Leyendas urbanas del trote: La euforia

Por Clodovaldo Hernández • @clodoher /  Ilustración Erasmo Sánchez

Dejaré de enumerar los tipos de trotador (aunque tal vez algún día retome la lista) y empezaré con la revisión de las leyendas urbanas sobre el trote, esas cosas raras que la gente primero cree y luego las repite. Comenzaré con una que en verdad se las trae: la euforia del corredor.

La leyenda dice que trotar es un pasaporte al nirvana, una especie de pase (en la acepción narcótica de la palabra), un orgasmo garantizado, una gozadera.

En realidad, todo trotador que haya perseverado un poco en su actividad debe haber experimentado, una o varias veces, un brote de euforia. Pero no es algo automático, no ocurre siempre ni se puede anticipar. No puedes salir un día y decir: “¡Ahora me voy a poner eufórico corriendo!”. No funciona así.

La euforia del corredor es más bien algo que sobreviene inesperadamente, y casi siempre dura poco. A finales de diciembre salí a trotar a las 5.30. En esta época del año en Caracas eso implica que era noche cerrada. Muy pocas personas circulaban por ahí. Pasé por la espectacularmente iluminada Plaza Venezuela, bajo un rocío apenas perceptible, una garúa deliciosa. Me sentí tan agradecido de estar vivo y de poder estar disfrutando ese momento… experimenté la euforia, pues.

Así más o menos es la cuestión. Pero pueden pasar días sin que la sensación se asome por ahí: días de calor sofocante, de calles oscuras y sucias, de lluvias rudas e inoportunas, de perros que ladran y muerden. Es decir, el anticlímax, lo opuesto a la euforia.

Claro que la euforia del corredor tiene ventajas sobre otros estados alterados. No requiere tanta práctica ni compromiso místico, como la meditación budista; no genera efectos secundarios, como los “pases” propiamente dichos, ni horribles ratones, como ciertos aguardientes de estos tiempos. Tampoco te meterá en líos, como a veces pasa con el sexo.

Eso sí, al igual que los orgasmos, es mejor no hacerse grandes expectativas, no esperar que suenen campanas ni fanfarrias. Ya tú sabes.

ÉPALE 355