ÉPALE254-CIUDAD

LA CAPITAL, ENTRE TODO LO DEMÁS, OFRECE BIBLIOTECAS DE TODOS LOS TAMAÑOS EN DONDE UNO SE PUEDE ENTREGAR AL PLACER —O AL DOLOR— DE LA LECTURA

POR ANDER DE TEJADA • @EPALECCS / FOTOGRAFÍAS CAMILLE BRICEÑO

BIBLIOTECA NACIONAL DE VENEZUELA

ÉPALE254-CIUDAD 3

El personal lector de la Biblioteca Nacional

La Biblioteca Nacional de Venezuela fue fundada el 13 de julio de 1833 por el general José Antonio Páez. Se ubica en el Foro Libertador, al lado del Panteón Nacional, y cuenta con más de 3.000.000 de títulos y más de 7.000.000 de piezas, según datos del año 2005. El Sistema Nacional de Bibliotecas Públicas permite la reproducción, a pequeña escala, de la experiencia mayor, de la madre de la Panteón. El proyecto contabiliza unas 783 bibliotecas a nivel nacional.

Vemos de frente a una de las salas principales, de nombre Catálogo Automatizado. “Una guía’’, pensamos y seguimos caminando, cruzamos la puerta y vemos círculos de computadores esperando uso. Veo una de las máquinas mientras Camille toma fotos. Lo hago como si no viera una cosa que conozco desde la infancia. Es como si fuera un sujeto recién salido de una experiencia criogénica de cuatro décadas y me encontrara con un teléfono inteligente. Muevo el mouse, la pantalla se prende, la cosa me pide usuario y clave pero no quiero ponerlo, solo quiero tipear el nombre de William Faulkner pero aquello no me deja. Trato de no desesperarme, desisto, suspiro hacia el techo, Camille toma fotos, una señora se acerca:

—¿Qué desea?

Evalúo mis opciones de respuesta: leer / irme a la casa / reírme / dormir en la frialdad de sus salas / buenas, nosotros somos del diario Ciudad…

Escojo la que corresponde al momento.

La mujer sonríe. Son ellos quienes se encargan de hacer la búsqueda que uno pide. Ya no me provoca preguntar por Faulkner. Pregunto entonces por una base de datos, la antítesis de un novelista, quizás un instrumento, eso sí. Hay un estruendo cuando me mandan a otra sala, con toda la cordialidad del mundo. Hay que echarle bolas: el estruendo de una biblioteca es el mutismo de la calle. Son liceístas, llegados a la biblioteca para hacer sus investigaciones escolares, quienes posan frente al lente de Camille una y dos veces. Hasta tres, incluso.

No importa quién se quede con la foto, hay que tomársela de todos modos.

Hay ocho salas además de la que acabábamos de visitar. Está Orientación y Referencia, Cendibi (Centro de Documentación e Información Bibliotecológica), Colección Bibliográfica General, Colección Hemerográfica, Colección de Publicaciones Oficiales, Colección Documental Antigua, Colección de Sonido y Cine, Colección de Obras Planas y la sala de Libros Raros y Manuscritos.

Estudiando en el Cendibi

Estudiando en el Cendibi

Estamos en la última, pero están haciendo cambios en la sala. Otra mujer nos pasa hacia el depósito y nos mete en la biblioteca personal de Pedro Manuel Arcaya: una sala completa, con miles de libros, me hace preguntar en qué tiempo puede leerse alguien tantos textos. La biblioteca fue donada por sus hijos tras la muerte del intelectual. Hay de todo, cabe destacar, en español, inglés y francés. Así me topo con un nombre que no sé pronunciar y le pregunto a Camille, dado su nombre, si sabe. Me dice un significado, entiendo y sigo. Me encuentro con las obras completas de Darwin en inglés y con unos ensayos en francés sobre la Revolución. La Francesa, cabe destacar. La encargada que nos acompaña nos dice que no toquemos nada. O que, si lo hacemos, procuremos no tocarnos la boca o los ojos. Yo, con esos mismos ojos, veo la muerte cercana. Me preocupo y siento que cuando respiro se me vienen los hongos y me llegan al cerebro. Pero no hay de que preocuparse. La mujer toca los libros con tranquilidad.

Buen lugar para leer.

BIBLIOTECA CENTRAL DE LA UCV

Voy con Camille. Conocemos el sitio y estamos bien ubicados. Subimos las escaleras por un impulso indentendible y terminamos en los pisos más altos cuando no había un rumbo trazado. Propongo una foto: alguien buscando en la computadora con el catálogo y los datos. Recuerdo que, hace más o menos cinco años, me enteré de la existencia del libro Salsa y control, del compañero de páginas José Roberto Duque. Mi proceso de búsqueda fue largo y tendido. En cada esquina preguntaba por el libro más misterioso del mundo: “Sobre el barrio —me decían—, con un lenguaje trabajadísimo —también— y editado por Monte Ávila Editores en el año 95”. “¡Veeerga!”, pensaba, mientras terminaba la tarea de acoplarme al primer semestre de la carrera, mientras me convencía que leer por internet no era tan malo.

La pulcritud de los pasillos ucevistas

La pulcritud de los pasillos ucevistas

En la Biblioteca Central hay tres salas principales. En la computadora escribo el nombre de Argenis Rodríguez. Escucho persianas de madera subiendo. Escucho abanicos que se precipitan al suelo. Son las fotos. Es Camille con su cámara.

Estamos en el primer piso de la biblioteca, en donde se ubica la sala de Ciencias Sociales. Pasamos por la planta baja, en donde está la sala de Ciencias Puras y Tecnología y llegamos al sótano, en donde está la de Humanidades. Caminamos por aquella pureza, entre los techos y las paredes blancas, entre el espacio más limpio de la universidad. Vemos gente estudiando, gente contemplando el abismo, gente durmiendo, gente que parece estar simplemente pasando el rato y, obviamente, gente asomada desde las terrazas viendo de frente a la “Tierra de Nadie” que hoy, más que nunca, no tiene dueño.

ÉPALE254-CIUDAD5Al final, en mi proceso de descubrimiento universitario, terminé leyendo Salsa y control por internet. Sin embargo, antes había hecho lo mismo que hice con Argenis. Me salió la cota y me puse a revisar aquellas estanterías inmensas con el ojo de un detective hasta dar con la publicación, la original, que todavía tengo ganas de encontrarme en un sitio en donde la pueda canjear por algunos billetes. Monte Ávila Editores, 1995, un sujeto como todos los demás que poblamos esta ciudad descansando en la portada, el primer cuento arrasador, mis ganas de cerrar el libro, de no proseguir de esa manera tan impersonal, como si fuera un acto amoroso sin el respaldo asegurador del amor, sin la certeza de un saludo a la mañana siguiente o de la posesión, aunque errada, de la identidad del otro.

Cerré el libro. No lo pude leer. No lo pude robar. Terminé poseyéndolo en su edición de El Perro y la Rana, de 2014. Muy bonita, sí, pero no tan bella, tan mítica, tan misteriosa.

Buen lugar para leer.

Biblioteca Los Palos Grandes, ubicada en la plaza del mismo nombre

Biblioteca Los Palos Grandes, ubicada en la plaza del mismo nombre

ÉPALE 254

Artículos Relacionados