Las excepciones a la cuarentena le devuelven el alma a la ciudad

Niños, niñas, abuelos y abuelas volvieron a darle alegría a la capital de la República al retomar, lento pero seguro, el espíritu gregario que caracteriza a sus moradores. Fue una flexibilización que permitió el Gobierno para oxigenar el espíritu de los venezolanos, atareados por el coronavirus y otras pandemias

Por Marlon Zambrano@marlonzambrano  / Fotografías Bernardo Suárez

Lejos de lo que cabría imaginar, el día de flexibilización de la cuarentena por el coronavirus, 42 días después del pistoletazo de salida de las medidas de distanciamiento social decretadas por el Gobierno Nacional, no hubo una fiesta masiva y contagiosa de niños y niñas lanzados a reconquistar las calles.

Los niños fueron retomando lentamente la ciudad

Fue, más bien, un tímido ensayo que recibió la atención cautelosa de la muchachada con sus padres, madres y representantes, quienes de a poco fueron poblando las aceras, circulando por las plazas y acercándose a los parques con la voluntad resacosa de un 25 de diciembre, vestidos, eso sí, con ropa de estreno y exhibiendo sus relucientes patinetas, bicicletas, patines en línea, carritos de cuatro ruedas, balones y peloticas de goma que pronto comenzaron a circular con la espontaneidad del liberto.

Caracas, ese domingo 26 de abril de este extravagante 2020, despertó despejada y luminosa, esperando las campanadas de las nueve de la mañana que anunciaban la hora cero para el “experimento” que el viernes anterior había ofrecido el presidente Nicolás Maduro, para distender el rigor del confinamiento que se viene aplicando a fin de reducir los riesgos de contagio y mantener a raya la curva de afectados, que permitirán -más pronto que tarde- desmontar la gravedad de las medidas sanitarias contra el COVID-19.

“Es un regalo que le queremos hacer a los niños y niñas, vamos a ver cómo nos sale, si nos sale bien lo podemos reprogramar para otro día, quizás sábado y domingo de la semana que viene”, afirmó el Presidente en un contacto telefónico con Venezolana de Televisión mientras entrevistaban en un programa especial al ministro Jorge Rodríguez.

Sabana Grande fue uno de los corredores más visitados por niños y niñas.

Los hijos rápido se vuelven realengos

La espontaneidad infantil, a través de los abrazos, rompió la norma

Y fue así, despacito, poquito a poquito, que los padres fueron asomándose con sus muchachos a la calle a ver si era verdad, y se atrevieron a adentrarse en la espesura de la urbe, como temiendo que de un momento a otro un policía o alguna otra autoridad los devolviera a casa.

Una niña anarquista, podría pensarse, fue la que a las nueve en punto estrenó la flexibilización en toda Caracas, cuando la basílica menor de Santa Teresa disparó su noveno redoble y ella, con sus lacitos rosados y montada en su bici, irrumpió en la plaza Diego Ibarra donde vagabundeó sola por largo tiempo hasta que se le unieron dos o tres ciclistas más que sobre la inmensa playa parecían dueños de una ciudad postapocalíptica, bajo la mirada atenta de sus padres a lo lejos.

Aún distanciados, con su tapaboca y medio oxidados por el desuso, los chamos y las chamas fueron apareciendo muy lentamente, estirando sus piernas y dejándose fustigar por un sol que los abrasó como extrañando su vitalidad de domingo.

La plaza de la Candelaria, Parque Carabobo, Sabana Grande, Los Próceres, la plaza de Los Museos, Plaza Venezuela, antiguos reductos de la alegría infantil devenidos en panteones solitarios gracias al coronavirus, despertaron de un largo letargo y ya a mediodía acogían de nuevo la naturalidad de los niños y niñas que se juntaron para reencontrarse entre juegos, gritos y correrías inexplicables, como el chamito que atravesó corriendo de ida y vuelta la acera de la avenida México sin que nadie se atreviera a frenarlo.

Caracas, ese domingo 26 de abril de este extravagante 2020, despertó despejada y luminosa

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Ristras de muchachitos estiraron sus piernas y se expusieron al sol

Casi era el redescubrimiento de las cosas, como descendientes de la familia Buendía de Cien años de soledad anclados sobre la Caracas del siglo XXI, señalando las cosas para nombrarlas, asombrados ante las esculturas de siempre, redescubriendo las piedras y juntando ramitas desprendidas de los caobos y las ceibas que reinan sobre las caminerías que tenían abandonadas.

El reencuentro de viejos amigos, que se reconocieron a duras penas por encima de los tapabocas, mirándose a los ojos y fundiéndose en abrazos. Los muchachitos que se hicieron panas pateando balones a las afuera del parque Los Caobos que no abrió, justamente para evitar la juntadera. Como los niños melancólicos que miraban las ardillas desde lejos en la Plaza Bolívar, clausurada por verjas.

Eso no evitó, eso sí, la indocilidad natural de los hijos. Extrañas estratagemas se pactaron en la nada, cuando muchos intercambiaron chupetas y helados; cuando se abrazaron después de meter un gol en eternas caimaneras, o se besaron a través de las telas como los amantes suicidas de Verona. Y eso que eran carajitos de no más de 16.

Los niños fueron retomando lentamente la ciudad.

Los viejitos cuando se escapan acaban los trapos

Los abuelos y jóvenes saciaron sus ganas pasear la ciudad

El comportamiento de la gran mayoría fue ejemplar, como ha sido casi toda esta etapa agria de aislamiento y distanciamiento social obligados por el decreto de emergencia sanitaria en Venezuela.

En España, país con la mayor cantidad de víctimas mortales después de EEUU por el virus, se intentó un ejercicio similar, ese mismo domingo, que se desbordó cuando la mayoría salió a la calle sin tomar las debidas precauciones. Padres, madres e hijos salieron sin respetar las normas de distanciamiento y protección, lo que equivale a decir la vida propia y la de los otros, en medio de las grandes contradicciones del capitalismo que estimula su voracidad por el lucro permitiendo la reincorporación de la gente a la vida normal sin medir consecuencias.

Nuestros ejercicios de flexibilización de la cuarentena, que prometen instalarse según el éxito que le adjudicó el primer mandatario nacional, continuaron el lunes siguiente cuando a los abuelos, mayores de 65 años, se les permitió salir a estirar sus piernas y tomar el sol, dialogar en las plazas, verse en las esquinas.

Aún distanciados, con su tapaboca y medio oxidados por el desuso, los chamos y las chamas fueron apareciendo muy lentamente

De diez de la mañana a dos de la tarde se les vio soltar sus bastones y acercarse en multitud dicharachera a las plazas que antes eran sus confines como la de El Venezolano, donde hicieron un semicírculo expectante de cara a las fachadas coloniales de la cuadra del Libertador, debatiendo sobre los temas que les son comunes, como los precios de los medicamentos, el estado del tiempo, la agudización de los achaques y, cómo no, la situación política del país.

A uno de ellos, díscolo y escapado del grupo, se le vio en la esquina de Gradillas viendo a las muchachas pasar y soltarle alguna flor caraqueña a las de mejor ver. Yo, que me le puse al lado para ver qué novedades traía el imaginario capitalino en plena efervescencia del coronavirus, fui testigo de excepción de su inventiva. Palabras más, palabras menos, le piropeó: “Adónde va ese coronavirus si aquí tiene su hipoclorito…”.

La muchacha no pudo evitar sonreír.

Después de 42 días recluidos, fue como redescubrir el mundo

ÉPALE 370