POR MALÚ RENGIFO • @MALÚ RENGIFO / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

ÉPALE254-MITOSEn un principio fueron los católicos inquisidores quienes empezaron a prohibir libros, temerosos del conocimiento que pudiera atentar contra sus principales mecanismos de dominación: la ignorancia y el miedo. Los españoles trascendieron fronteras en su persecución contra el saber, y hasta el mismísimo Francisco de Miranda fue señalado por la inquisición española por el delito de poseer libros prohibidos; estas acusaciones lo acompañaron hasta su muerte.

Pero no solo los católicos han incurrido en la práctica de prohibir la lectura de ciertos documentos: tanto el Corán y la Torá, como la misma Biblia, han sido prohibidos en diversas naciones a lo largo del mundo y de los tiempos. En Venezuela, Los versos satánicos, de Salman Rushdie, estuvo tan prohibido como en Sri Lanka, Bangladesh, Kenia, Sudán y muchos otros países, acusado de contener ideas blasfemas e insultar al islam, y se dice que durante un tiempo fue posible que en nuestro país encarcelaran hasta por 15 meses a quienes fueran descubiertos leyéndolo.

El origen de las especies, de Charles Darwin, fue uno de ellos. A la Iglesia no le convenía demasiado que se ofreciera una alternativa científica al mito de la creación. El manuscrito Voynich, un libro indescifrable que nadie vivo ha podido leer y, probablemente, nadie pueda leer jamás, fue prohibido por la Iglesia, digamos que “por si acaso”, pues quizá podría contener fórmulas de venenos o sustancias peligrosas. De estas acusaciones no existe indicio alguno.

Múltiples regímenes extremistas y dictaduras militares adoptaron el recurso oscurantista de perseguir a quienes leyeran o distribuyeran ciertos libros que atentaran contra sus principales mecanismos de dominación: el miedo y la ignorancia, la ignorancia y el miedo (¡qué coincidencia!), sin importar quién mandara primero, el orden de los lectores no permitía el usufructo de aquellos textos.

Los nazis prohibieron, por ejemplo, el libro Sin novedad en el frente, de Heinrich Maria Remarque, por ir en contra de sus ideas supremacistas. Tiempo más tarde Alemania devolvería la estocada vetando la publicación y venta del libro Mi lucha, de Adolf Hitler, por promover el racismo y la intolerancia. Toda la obra de Kafka fue prohibida durante los períodos nazi y soviético.

Un mundo feliz, de Aldous Huxley, fue publicado en 1932, y prohibido inmediatamente en Irlanda y en Australia por contener pasajes explícitamente sexuales. Casi un siglo después, en el año 2010, este mismo libro ocupó el tercer lugar entre los libros que los Estados Unidos de América más intentó prohibir en aquel año.

En Sudáfrica estuvo prohibida durante un tiempo la novela política antiapartheid La hija de Burger, de Nadime Gordimer, por, según las partes acusadoras, poseer ideas comunistas y atentar contra las autoridades y el orden del país. El comunismo, como era de esperarse, es una de las razones favoritas para la prohibición de una publicación.

Un libro para niños con bellos dibujitos, llamado Tres con Tango, fue prohibido en el año 2009 en varias ciudades de los Estados Unidos por poseer ideas defensoras de la adopción por parte de parejas del mismo sexo.

La dictadura militar en Argentina prohibió sin mayor excusa la lectura de El principito, de Antoine de Saint-Exupéry, y fueron muchísimos los libros infantiles que se prohibieron en ese país por aquella época por cosas como relatar una huelga de animales, en el caso de Un elefante ocupa mucho espacio, de Elsa Bornemann; o en el caso de El pueblo que no quería ser gris, del autor Augusto Bianco, por relatar la historia de un pueblo en el que la gente no quería pintar todas las casas del mismo color.

Ah, ¡y el colmo de los colmos!: Fahrenheit 451, la distopía sobre la prohibición de libros escrita por Ray Bradbury, fue vetado en los estados gringos de Florida, Texas y California, bajo la excusa de “contener lenguaje obsceno”. ¿Sí tú?, ¡ándale!

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