ÉPALE279-LILA MORILLO

EN VENEZUELA, Y PARECE QUE EN VARIOS PAÍSES DE AMÉRICA LATINA, ACOSTUMBRAMOS LLAMAR “ARTISTA” A CUALQUIER PERSONA QUE APAREZCA EN TELEVISIÓN HACIENDO LO QUE SEA. LO DEMÁS SE LO DECIMOS AQUÍ ABAJO

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

Hay peculiaridades de la personalidad que pueden encumbrar a una gente y hundir a otra. Por ejemplo: esa actitud fronteriza entre la sinceridad y el desparpajo; esa tendencia a decir, no lo que se piensa, sino, muy por el contrario, a decir cosas tiernas o brutales sin pensar lo que se dice o delante de quién se dice. Que una persona hable por televisión como le salga del forro suele agradecerse, porque la televisión ha sido desde su creación el reino de la falsedad, la doblez, la pose y la seriedad forzosa; he ahí el detalle que convirtió en cadáver político y en figura humorística a María Bolívar. Habló, la escucharon y se acabaron sus aspiraciones. De ella dependerá seguir siendo el comodín político para la risotada y el chalequeo.

Pues resulta que no solo en los rasgos, en el habla y en el origen se parecen María Bolívar y Lila Morillo; la diva tiene cinco décadas diciendo cosas más insólitas o graves que la excandidata. La diferencia fundamental entre ambas es que la primera se cree líder y la segunda se cree estrella, y por esa razón la primera es inviable (porque su fantasía pretende invadir asuntos de la realidad del país, como su conducción) y la segunda es adorable: la humanidad tolera, acepta y hasta celebra que haya figuras públicas que digan y hagan estupideces, siempre que eso no afecte el funcionamiento de la sociedad. Lila es una fantasía autoconstruida y sustentada en la mediática nacional. En 2012 lanzó un globo de ensayo: anunció que iba a lanzarse como candidata a la alcaldía de Maracaibo, y por supuesto que arrancó más bostezos que carcajadas. Ser conocido y popular no te hace bueno para la política; ella lo sabe: se ha ganado unos millones limitándose a hacer lo que sabe y eso no le ha destruido la vida a nadie. Ni siquiera a José Luis Rodríguez, “El Puma”.

Por cierto que fue esa juntura con el cantante uno de los grandes golpes publicitarios de su carrera, cuando ya tenía una década de darse a conocer en Venezuela y en otros países. En los años 50 la televisión venezolana había comenzado su misión adoctrinadora, o evangelizadora, difundiendo lo más fácil de imponerle a una masa, que son los estereotipos, fases superiores de los prejuicios. Así, se inauguró y fue construyendo ese medio a base de héroes blancos, villanos negros, bobos grises y buenos y malos músicos; y en ese mezclote, que pretendía ser una muestra de lo venezolano moderno (esa construcción en pleno proceso de urbanización), tuvo cabida una muchacha exótica, morenita, risueña y de actitud populachera, cara redonda, pelo liso, chinita como la virgen que adoran en su pueblo. Cualquiera diría que hubo algo turbio en eso de lanzar al estrellato a una adolescente de 15 años, nomás porque era medio ingenuota y, de paso, estaba buenísima, pero, ya va: la muchacha era de verdad afinada al cantar. Y, además, llegó a las pantallas de televisión de la mano de Mario Suárez, un cantante y cazatalentos a quien la música de arpa, cuatro y maracas le debe mucho de su impulso inicial como industria. A menos que tú seas de los que creen que en el mundo venezolano del espectáculo pueda existir eso de la trata y la operación colchón. Y, además, era DON Mario Suárez, por favor. “Don” quiere decir “de origen noble”; será en esa cloaca de Hollywood donde dejan descollar a carajos como Morgan Freeman.

LILA LE PONÍA PICANTE A LA SITUACIÓN, SOLTANDO DE VEZ EN CUANDO COMENTARIOS ÁCIDOS EN CONTRA DE SU PAREJA, QUIEN SE LIMITABA A CUIDARSE EL COPETE, SEGUIR GRABANDO Y ACTUANDO EN TELENOVELAS

Como sonreír es tan importante para la publicidad y la propaganda, la joven Lila hizo el resto con su don natural para ese trabajo de los músculos de la cara. ¿No les ha pasado que ahora mismo, en la segunda década del XXI, ustedes adoran a esas muchachas anónimas del Facebook quienes, cada vez que suben un selfie en actitud sonreída, acumulan 400 y 500 “me gusta” sin necesidad de agregar más nada? Bueno, imagínense ¿cómo funcionaba eso en la época de nuestros padres y abuelos, embelesados por el fenómeno de la televisión y embelesados por la voz y por la sonrisa de aquella niña inquietante y cantarina?

