Las robamaridos

Por María Eugenia Acero @andesenfrugen / Ilustración Erasmo Sánchez

Imagínese que usted, aparte de inteligente y buena persona, es muy bonita. Ese tercer componente, de seguro, le ha abierto múltiples oportunidades sociales y laborales. Es natural que todas sus virtudes la hayan llevado muy alto por la escalera del éxito. Se supone que así es que tiene que ser. Imagínese ahora que usted se va con su ramillete de talentos, con su música a otra parte. Usted cree que el inicio de una nueva vida va a ser más sencillo por ser inteligente, buena gente y bonita. Entonces, resulta ser que no. Destacarse en lo físico puede traer dos terribles consecuencias: una, que las mujeres nativas del nuevo país en cuestión la odien y que busquen sabotearle la vida, el trabajo y las relaciones sociales; dos, y mucho peor aún, que su vida corra peligro. Así que usted, nueva migrante a algún país del continente, dejó de ser una mujer descollante para la sociedad. Usted pasó a convertirse en una amenaza: una robamaridos, tal y como podemos apreciar en los más rutilantes talk show de la TV por cable.

Si hay algo por lo que Osmel Sousa terminó por erigirse en institución nacional fue por haber catapultado la belleza de las mujeres venezolanas. Sin importar si son o no misses, el común general de las venezolanas se impone en el extranjero por su belleza, porte e imagen general. En el resto del continente es común que haya rechazo hacia las venezolanas, quienes llegan con su mejor disposición a trabajar y en el ambiente de trabajo les hacen la vida imposible. ¿Las razones?, porque son muy bonitas y profesionales. Entonces, tenemos el caso en el que muchas de nuestras compatriotas no solo están sufriendo de xenofobia, sino también envidia y rivalidad por parte de compañeras locales, quienes las ven como competencia. Este odio hacia la excelencia venezolana de nuestras mujeres se da por el hecho de que las féminas nativas de Chile, Ecuador y Perú, según ciertos estereotipos, no son tan “agraciadas” como las nuestras. Esta oleada de odio ha obligado a muchas de nuestras compatriotas a migrar hacia trabajos más informales o que, en el peor de los casos, incursionen en la prostitución.

Hace algunos años mi familia vivió una situación similar. Mi hermana tiene once años en Canadá. Luego de muchos esfuerzos, hace algunos años logró graduarse en Turismo en la Universidad de London, Ontario, e incluso alzarse con un puesto de trabajo en la oficina de turismo de la alcaldía de esa ciudad. Poco le duró la alegría, pues compañeras de trabajo se encargaron de que el programa de inducción en su nuevo empleo fuera una pesadilla. Al final, la supervisora de mi hermana la despidió por considerarla “lenta” para sus nuevas funciones. En realidad, la despacharon por tener un título profesional y por ser muy bonita.  Mi hermana terminó trabajando para la cadena de café Starbucks por varios años, mientras buscaba alternativas para superarse profesionalmente.

La Gran Misión Vuelta a la Patria ha salvado a algunas de nuestras mujeres de destinos inciertos. Sin embargo, la oleada de migrantes venezolanos sigue bullendo al tiempo de la crisis económica y de los vientos agoreros de la oposición. Colombia es uno de los destinos más macabros para nuestras féminas, teniendo en cuenta la fuerte tasa de trata de blancas.

Aún se desconoce la cantidad de venezolanas asesinadas, bien sea por sus parejas, por grupos criminales o por la mala suerte: la cantidad de compatriotas ultimadas en el extranjero se pierde de vista. Así, la muerte tiene múltiples facetas: feminicidio, violencia sexual, trata y esclavitud, violencia psicológica, prostitución y explotación laboral, estereotipos hipersexualizados, discriminación y xenofobia. Es insólito que ser bonita y aspirar a la excelencia te lleve a la muerte. El mundo al revés.

ÉPALE 362