Leyendas urbanas del trote: Estoy aclimatado

Por Clodovaldo Hernández @clodoher / Ilustración José Daniel Pérez Mejías

Entre las creencias que rodean al ámbito del trote está una que podríamos llamar la aclimatación natural del corredor al entorno donde ha vivido. Me explico con un caso local: algunas personas creen que por el solo hecho de haber nacido o vivido por varios años en Caracas ya están adaptados a correr en la ciudad, aunque no hayan trotado nunca antes, o aun después de haber estado ausentes por un tiempo, o luego de un largo receso en la actividad.

Eso es definitivamente falso. Y peligroso.

Lo cierto es que tú puedes ser más caraqueño que una esquina con nombre, pero eso no te exime de pasar por un proceso de adaptación al entorno cuando comienzas a correr, cuando reanudas los trotes luego de una larga parada o cuando retornas a la urbe después de un tiempo.

Lo mismo vale para cualquier otro lugar, pero acá ya sabes hablamos de Caracas. Si estás comenzando a trotar tendrás que ir alcanzando los niveles de aptitud física poco a poco, seas o no caraqueño. Lo mismo si caíste, por la razón que sea, en un bache de sedentarismo o si te “fuiste demasiado” y ahora estás en onda de vuelta a la patria.

La adaptación al entorno es un asunto complejo que abarca la temperatura, la humedad, la altura sobre el nivel del mar y los desniveles de la topografía. Caracas, pese a su “eterna primavera” no es ninguna mantequilla en esos aspectos. No será tan alta como Mérida, Quito o La Paz, pero alrededor de 1.000 metros sobre el nivel del mar es una altura respetable; y no es tan caliente como Maracaibo, Valencia o los Valles del Tuy, pero (en ciertas horas del día y épocas del año) llega a riesgosos niveles de horno de leña.

Los corredores duros, que han competido en otros lugares, coinciden en que Caracas puede ser muy exigente para este deporte, no tanto por la altura ni por la temperatura, sino por los desniveles. Valle al fin, en nuestro patio abundan las cuestas empinadas, todo un reto para quien esté buscando estar en forma. Si quieres experimentarlo, sube trotando un domingo a la Cota Mil por cualquiera de sus accesos. Entenderás de qué te hablo.

ÉPALE 359