Leyendas urbanas del trote: Eso es pa viejitos

Por Clodovaldo Hernández @clodoher / Ilustración Erasmo Sánchez

Una de las más extendidas creencias acerca del trote es que se trata de un deporte para personas de la tercera edad o adultos y adultas mayores. La frase coloquial que se oye por ahí es: “Eso es pa viejitos”.

Algunos de los que sostienen esta noción llegan al extremo de decir que no se trata de un verdadero deporte. Son los que opinan que para que algo merezca llamarse así debe implicar contacto físico entre contrincantes o, al menos, acciones que deriven en fracturas, contusiones, esguinces y otras calamidades.

La actitud de estas personas me recuerda a la de quienes denigran del softbol, bajo el alegato de que es un remedo del beisbol adaptado a gordinflones y borrachos.

En general, quienes sostienen esta leyenda negativa sobre el trote son practicantes de esos otros deportes rudos: boxeadores, futbolistas, beisbolistas “de verdad”, basqueteros y hasta excéntricos jugadores de rugby. En esos casos, se entiende que trotar alrededor de un parque les parezca insignificante. Hasta les concedo razón.

Sin embargo, entre los impulsores de la tesis del carácter geriátrico de esta actividad también hay tipos y tipas que ni lavan ni prestan la batea: no trotan (porque es pa viejitos), pero tampoco juegan fútbol ni boxean ni sudan camiseta alguna. ¿Cómo se entiende eso?

En verdad, trotar es un deporte que se puede practicar de por vida, lo cual no es ningún defecto. Por el contrario, es una de sus grandes virtudes porque si tú, a los 45 años (por decir una edad intermedia) pretendes caerte a piñas en un ring, yo, al menos, no te arriendo la ganancia.

Muchas veces he sido dejado atrás cientos de metros y en pocos segundos por personas que, al ojo por ciento, son mayores que yo. También he tenido la suerte de ser elogiado como “un viejito que corre”. Una vez un muchacho, de unos 20 años, me preguntó cuánto tiempo corría. Le dije que ese día habían sido unos 45 minutos. Quiso saber mi edad. En ese entonces tenía 55. Dijo: “¡Uf, mi papá tiene 48 y no corre ni para agarrar el autobús!”.

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