ÉPALE 228 LÍDICE

POR MARLON ZAMBRANO @MARLONZAMBRANO / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

¿Qué tiene que ver la orden expresa de Adolfo Hitler: “Lídice será arrasado hasta el suelo y la población masculina fusilada” con un operativo del CICPC entre Los Hornitos y Quebrada, sector El Hueco? Nada. Pero esto tampoco es tan absoluto. Hay un lánguido hilo conductor, un insignificante y agónico puente del tiempo que supedita una cosa a la otra a través de un guiño irreconocible entre la II Guerra Mundial y un operativo de los cuerpos de seguridad en la parroquia La Pastora.

Veamos. Transcurría 1942 y las fuerzas nazis se apoderaban velozmente de Europa atenazando el este hasta las puertas de Moscú. En ese dominio mastodóntico la diminuta y casi insignificante Checoslovaquia (hoy República Checa o Chequia y Eslovaquia) había pasado a ser un feudo alemán que sufrió todo el proceso de segregación y exterminio acentuado por la dura resistencia checa que se cobró, en una de sus acciones partisanas, la vida de Reinhard Heydrich, uno de los hombres de confianza del Führer, a quien había designado como protector de ese territorio y era apodado por su brutalidad El Verdugo y El Carnicero.

Tras ser herido durante un atentado en Praga por un comando guerrillero, Heydrich se negó a recibir tratamiento de médicos que no fueran de origen alemán ni donativos de sangre que no fuera probadamente “aria”, por lo que murió una semana después de una septicemia provocada por sus heridas.

Aunque la purga fue bestial en Praga, donde fueron asesinados miles de sospechosos, familiares o colaboradores, Hitler exigió a sus comandos una reprimenda ejemplar y se decidió atacar uno de los focos de resistencia, un pueblito rural a 16 kilómetros de la capital de apenas 483 habitantes, 192 de ellos hombres, 196 mujeres y 95 niños. Era Lídice.

En la operación de exterminio se cumplieron rigurosamente las órdenes: los hombres fueron fusilados, las mujeres pasadas a campos de concentración, donde morirían irremediablemente, y los niños llevados a guetos, asesinados o reeducados y adoptados por familias alemanas. El pueblo fue absolutamente borrado del mapa mediante un incesante bombardeo, tal como sucedió con el pueblo vecino de Lezáky dos semanas después. La mediática internacional informó del suceso, por lo que la noticia se propagó por Norteamérica y América Latina, donde circularon los cables noticiosos que, en su mayoría, resumieron así el asunto: “Una cosa tan horrenda no sucedía desde la Edad Media”.

La información llegó a Venezuela, y en 1943 el Consejo Municipal del Distrito Federal decide cambiar el nombre al proyecto habitacional Urbanización Quinta Villa Amelia por Urbanización Obrera Municipal Lídice a instancias, cuentan, de los periodistas Pedro Beroes, Ana Luisa Llovera y Kotepa Delgado. La sensibilidad movió al país en muchos sentidos, al punto de que una calle de Carora fue bautizada igual y se convirtió en un nombre recurrente para bautizar a varias generaciones de hijas. Tal sucedió en Panamá, México, Brasil, Chile, Ecuador, etc.

En nuestro Lídice el CICPC avistó a unos sospechosos del asesinato de dos compañeros en enero pasado y los enfrentaron a plomo hasta cegarles la vida. “Eso fue plomo y plomo desde temprano; era la 1de la mañana y seguía, era como una guerra…”, dice un diario caraqueño que testimonió un vecino. Suponemos que no tenía ni idea de lo alegórica que resultaba su comparación.

Por cierto, Lídice resurgió de sus cenizas convertida en un sencillo urbanismo cercano a su sitio de origen, donde un memorial evoca uno de los aprendizajes más urgentes de cualquier guerra: al final, todos pierden.

 

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