Las mujeres siempre ganan

Por Gerardo Blanco • @GerardoBlanco65 / Ilustración Justo Blanco

Nunca ha sido fácil para las mujeres participar activamente en el deporte. Razones culturales, el histórico machismo, las leyes, la idiosincrasia, los prejuicios sociales y hasta la religión han conspirado para mantener a las féminas lejos de las instalaciones deportivas. Es muy antiguo esto de impedir que las mujeres sean deportistas. Los griegos, quienes inventaron el gimnasio, la cultura deportiva y los Juegos Olímpicos, también fueron los primeros en oponerse a que las mujeres fueran deportistas, a pesar de que una de sus múltiples diosas, la virginal Atalanta, manejara el arco y la flecha con más destreza que cualquier hombre y que venciera a Peleo, padre del poderoso Aquiles, en la caza de animales.

Las griegas no solo estaban excluidas de competir en los Juegos Olímpicos, sino que tampoco podían asistir a las competencias, so pena de ser descubiertas y condenadas a muerte según la Ley de Elise, que rezaba lo siguiente: “Se arrojará por el Monte Typaeum a cualquier mujer que sea sorprendida presenciando los Juegos Olímpicos, u ose estar al lado del río Alpeio durante los días prohibidos a las mujeres”.

Cuando, a fines del siglo XIX, el marqués Pierre de Coubertein decidió revivir los antiguos Juegos Olímpicos, también proscribió a las mujeres de las competencias. Hombre de su tiempo, en el que los hombres ejercían el poder absoluto en todas las actividades, para el filósofo y educador francés el deporte femenino no era “práctico ni estético, además de incorrecto”. A su juicio, las mujeres sólo debían participar como mero adorno en las justas deportivas. “Estimamos que los Juegos deben estar reservados a los hombres aseguraba el padre del movimiento olímpico. El papel que la mujer debería desarrollar en los Juegos es el mismo que habrían desarrollado en la Grecia antigua: coronar a los vencedores”.

Sin embargo, las mujeres siempre han sabido salirse con la suya. Ferenicie compitió en los antiguos Juegos Olímpicos disfrazada de hombre y se consagró vencedora. Aunque fue descubierta, cuando su túnica mostró la verticalidad de su sexo, los griegos la perdonaron y en lugar de arrojarla por el desfiladero obligaron, desde entonces, a que todos los atletas compitieran desnudos para evitar más entuertos.

Tampoco Coubertein pudo con el poder femenino. En el despelote organizativo que fueron los II Juegos Olímpicos de París, en 1900, la tenista Charlotte Cooper se inscribió en las competencias y se convirtió en la primera mujer de la Historia en ganar oro olímpico.

En estos tiempos, el deporte femenino goza de buena salud. Son millones las mujeres que practican actividades deportivas, aunque ahora tienen que lidiar con otras reglas, como demostrar a ciencia cierta que son mujeres y que su producción hormonal no le da ventajas sobre sus rivales.

Es el calvario que ha tenido que vivir la campeona olímpica y mundial, la corredora sudafricana Caster Semenya, quien ha sido sometida a múltiples exámenes y ha generado un debate deportivo, científico y legal sobre si las atletas intersexo o transgénero pueden competir en igualdad de condiciones con las mujeres. “Soy mujer y soy más rápida”, se ha defendido Semenya de quienes la acusan de ser un hombre debido a su condición genética intersexual.

En España, Omaira Perdomo se convirtió, en 2018, en la primera voleibolista transgénero que compite en un club profesional, mientras que la brasileña Tiffany Abreu (voleibol) y la neozelandesa Laurel Hubbard (pesas) libran otra batalla legal para competir con la selecciones de sus respectivos países en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020. Por suerte, ni la Ley Elise de los antiguos griegos ni el elitismo deportivo del marqués de Coubertein siguen vigentes en estos tiempos de deporte asexuado.

ÉPALE 363