ÉPALE298-CCS, MONTE Y CULEBRA

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

En mi niñez del semidesierto caroreño me apliqué desde temprano a rituales que me sirvieron para hacer músculo en eso de caminar sin rumbo, pero también a otros que fueron galvanizando el largo cordón umbilical con los emblemas, unos más nobles que otros, de eso que pudiéramos llamar “personalidad” larense. Los íconos culturales genuinos y los otros, los comerciales, impuestos y más o menos perversos, como por ejemplo la extraña atracción que sigue ejerciendo en uno el equipo Cardenales de Lara. El que es cardenalero sabe qué significan la decepción y el despecho, y se hace experto en la materia.

El Cardenales me significó, por mucho tiempo, una especie de gimnasio donde construir la coraza contra el guayabo de las derrotas. Me siento más o menos resistente al dolor y a la tristeza, y sé que eso tiene que ver con el haberme familiarizado, desde muy chamo, con el ceremonial del enamoramiento y el estrellamiento. Pasé veintitantos años llevando coñazos anímicos y saboreando el amargo del “cuando estaba a punto, me dijeron que no”: ir ganando por 5 carreras en el noveno inning y terminar perdiendo es lo mismo que tener a la muchacha a las puertas del hotel y que, de pronto, esta atienda el teléfono y te informe: “Me tengo que ir”. En ambos casos la voz de Alfonso Saer suena insoportable cuando anuncia: “¡Yyy se terminó el juego!”. Cardenales tuvo varios equipos de lujo. Fue una cantera de héroes nativos e importados de la que rescato los nombres de Tobías Hernández, Fred Manrique, Williams Ereú, Luis Leal, Luis Aponte; más tarde vinieron Luis Sojo y un gringo que metía unos jonrones dantescos llamado Cecil Fielder. A este bicho lo oí (yo veía los partidos por la radio) sacar la pelota por encima de las gradas del Universitario, rumbo a la autopista. Muchas veces clasificamos (clasificamos; he leído por ahí que celebrar el triunfo de un equipo y decir “ganamos” es como ver pornografía y decir “tiramos”) de primeros, en rachas impresionantes donde todos los jugadores bateaban primores y hacían jugadas de leyenda, y en los partidos de la final se desinflaba todo el mundo y aquello daba como pena. Héroes e ídolos de mi juventud se me venían abajo, en cambote, y con ellos nuestra inasible razón para estar contentos. Yo dormía sabroso cuando ganaba el equipo y me deprimía cuando nos humillaban.

Fui cardenalero a morir durante todo ese largo período de derrotas dolorosas, desde los años 70, hasta que vino el año 91 y el equipo logró su primer campeonato (recuerdo ese tercer out en las manos de Sojo). Y ocurrió algo, un quiebre definitivo. La noche de esa coronación estaba en Caracas, rodeado de caraquistas, así que mi celebración fue más rara que estúpida: yo eufórico y mis panas mirándome con una especie de lástima: “¿Qué le pasa a este pendejo?”. Sucedió que ya más nunca, a partir de entonces, me interesó el beisbol con el mismo obsesivo fanatismo. Dejé de interesarme en el roster y en los resultados de cada día. Hoy recibo noticias fragmentarias de cómo va el equipo, a través de Twitter. “Bravos 4 – Cardenales 2”. Tres horas de Alfonso Saer reducidas a unos poquitos caracteres inexpresivos. Parece que perder o tenerla difícil era lo que le ponía sabor a aquella afición de la juventud. Una vez que llegó el éxito (“éxito”: eso que solo los dueños del equipo saben qué significa, pero que el pueblo pobre celebra como si el equipo fuera suyo) ya no fue lo mismo. La muchacha de la puerta del hotel entró sin resistencia, varias veces, y yo me permití el lujo de hacerme más comprensivo, tolerante y hasta un poco adulto.

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