Las tradiciones bordean al coronavirus

En un período marcado por el distanciamiento social impuesto para frenar la pandemia, las fiestas devocionales del calendario de tradiciones se han visto gravemente trastocadas en sus formas, pero jamás en el fondo del alma profunda que revela la identidad festiva y solidaria del venezolano

Por Marlon Zambrano • @marlonzambrano / Fotografías Archivo

Venezuela es muchas cosas, no es un lugar común. Paisajísticamente bella, humanamente solidaria, espiritualmente comprometida y culturalmente rica, se erige como una hermosa joya labrada en la alquimia movediza de las crestas andinas, las mesetas amazónicas y las aguas del Caribe. Pero, sobre todo, es la resistencia de sus gentes.

A través del mar indomable llegaron al país, en medio del avance progresivo de la esclavitud, miles de seres humanos arrancados de las profundidades de la madre África, para sumar un elemento más a la tríada sagrada del mestizaje que maceró nuestras más significativas tradiciones. Aborígenes nativos, europeos advenedizos y africanos forzados se juntaron en esta tierra de gracia como un estallido cósmico que dio origen a cientos de expresiones culturales de arraigo popular.

Y es que el acento reivindicativo de nuestro acervo hace de las fiestas populares un ejercicio de memoria que nos permite recordar, con amor y reverencia, la huella afrodescendiente

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Hoy, escuchamos a los parranderos del San Pedro de Guatire (Miranda), robustecidos en su negritud por el betún untado sobre su rostro, cantar una estrofa centenaria y rebelde: Con la cotiza dale al patrón, vuélvelo polvo sin compasión, para expresar que, aunque estén juntos el peón y el hacendado haciendo la fiesta, como en la canción de Joan Manuel Serrat, el espíritu indomable mueve a los desheredados de la Tierra.

El San Pedro de Guatire este año no tendrá aliento de multitudes. Foto Jesús Castillo

Y es que el acento reivindicativo de nuestro acervo hace de las fiestas populares un ejercicio de memoria que nos permite recordar, con amor y reverencia, la huella afrodescendiente, pero también los actos de heroicidad silenciosa.

Numerosas festividades que hoy son prácticamente cotidianas tienen, en gran medida, el mismo origen distante. Las fiestas de San Juan Bautista, el San Benito de Bobures (Zulia), Corpus Christi y los Santos Inocentes, entre otras, incorporan paralelamente instrumentos que pretenden reproducir los utilizados en el continente africano, aunque adaptados a las nuevas condiciones de vida material que ofrecía la plantación esclava: aparecen el tambor mina y la curbata, el tambor redondo y el culoepuya, los chimbangueles y las maracas, con sus danzas y sus modismos, sus voces y su entereza.

La religiosidad popular, la naturalidad callejera, el divertimento, los ciclos agrícolas, la hermandad, se dan la mano en cada esquina del país para sumar adeptos a las fiestas acordadas por el calendario devocional católico y su santoral impuesto, mimetizado, eso sí, en la ceremonia atávica, para encender los fuegos del júbilo junto a la fe en celebraciones que le cantan, le bailan y le rezan a la Cruz de Mayo, al Divino Niño, a San Antonio de Padua, la Virgen del Valle, La Chinita, las Zaragozas y un larguísimo etcétera que se difumina sin tiempo ni espacio en el territorio insondable de la alegría de vivir.

Muchos de los instrumentos de nuestras fiestas tradicionales tienen un origen africano

Las fiestas por Zoom

Una historia que se construye día a día, como ahora mismo que el San Juan,Corpus Christi, la Cruz de Mayo, el San Pedro, se celebran desde el mutismo desafiante del recogimiento, a lo interno de casa, cuando históricamente estas fechas habían sido encuentros de multitudes festivas, primero embriagadas por los ardores sagrados de la fe y la devoción laica, y luego por los arrestos profanos del alcohol y el bochinche.

Debido al coronavirus, y la consiguiente orden de cuarentena para frenar los contagios entre la población, la Venezuela de este azaroso siglo XXI ha sido testigo de una novedad inimaginable: celebrar sin fiesta, encontrarse sin verse, participar sin estar presentes, adorar a la distancia; por lo que el calendario de tradiciones populares se ha ido tejiendo con la filigrana que permiten las nuevas tecnologías de la comunicación, a través de un enlace higienizado por Zoom (tecnología Google) o a través del chat de los grupos de WhatsApp.

Como mucho, se sabe de ritos domésticos en el patio de casa, donde a la cruz se le da media vuelta y se le cubre con un sudario impoluto mientras los cantores, con tapabocas y guantes, comparten una flor para renovar las décimas que le cantan al Cuerpo de Cristo.

