ÉPALE308-CRÓNICAS MEFélix Martín, cuando tenía 8, se iba en bicicleta con sus panas a buscar verada por los lados de San Mateo, en el estado Aragua. La verada es una rama larga, larga, larga, verde y muy dura con que los chamos de la época se disponían a hacer papagayo. Ángel Rafael, su hermano mayor, era el especialista en confeccionarlos.

Como eran muy pobres, no podían costearse pelotas de los Tiburones de La Guaira ni jugar con carritos de modelismo. Así que en la calle Campo Elías no les quedaba otra que ingeniárselas. Y la creatividad era la mejor juguetería. Trompo, yoyo, chapita, palo encebao, pelea de cocos en Semana Santa, baile de La Llora el Día de Muertos y la sempiterna marcha del Día de la Juventud todos los 12 de febrero, cuando las muchachas más lindas del liceo Rubén Darío salían a la avenida principal con el permiso de la mamá y los muchachos aprovechaban para invitarles una cola Dumbo.

Félix con Maximino y los otros sospechosos habituales, esos chicos malotes que se jubilaban de clase para irse a jugar chapita y comer conserva de coco en la plaza, agarraban sus bicicletas. En sus naves shugaboom enfilaban carretera arriba a buscar las dichosas maticas que les darían el triunfo absoluto en el campeonato mundial de pelea de papagayos, en esa calle donde Carmen María les contemplaba de cuando en cuando mientras les hacía arepas.

A orillas de la carretera, ahí estaban. A simple vista parecían monte. Pero solo el ojo acucioso de los papagayólogos expertos en la materia sabía separar la ortiga de la flor. Probaban la verada separando las hojas, y si la vara verde volaba ¡era verada! Agarraban las más que podían, las metían en sus mochilas y enfilaban pedal abajo de regreso a La Victoria.

En casa de Carmen María, Ángel Rafael y Rosa Cecilia, la hermanita y la niña más linda del pueblo, se disponían a confeccionar sus armamentos. Sí, armamentos, porque aquellos voladores multicolores no eran mascaritas para sonreírle a Papá Dios. ¡No señor! Eran naves para derrotar al enemigo tumbándolo con colores, con tiras y con la pericia de un experto. Con papel cebolla, con tela muy fina y hasta con periódico armaban sus aviones caza de guerra. Eso sí, debían aguardar varios días hasta que las varitas naturales se secaran lo suficiente. Luego, ensamblar la estructura del guerrero en cuestión (el papagayo), colorear, pintar (si disponían en ese momento de colores) y los toques mágicos finales: mucho pabilo y unas tiras con flequitos para poder sobrevolar a sus guerreros y tumbar a la nave enemiga.

Las tardes en aquella calle se convertían en un duelo a muerte, pues los pobres papagayos solían terminar enredados en los cables de luz, las veradas se convertían en espadas y los compañeritos corrían a casa de Carmen María a comer arepas. Esas arepas ahora habitan en la memoria de mi viejo y mis tíos y en la mirada tierna de una abuela que, con 98, en su papagayo de flores este año voló junto a Papá Dios.

 

María Eugenia Acero Colomine (1977)

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