“Esa pava tiene pep con Pepsodent”, decía el eslogan de una exitosísima marca de dentífrico de los años 70, incrustado en un comercial muy enigmático (la gente se preguntaba por qué esas muchachas necesitaban ponerse esos trajes de baño tan lascivos para cepillarse los dientes). El “pep” de Lila, sumado a ve tú a saber qué otros atributos, la llevó entonces al cine, con lo cual los venezolanos, empezando por ella misma, se acostumbraron a llamarla también “actriz”. Antes de los 25 años ya había conseguido mucho de lo que cualquier artista (anoten ahí, la palabra “artista”) aspiraba o tan siquiera soñaba: un chancesito en el cine mexicano para aparecer al lado de Javier Solís y Libertad Lamarque, éxitos en la radio, papeles en telenovelas. Por esos años ya había decidido explotar otras facetas de su físico y otras actitudes; la adolescente fue despojándose de trapos y de ingenuidades y, de pronto, tuvimos a una precursora de las “bombas” que vendían revistas y periódicos y espacios televisivos a punta de sensualidad.

Paralelo a su éxito y popularidad se levantaba, también, un poco modestamente pero de manera sostenida, al sujeto a quien llamaron después El Puma. A mediados de los años 60 se casaron y pasaron a ser la pareja más estalqueada de la farándula venezolana: el cantante más romántico y varonil y la jeva de las jevas juntos, haciendo o tratando de hacer una familia. El joven se dio a conocer cantando boleros con la orquesta de Billo Frómeta y eso hacía que su sola presencia, o el anuncio de su presencia, bajara pantaletas por doquier, a pesar de las murmuraciones (o a causa de ellas) según las cuales todo ese éxito se lo debía José Luis a su mujer.

La prensa amarillista invirtió tiempo y espacio en difundir intrigas reales o falsas, con la esperanza de que un día ocurriera un divorcio y se produjera algún escándalo de esos que vendían ejemplares de periódicos. Lila le ponía picante a la situación, soltando de vez en cuando comentarios ácidos en contra de su pareja, quien se limitaba a cuidarse el copete, seguir grabando y actuando en telenovelas. El matrimonio duró 20 años y no hubo ni cataclismo ni golpe de Estado, porque cuando se produjo la separación ya ambos eran material para la nostalgia, y bueno. Ya en los 80 lo raro no era divorciarse sino permanecer unido en matrimonio.

Contra el mito de su pretendida calidad vocal y de su condición de hito fundamental de la música venezolana conspira el hecho de que las mayorías apenas recuerden dos o tres “canciones” popularizadas por ella: “El moñongo” y “El cocotero”. No hace falta analizar más nada para llegar a la obvia conclusión: el valor de esas piezas no es lírico ni musical sino humorístico, lo cual no tiene por qué ser un insulto.

En los años 80 comienza en Venezuela la debacle de muchos productos comerciales y políticos, y por supuesto que el ángel de Lila se vino abajo, lenta pero imperceptiblemente. Creo recordar que fue José Ignacio Cabrujas quien le hizo el favor de obligar a los lectores de las páginas culturales a fijarse en ella desde otra perspectiva. Hay un texto suyo en el que ensalza la belleza y el candor de la diva, y declaró que estaba enamorado de ella. Como con la palabra se puede hacer prácticamente cualquier cosa y Cabrujas era un maestro con esa herramienta, el hombre en su semblanza la llamó estúpida de cinco o seis formas distintas y sus lectores (incluyendo a Lila) creyeron que, en efecto, el escriba la consideraba una artista fuera de lo común, y de paso se propagó entre los intelectuales la costumbre de decir: “Queremos tanto a Lila”, tal vez con la esperanza de parecerse a Cabrujas y a Cortázar al mismo tiempo. Mentira: a Lila ya no la adora nadie, pero como la caraja logró coronarse como ícono cursi de la Venezuela farandulera muchos juguetean con ella con aires patrióticos, como si de verdad ella representara a los venezolanos.

Con ese respiro ha llegado a nuestros días, con más renombre que fama y más Sábado Sensacional que trayectoria cinematográfica y musical. Cada vez que empieza a momificarse su memoria a la doña se le ocurre algo que la mantiene más o menos activa. Por ejemplo: echarse unas fotos en bikini cuando cumplió 75 años de edad. Y atrás el chorro de periodistas y comentaristas asegurando que es la mujer mejor conservada del planeta. Mito es mito y siempre hay quien lo alimente.

¿Tiene futuro el “caso” Lila Morillo? Lo tiene: por ahí apareció su nieta, hija de su hija Liliana, echándose unos selfies de espanto, y es fácil verificar que la muchacha es una continuación de su abuela, así se proponga negarlo. Y esa misma Liliana, que ya anda por los 50 años de edad, echando unas pestes y fabricando un escándalo declarativo que recuerdan los despropósitos de su mamá cuando era adolescente. A propósito del transplante de pulmón que le hicieron a su papá, José Luis Rodríguez, Liliana ha dicho que tiene cómo probar que le mandó 1.200 mensajes e intentó hacerle más de 500 llamadas al teléfono de su actual esposa y su hija, y como no le respondieron entonces ya “José Luis pasó para mí al otro mundo, hace rato”.

Digna continuadora de las actitudes de su mamá: desparpajada, aparatosa, incongruente y fabricante de escándalos artificiales.

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