Composición fotográfica Michael Mata

Composición fotográfica Michael Mata

POR RODOLFO PORRAS

El idioma es un instrumento de desarrollo y un arma de lucha.

José Stalin

La primera situación dilemática que se despeña en este artículo me viene de la disyuntiva de si llamar a nuestro idioma “español” o “castellano”. A mí, particularmente, me parece que “español” es más adecuado, en tanto que “castellano” era más bien una lengua que se hablaba en Castilla, y que ya no se habla ni allí ni en la Península Ibérica ni, mucho menos, en América.

Así como Colón (que, dicho sea de paso, no tuvo la culpa de que su apellido haya degenerado en la palabra que nombra esa abyección que es la colonia y el colonialismo), digo, partió de Puerto de Palos, así el castellano salió en los mismos barcos inseguro, balbuceado, aprendido por obligación, convertido en arma al lado del arcabuz, la cruz y la Biblia. Pero al llegar a Guanahani, bautizada como “San Salvador”, ya dejaba de ser la lengua de una provincia pequeña para convertirse en un idioma poderoso que expresaba a España entera y, más adelante, a buena parte de América subyugando —eso sí— a más de 2.000 lenguas que fueron desapareciendo en el terrible genocidio que se perpetró en eso que, eufemística y cínicamente, se llamó la “conquista”.

A pesar de la catástrofe que significó para esta tierra la invasión, el genocidio, el bárbaro saqueo de vidas, tierras, culturas, riquezas, espíritus, religiones, el idioma español nos quedó, a los herederos de esa terrible épica, como un legado hermoso, un legado que se utiliza, por ejemplo, para que usted lea estas líneas y yo las haya escrito.

En España el castellano también se fue desleyendo en el idioma español. En ambos lados del Atlántico cada uso de la misma lengua cogió un camino, con similitudes y diferencias con respecto al otro. La estructura y un enormísimo número de palabras siguieron siendo las mismas, lo que permitió la conformación de un idioma sólido, capaz de sobrevivir a las diferencias y mantener una unidad, ser diverso y uno a la vez. Mucha más gente implicada que en el “misterio de la Santísima Trinidad”, sin que sea un asunto misterioso pero sí una maravilla.

En América el español fue adquiriendo características diferenciadoras e identitarias en cada una de las regiones en las que fue impuesto. Así, tenemos un español de América; pero también un español de Argentina, un español de México, un español de Perú, de Bolivia, etcétera. Y, por supuesto, un español de Venezuela; y en nuestro amado país contamos con un español de Mérida, un español de Barinas, un español del Zulia también con su respectivo etcétera y, el que nos concierne para este artículo, un español de Caracas, que podemos seguir desgranando con cada parroquia, cada sector hasta llegar a eso que la lingüística denomina “idiolecto”, que es el español que habla el individuo.

EL HABLANTE COMO VASIJA DEL IDIOMA

Así como existe un metro”, que es una vara de platino e iridio de 100 centímetros que está guardada bajo condiciones especiales para que no varíe su longitud, así como existe una marca en el meridiano de Greenwich, tenemos que la lengua española no está resguardada en ningún lado. ¿Dónde podría guardarse el idioma español? Solo en cada hablante cuando verbaliza su idioma. Por esta razón es tonto pensar que la Academia de la Lengua da permisos para su uso o determina si una palabra existe o no. La Real Academia de la Lengua registra el uso, nos informa qué es lo que estamos haciendo alrededor del mundo con nuestro legado; no decide, no impone, solo es un testigo que, por escrito y con metodologías lexicográficas, va dando cuenta de una dinámica que siempre le lleva años de ventaja.

El caraqueño tiene el derecho libérrimo a expresarse como lo hace, bien en esa forma dialectal de cierta clase media ignorantona, pero que no se pela ni una “ese” final, sus “erres” están claramente pronunciadas, cada palabra está plegada a la formalidad y casi siempre todo esto engastado en una voz bastante bien timbrada en la que se notan años, o siglos, de educación en manos de monjas, curas y letrados muy pendientes de eso. Es una forma dialectal que se parece muchísimo a la que usa la clase poderosa, cuyo señorío viene, muchas veces, del saqueo y los asesinatos perpetrados en el proceso de colonización, así como de saqueos y perpetraciones más cercanas. La diferencia, tal vez, estriba en que esta clase genera las ideas y las posiciones respondiendo a sus intereses, privilegios e ideología, que se volverán lugares comunes y expresiones vacías en su séquito de repetidores y aspirantes a alcanzar sus modelos de vida. Algo así como que esta cierta clase media no solo imita su forma de pensar, sino que también usa la misma forma de hablar. Este grupo lingüístico pareciera creer que el idioma es estático, que debe permanecer inalterado, como debe permanecer inalterado el orden social que heredamos, justamente, de la colonia y que aderezó el capitalismo con nuevas formas de intercambio y de explotación humana. Este grupo es quien mejor expresa esas ansias locas de pertenecer, exclusivamente,  por uso y abuso, a lo que culturalmente denominamos “Occidente”.

Luego podemos, por contraste y por derecho, tratar de caracterizar a una inmensa mayoría de hablantes que han cambiado durante siglos muchas de las “eses” finales por haches aspiradas, y las que no han sido cambiadas es porque han sido elididas por completo. Así como casi todos los finales de palabras quedan transformados en un sonido indescifrable o de difícil caracterización,  que han mutado, por decir algo, la palabra “para” en “pa”, también ha incorporado un buen número de “groserías” y “disfemismos” a su repertorio lexical cotidiano. Este enorme grupo —claramente mayoritario— tiene idéntico derecho a hacer este uso, como lo tiene el descrito en el párrafo anterior. Son dos expresiones de la misma lengua. La forma de hablar de este gran segmento expresa la caraqueñidad con más contundencia, en tanto que está llena de giros, nuevos significados, palabras, oraciones que le son propias con respecto al sistema general de la lengua española y, por ende, tiende a ser quien mejor lo alimenta y lo dinamiza. Estos hablantes parecieran entender, con claridad, que aunque la presencia de lo occidental es intrínseco en su dinámica cultural, también lo es lo no occidental, lo caribe, lo africano y lo venezolano como expresión del mestizaje. También asumen la particularidad del habla caraqueña con relación al habla de los otros estamentos geográficos.

Caracas sigue siendo el epicentro de la vida comercial, política, social y cultural de Venezuela, a pesar de los esfuerzos de visibilización y dinamización del resto del país que se han llevado a cabo las dos últimas décadas. Se suman diariamente nuevos hablantes provenientes de otras regiones u otros países. Presenta mayor influencia por tiempo de exposición en los medios de comunicación. El hablante caraqueño tiene una frecuencia más alta de aportes lexicales que el resto del país, enriquece y dinamiza los procesos lingüísticos de manera permanente. La estructura gramatical del español de Caracas ha sufrido variaciones poco significativas en siglos. Los cambios son casi siempre en el ámbito lexical y semántico. La salud del sistema general del español es sólida y, por ende, soporta esta dinámica, lo cual incide directamente en su dialecto.

El idioma tiene características de ser vivo: nació, creció, se desarrolló, se multiplicó por el mundo y tendrá que morir en algún momento que no parece ser cercano.  El español de Caracas es reflejo claro de todo este proceso. Las preguntas podrían ser ¿hay algo qué cuidar? ¿Qué? Y, sobre todo, ¿para qué?

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ÉPALE 297 EDICIÓN 6º ANIVERSARIO

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