde venden buenos perros; un quiosco de películas Blu-Ray bien surtido; un Farmatodo con frecuentes colas y una de las aceras altas características de La Candelaria.

Las ánimas de hoy acaso pueden verse en las carátulas de los discos de The Walking Dead que venden Miguel y Gabriel al noroeste de la esquina.

ÉPALE CCS Nº 479

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