Las (viejas) casas del futuro

Se celebra, o está por celebrarse, el Día del Arquitecto. Buen momento para preguntarnos o recordar por qué el noble arte de decidir cómo ha de ser la casa en que vivimos está en manos de unos señores profesionales, y no de nosotros mismos

Por José Roberto Duque@DuqueJRoberto  / Ilustración Daniel Pérez

Sobre los arquitectos suele volcarse un viejo chiste o decir muy cruel, machista, injusto y feo: “No son lo bastante machos para ser ingenieros ni lo bastante gay para ser diseñadores”. Si despojas el dicho de su carga pretendidamente humorística y te detienes a ver en qué consiste esa profesión, te encontrarás con dos o tres señalizaciones, no tan corrosivas pero sí dignas de sentarse a analizarlas, ya sin sarcasmos ni ganas de ofender. Por ejemplo: la arquitectura consiste en poner en manos de unos señores que estudiaron en la universidad (ese espacio que la sociedad occidental ha querido que valide o descalifique todo) la misión de decidir cómo ha de ser la casa en la que el resto de los mortales va a vivir. No es como para ponerse a insultar otra vez a los arquitectos, pero ya esa sentencia obliga a revisar algunas cosas más sobre la arquitectura, sobre las casas capitalistas y sobre las casas del futuro.

El “orden” capitalista ha querido que las cosas funcionen, o intenten funcionar, de la siguiente manera. Usted quiere y necesita una casa. Si su decisión es tener una casa de su propiedad en una ciudad tiene dos opciones: se busca la respectiva carreta de plata para comprar una vivienda ya hecha o invade una ladera en la periferia y se construye ahí un rancho con el ingenio y los materiales que tenga a la mano. La otra opción es esperar que en su país haya una revolución y que una Gran Misión Vivienda le construya una y se la regale, pero las revoluciones pertenecen a otro plano de la reflexión. Acá estamos hablando de cómo se las ingenia alguien en la sociedad capitalista para tener dónde vivir.

Dónde caerse muerto

Regresemos al momento en que usted se busca el montón de dinero y decide comprar una casa o apartamento. Casi siempre lo que ocurre es que el comprador adquiere un cajón de cemento y cabillas, uno más en medio de un montón de “soluciones habitacionales” hechas en serie, idéntica a muchas otras. De entrada a usted lo pone muy contento su adquisición porque ha cumplido su sueño, ya tiene donde vivir y dónde caerse muerto, que es lo mínimo, o lo máximo, que uno puede pedirle a la vida. Pero de pronto, en algún momento, usted empieza a sentirse incómodo, a notar o a detectar algo que hace parecer el espacio incómodo o insuficiente.

Comienza a mover corotos, a cambiar de cuarto, a abrir ventanas y puertas nuevas y a clausurar otras; empieza a jodérsele el ánimo y el dormir en ese espacio que le salió tan caro, e inevitablemente llega el momento de echarle la culpa de su incomodidad al hijo que no se termina de largar o que ya se largó, a la pareja que no limpia o baja la poceta. No le encuentra explicación al telarañero loco que se forma allá arriba, a los hongos que le empiezan a salir en la piel, a la humedad o resequedad del entorno. No hay nadie alrededor que le haya puesto el respectivo cartelito: bienvenido a la casa capitalista.

Usted está incómodo en esa casa por la sencilla razón de que esa casa no la hizo, la pensó, la soñó ni la dispuso usted: alguien decidió cuál iba a ser la distribución de los espacios, la altura del techo, las aberturas por donde entra el sol, el material del que la vivienda está hecha. Ni más ni menos, su casa no es suya —por mucho que la haya comprado y pueda mostrar un papel donde dice que ya la pagó— porque usted no decidió cómo o de qué estaría fabricada.

Parte la arquitectura profesional de uno de los disparates más notables de la ciudad industrial: que la vida puede organizarse a partir de plantillas y modelos universales. Que hay espacios artificiales, diseñados con tal ingenio, que cualquier persona que viva allí vivirá bien, sabroso, confortablemente. Acá arribita le pasamos por un lado a un tema crucial: los materiales con que está construida su casa.

Antes que la Revolución Industrial nos hiciera el dudoso favor de unificar y estandarizar los materiales de construcción de viviendas (cabilla, cemento y techos que para ser impermeables necesitan ser tóxicos), la gente vivía un poco más apegada a la tierra, a los elementos. Los materiales de construcción se parecían un poco más al ser humano, porque, a fin de cuentas, casas y personas estábamos hechos de lo mismo. Madera, piedra y barro dominaba los paisajes del proceso civilizatorio. Las casas más antiguas, que todavía permanecen en pie y albergan familias en sus recodos, se encuentran en las actuales Irak e Irán; 3.000 años de antigüedad tienen esas viviendas, que todavía permanecen en pie. Asomarse en el Lejano Oriente es enfrentarse al maravilloso mundo de las construcciones de papel de arroz.

El ancestro lejano del cemento y las actuales variables de concreto era la argamasa, algo de cal y algo de arcilla. Los procesos industriales sustituyeron esos materiales nobles por unas sustancias que se endurecen a partir de reacciones químicas y no a partir de algo tan natural como el secado, la evaporación del agua. Uy, argamasa, qué asco el barro; ¿no es mejor la dureza y la eternidad del hierro y el cemento? Quién sabe: con argamasa están pegadas las piedras del Coliseo Romano, los bloques de las pirámides de éste y otros continentes; y de barro están hechos tapiales, adobes y bahareques de 300 años de antigüedad que usted puede ver en los pueblos de Venezuela, mientras que ya hay ruinas y casas desvencijadas —de ultramodernos materiales— con menos de 80 años.

El proceso culminante de la desnaturalización del vivir como nos lo merecemos comenzó con la designación de señores profesionales que deciden dónde van a vivir los demás y cómo estarán distribuidos sus espacios, sin siquiera preguntarles cómo ni dónde quieren vivir: la ciudad industrial exige que sus esclavos vivan en los barrios y urbanizaciones que al amo le da la gana que vivan. Ya lo demás es discusión acerca de si la especie humana puede soportar más años de recalentamiento y de negarse a regresar a la naturaleza que va quedando atrás.

ÉPALE 379