Las estatuas del racismo

Por Marlon Zambrano • @marlonzambrano / Ilustración Erasmo Sánchez

Una estatua es, en última instancia, una expresión de poder. La estética de una época, por lo general, la definen los que gobiernan, bien sea como institución o  como expresión de un imaginario que despliega la narrativa dominante.

Por eso, no es extraño que en la urbe moderna sobrevivan, sin solaparse, una efigie del opresor por antonomasia y de su oprimido natural. Colón y el cacique Guaicaipuro, por ejemplo; hasta que una multitud enardecida y arropada por el alegato vindicador de los tiempos arremetió, con justicia, sobre el Monumento a Colón en el Golfo Triste, ajusticiado el 12 de octubre de 2004 en los jardines de Plaza Venezuela, para que tomara su lugar el aborigen diezmado por la conquista y arrinconado en el olvido.

Derrumbar un monumento no borra la historia, pero da un fresquito. Es, por lo menos, lo que traduce la escalada de desagravio que se ha escenificado en todo el mundo en medio de las protestas por el asesinato del afroamericano George Floyd a manos de un efectivo policial en mayo pasado, lo que removió la sed de justicia de una sociedad asqueada de los abusos de origen racial.

La primera en caer fue la estatua de Williams Carter Wickham en Virginia (EEUU) el sábado 6 de junio, general confederado y esclavista considerado héroe por sectores de la población blanca, que en los últimos años se había convertido en piedra angular de las discordias entre supremacistas y antirracistas.

Le siguieron del otro lado del Atlántico, en Bristol (Inglaterra), el traficante de esclavos del siglo XVII Edward Colston, a quien derribaron y luego lanzaron al río. En Londres, la autoridad decidió bajar la figura del también esclavista Robert Milligan, antes de que lo hicieran los partidarios de la plataforma Black lives matter (las vidas negras importan), que desde hace rato le tenían ganas. En Amberes (Bélgica), el Gobierno decidió lo mismo con el monumento al rey Leopoldo II, reconocido por su genocidio en la República del Congo.

Mientras algunos se debaten en la polémica de si se trata de vandalismo o justicia, resulta curioso que las enardecidas manifestaciones son protagonizadas, por lo general, por ciudadanos blancos sensibilizados con la causa afro e inmunes a la valoración estética.

Podría tratarse, entonces, de un hito de época, como un lance con vocación iconoclasta. La historia vista al calor del presente, y el presente visto desde las identidades surgidas de los levantamientos sociales cruzados por el agotamiento y la búsqueda de equidad, pero también una lección de la historia que permite derrumbar los mitos contradictorios con el sentido positivo del ser humano. La pregunta es, y quizás la respuesta pueda resultar desalentadora: y el fin del racismo ¿pa cuándo?

ÉPALE 381