Una historia que se construye día a día, como ahora mismo que el San Juan, Corpus Christi, la Cruz de Mayo, el San Pedro se celebran desde el mutismo desafiante del recogimiento

La tradición del San Juan —que se festeja en la Caracas profunda, donde se dice que nació, y no en el lejano Barlovento, tierra ardiente y del tambor— se festeja a media asta, sin su correspondiente frenesí de excesos y placeres mundanos, pero representando siempre una de las más sobresalientes expresiones del sincretismo cultural del país, por su vinculación con la ancestralidad afrodescendiente y nuestros haberes mestizos, signo de lo que somos en lo concreto y lo simbólico.

También se rumora que en Curiepe los tambores redoblan con eco sordo desde el 1° de junio, y la “gentará” se reencuentra en episodios disimulados para no levantar sospechas de las autoridades sanitarias, mientras se emparranda con su San Juan grande en espera del sanjuanito chiquito, su sagrado Guaricongo que aguarda turno en la antesala.

Se dice que los parranderos de Curiepe no han aguantado tanto encierro

En Guatire, las cofradías trajeadas con levita y pumpá ensayan monólogos apasionados que repetirán, calladamente, en la misa del 29 de junio para la procesión de los santos, que no saldrán, sino que recibirán el saludo y regreso a casa (o a su sede principal) para dormir el sueño eterno de las deidades de yeso hasta un tiempo promisorio, plagado de hipoclorito y asepsia, que permita nuevamente el entrechocar de pieles y el intercambio de sudores, alientos y tragos de la fiesta que hermana al pueblo en su identidad.

¡Ay!, despierta si estás dormido Juan, despierta si estás dormido… de ese sueño tan profundo, dice la estrofa; pero hoy cabría agregar: y vuélvete a dormir hasta el próximo año que puedas celebrar con los tuyos, en las calles a donde saliste un buen día para erigirte cimarrón y rebelde.

La memoria, por su parte, es un acto de resistencia y transmisión, una forma de reanimar en el tiempo la sustancia de las cosas, aunque sólo sean recuerdos inventados, como escribe Enrique Vila-Matas.

Pero, ¿para qué nos sirve recordar en un mundo donde los imaginarios se traman en las tecnologías de la información, con miedo a la covid-19? Quizás para que los pueblos sobrevivan. Lo primero que destruye los itinerarios de dominación, fundamentalmente a través de las industrias culturales, es el acervo simbólico de las tierras tomadas, sus elaboraciones textuales, su verbo.

Múltiples son las míticas expresiones de la devoción al santoral católico

Patrimonios de ida y vuelta

Nuestro patrimonio cultural, prácticamente ilimitado por su insólita abundancia, consta del elemento devocional, de fiestas inamovibles del santoral, de manifestaciones espontáneas y errantes, de la chanza cotidiana y de la fe particular, donde el gesto improvisado y el ritual arcaico van juntos expresando la sencillez del pueblo.

Todo, eso sí, transversalizado por lo tangible y lo metafísico: desde el elemento humano a través del conocimiento intransferible de las loceras de Manicuare (Sucre) y las muñequeras de trapo, el arquitecto del bahareque y la tonada del ordeñador, hasta las fachadas decimonónicas y las viejas chimeneas de los ingenios de caña, juntos, formando una amalgama del país profundo que se abre como una cayena en flor para exhibir, como su más bella insignia, un corazón imbatible que alcanza para todas las causas.

Los Diablos Danzantes del Corpus Christi (toda Venezuela), la Parranda de San Pedro (Miranda), la tradición oral Mapoyo (a lo largo del río Orinoco), el procesamiento de la curagua (Monagas), los Carnavales de El Callao (Bolívar), los cantos de trabajo del llano (llanos venezolanos) y próximamente las fiestas en honor a San Juan, en su condición de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, según declaratoria de la Unesco, son un categórico muestrario del mapa de nuestras emociones, que invita al canto, al baile, a la imaginación y al recuerdo. Con poco más se construye un país.

Si bien la geografía natural hace grande y hermosa a Venezuela, es a través de la cartografía de su alma como ya, definitivamente, se hace imposible no amarla.

Sus danzas centenarias, el sonido hondo de su mixtura, sus cantos de fe y alabanza, su compás de ida y vuelta desde el más profundo origen, su cruce de caminos entre fundadores de pueblos trashumantes, han hecho posible forjar eso que aquí llamamos, con orgullo, la venezolanidad.

Las tradiciones revelan la cartografía del alma de los venezolanos

ÉPALE 378