SIBARITA 157

POR RODOLFO CASTILLO/@EPALECCS/FOTOGRAFÍAS MICHAEL MATA

En el marco de los esfuerzos que hace la Revolución Bolivariana para garantizarle la comida a nuestro pueblo se creó Red Venezuela, constituida por un sinnúmero de panaderías, areperas y cafés en todo el país. Muy lejos de hacer de esta reseña un panfleto institucional, vale la pena destacar algunos números. Según Scarlett Castillo Colina, chef de profesión y coordinadora de la Unidad Socioproductiva del Ministerio del Poder Popular para la Comunicación y la Información (MPPCI), esta red prepara, de lunes a viernes, alrededor de 500.000 almuerzos en todo el país; incluyendo desayunos y café, atiende a cerca de tres millones de personas, cifra en absoluto desdeñable si tenemos presente uno de los axiomas fundamentales de la Revolución: soberanía alimentaria. La premisa principal gira en torno a la autosustentabilidad. Para ello adquieren insumos de factura venezolana y se apoyan en una red de distribución conformada por cooperativas de transporte (camioneros). Otro dato curioso es que proveen a su personal de un mercado mensual, el cual es descontado por nómina. Además, al hacer tu compra, la cajera te extiende amablemente el ticket donde está el precio con el IVA desglosado… como debe ser.

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Por supuesto, un dato que no se le podía escapar a este “sibarita menor” es lo módico de sus precios: sopa Bs. 60, seco Bs. 260, jugo natural Bs. 50, café grande Bs. 35, arepa con un relleno —y bien resuelta— Bs. 90. Entonces, un menú completo (los consabidos sopa, seco y jugo) sale al módico precio de Bs. 370. Llegado este punto, debo confesar el único punto en contra del bonito restaurante: no aceptan cesta ticket… por los momentos. Las formas de pago son con tarjeta de débito y efectivo.
No se engañe, apreciado lector, y caiga en la apriorística deducción que reza “¿qué clase de almuerzo se puede esperar por ese precio?”. El desclasamiento criollo tiene la ridícula concepción de que si algo es barato, es de pésima calidad o de proporciones ínfimas. La Arepera Venezuela ubicada en el piso 1 del MPPCI, situado en el Foro Libertador (final del bulevar Panteón), ofrece platos con dimensiones mayores de las que come una persona promedio y la sazón, sin caer en sobreponderaciones, es exquisita: deja entrever una mano cariñosa y diligente en su elaboración. Por ejemplo: en una ocasión, una perfecta crema de auyama coincidió con un cochino al horno de un sabor inenarrable; años que no probaba algo parecido.

Como si no bastara con todo esto, la sala de comensales (la más grande) queda en un enorme balcón del edificio sede del ente —donde también pueden apreciarse cultivos organopónicos varios—y posee una envidiable vista: el Foro Libertador arborizado, el Panteón Nacional con el Mausoleo del Libertador y el Waraira Repano como telón de fondo. Buena comida y un hermoso panorama que solazan el ecuador de la jornada laboral.

Minutos antes de terminar de comer, Scarlett nos obsequió, al fotógrafo y a mí, las cuatro opciones de dulces que ofertaban ese día. Echando mano de la gula y haciendo un esfuerzo más que humano, los probamos todos. A pesar de que es harto difícil decir cuál era el mejor —porque uno era mejor que el otro—, el besito de cambur, hecho a base de cambur y piña, era sencillamente de otro mundo. Por otra parte, el cruasán de durazno proviene de unas artesanales manos de la Colonia Tovar, cumpliendo así con esas tres eses necesarias, urgentes, indispensables: sano, sabroso, soberano.

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