Leopoldo me recuerda tanto a Hedda

Por Rodolfo Porras / Ilustración Erasmo Sánchez

“Es un déficit de interioridad, de capacidad de evolución, es decir, una indigencia espiritual. La profundidad de la que surge Hedda no desborda vida salvaje, como un insondable fondo marino, sino que es una profundidad vacía en la que no actúan grandes fuerzas, un precipicio abierto”.

Lou Andreas-Salomé

Entre un personaje teatralmente cautivador como Hedda Gabler, de Henrik Ibsen y un personaje —también oscuro, pero sin la trascendencia de la heroína— como Leopoldo López, se presentan unas coincidencias que nos hablan de ese vínculo indisoluble entre la ficción teatral y la trama cotidiana.

Todos recuerdan las veces en la que la señora de López reiteró que su marido no se iría de Venezuela; todos recuerdan, también, ese raro extravío en la mirada del personaje que marcó la milla y se fue del país a pesar de las declaraciones conyugales. Unos decían que era la mirada de alguien que estaba más loco que una cabra; otros que era la mirada de un perverso que ni sentía ni padecía, cosa que no entra en contradicción con lo de la cabra. Algunos más decían que tenía los ojos puestos en el odio y en el poder que anhelaba, otros aseguraban que el asunto era que había muy poco detrás de esa mirada y, por lo tanto, tampoco había mucho delante de ella.

Hedda Gabler, para muchos, es una versión un tanto más compleja de Nora Helmer, la maravillosa heroína de Casa de muñecas; sin embargo, a estos dos personajes  los separa mucho más que una complejidad dramática o psicológica. Nora no solamente está muy cuerda, sino que tiene un rico mundo interior. Su apuesta a ser libre trasciende un deseo irracional de libertad; es, más bien, una convicción que se fue tejiendo entre su sensibilidad y un espíritu insospechadamente fuerte. Hedda es caprichosa, más que inconforme aburrida, maligna, perversa, de ese tipo de gente que ni siente ni padece. Que juega con el poder y manipula todo y a todos, que no se soporta a sí misma y que permanece encerrada es su buhardilla. ¡Carajo!, ¿cómo no se me va a parecer a Leopoldo?

Hedda, tal vez, trasciende de su ensimismamiento dándose muerte; sin embargo, es una muerte que da cuenta del hondo vacío que fue su existencia. Leopoldo escapa cuando ya nadie lo recuerda, cuando un simple simulacro para el reconocimiento del sistema electoral renovado se transforma en una manifestación política incontestable, en contra de lo que ha significado estos cinco años de un estropicio político que él lideró. Es allí, en ese contexto, cuando, como siempre, se evade. Fue una especie de suicidio inocuo que se va a convertir, en Madrid y en ciertos noticieros, en un acto heroico. Porque como Hedda, como Leopoldo hay demasiados en ese lado de la política… ese lado que atenta y siempre atentará contra la vida.

ÉPALE 388