POR MALÚ RENGIFO • @MALURENGIFO / ILUSTRACIÓN L. “RAZOR” BALZA

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14 años, nerdcita del salón, muchachita lectora empedernida, encuentra un libro hurgando las cosas de la madre. Las páginas describen los juegos de la carne.

Está sola en la casa, se adentra en la lectura. Hasta ese momento su más cercano encuentro con el sexo ha sido una pantalla de colores ondeantes, ese canal de televisión por suscripción que siempre está bloqueado, pero que a veces deja ver un mete-saca en close-up y unas tetas bailantes de colores, como alucinaciones de drogadicto en celo.

Sentada en la cama, “no puede ser que la mamá de uno lea esas cosas”, piensa y lee. Sobre todo lee. Prólogo de palabras que le causan pudor incluso estando a solas: placer, penetración, vulva, lubricación, pero no cierra el libro, se le abren otras cosas: las piernas, las ideas…

Capítulo 1: La masturbación. Qué sonido terrible, no podría pronunciarlo, le suena a carne cruda lanzada contra el suelo. Está sola en la casa y ya sus amigas conocieron el sexo hace bastante rato, ella tiene que ver si es verdad que es tan bueno, aunque sea sola.

Ya no recuerda cómo lo decía el libro exactamente, pero el texto indicaba, paso a paso, todo lo necesario para una correcta masturbación femenina. Una vez digerido el capítulo entero en una primera lectura exploratoria, tomó la decisión de llevar a la práctica el manual, el problema era en dónde, reirá con el recuerdo para siempre: “¡Sentada en la poceta!”, decidió.

“La mujer debe juntar los dedos índice y medio y comenzar a acariciar muy suavemente el área de su pubis, los labios, poco a poco, cambiando de ritmo y buscando las zonas donde sienta placer, en especial cierta zona en la parte superior de la vulva, un órgano a veces difícil de encontrar cuyo nombre es clítoris”.

Leyendo todavía, lo encontró. Y navegó, a bordo de su poceta, remando con sus dedos entre aguas nunca antes conocidas. Y todas las palabras con todos sus sonidos fluyeron a raudales desde el libro a sus ojos y entre sus labios se volvieron susurro incontenible que escapaba. Aquel lugar extraño, la poceta, en donde había leído de aventuras y viajes, la llevó por océanos de donde no iba a volver siendo la misma niña.

ÉPALE 254

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