Llegar a la cumbre de Caracas

Distancia: Al rededor de 13 kilómetros. Altura: 2.765 metros sobre el nivel del Mar Caribe. Tiempo de recorrido: Poco más de 10 horas. Resultados: conmoverse… y seguir viviendo

Por Gustavo Mérida / Fotografías Jesús Castillo

El sábado 28 de noviembre, dos horas después de empezar a subir, llegamos a El Edén, una pequeña explanada desde donde se ve un pedazo de la más hermosa vista de esta ciudad, del lado este. En el punto más alto de esta montaña, el pico Naiguatá, está esa vista más hermosa, completa y conmovedora, sin pedazos ni retazos. Es donde el cerro y las nubes se enamoran, pelean, tienen sexo salvaje y tierno, se reconcilian, se perdonan, se compenetran. Todo eso pasa en Caracas, pero se nos olvida. Conviene recordarlo.

Hacer cumbre —con el perdón de los verdaderos montañistas— es lo mismo que culminar. Que el orgasmo. Paroxismo, llegan a decirle a aquella sensación que se tiene —para no olvidarla jamás— en el único lugar de Caracas en el que usted puede estar más cerca del cielo mientras, al mismo tiempo, tiene los pies bien puestos sobre la tierra. En El Tanque, otro de los sitios de descanso en la subida, obviamente hay un tanque. Está recién pintado de un azul eléctrico y alguien, en un arrebato (otro, hay muchísimos) de amor, escribió, para que lo Aunque se tropieza uno con bastantes personas que suben y bajan, es una ruta solitaria. Se escuchan solo el viento, el sonido tenso del roce del morral, el vapor de las reflexiones y, a veces, el ruido implacable del tráfico del que no es fácil escapar, ni siquiera en la mitad de esta montaña. Es un sendero duro, difícil a veces. En ocasiones, parece que se escalara. El sudor baja vertical por la espalda y por la frente y ves muy cerca de tus ojos la tierra y la tocas sin agacharte y no te atreves a mirar hacia abajo porque, cuando estabas abajo y viste hacia arriba pensaste que cuando estuvieras subiendo no podías mirar hacia abajo. Al miedo se le puede ganar.

Después de pasar Dos Banderas (no hay una buena respuesta al porqué de ese nombre), un sector llamado por un nombre absurdo (una marca japonesa de vehículos), un topo que se llama Goering (en homenaje a un señor europeo), una explanadita que se llama El Urquijo (en homenaje a un sacerdote jesuita y montañista que lideró la limpieza de ese sitio para el descanso, dos años antes de que se decretara esta montaña como Parque Nacional) y cruzar a la derecha, en Fila Maestra, al anochecer, llegamos al Anfiteatro, una explanada mayor que sirve de antesala al pico Naiguatá.

Los montañistas utilizan una especie de código para marcar la ruta. Es fácil perderse entre tanto sendero, tanta bifurcación, tanta esperanza. Trozos de bolsas de plástico amarradas a ramas, plástico amarillo amarrado con alambre a determinados troncos; cuadritos, triángulos y rectángulos fluorescentes adheridos a otras rama; flechas hechas con sprays en las piedras. Si se está atento, y se sigue tantas señales, es menos posible extraviarse. Pero cuando se baja, de manera inexplicable, esa misma atención no sirve para nada. Haciendo una pequeña digresión en este intento —salpicado de otros intentos, los románticos— de contar una parte de Caracas, es importante la preparación seria para un paseo como este. Debe usted antes de subir informarse muy bien de todo lo relacionado con acampar en una montaña, los permisos, avisar de la pernocta en el puesto de guarda parques La Julia (subiendo por El Marqués, que es la vía más cercana a pico Naiguatá), llevar todo lo necesario, no llevar todo lo innecesario (que llevamos bastante. Por favor, no lo haga) y ser una buena persona, respetuosa con la montaña llevándose todo lo que trajo, incluyendo lo más importante: la basura. Fin de la digresión. Tal vez por causa del cansancio, no sabemos, el caso es que es muy fácil extraviarse en el regreso. Es mejor bajar en grupo para evitar perderse y ayudarse mutuamente, de ser necesario. Hay gente que de verdad siente cariño por esta montaña. Los bomberos forestales son, y esta mención no les hace honor, unos héroes. Desde todas las personas que trabajamos en la revista, les damos las gracias. Totales.

La pernocta

Desde Topo Goering (se pronuncia guerin) la temperatura cambia. La topografía también. Las piedras se llenan de musgo, más bonito que el que están vendiendo ilegal y descaradamente en el centro de Caracas. Como dije, llegamos de noche y hasta entonces no había llovido. Por un momento, al llegar al Anfiteatro, me pareció estar en la parroquia Universitaria, o en Plaza Venezuela, o en Caribe: gente joven escuchando música y charlando animadamente. Es sábado por la noche. Mi compañero y yo armamos la carpa —con la pericia típica de dos tipos de mediana edad, luego de caminar con suficiente peso por un sendero duro durante más de diez horas— alumbrados por una linterna que podía sostenerse con la boca. Sacamos una exquisitez, congelada la noche anterior y que, extrañamente, aún continuaba congelada: caraotas. La mezclamos con arroz, calentamos, comimos, pusimos aislantes y sleepings y nos dispusimos al descanso tan necesario.

Se empiezan a escuchar las gotitas. Luego de un rato, se empiezan a escuchar los gritos desde las otras carpas: “¡Estoy en una piscina!”, “¡está flotando la linterna!”. Más tarde: “¡Me va a dar hipotermia!”, “¡no puedo dormir!”. Y así. Entretanto, la terrible sensación de no saber qué hacer también flotaba dentro de nuestra carpa. Afuera llovía, sin exageración, torrencialmente. Una lata de agua, pues. Adentro, parecía que desde el techo, alguien estuviese atomizando a placer. Supimos lo que sienten las cucarachas cuando las rociaban con Baygón, sin poder escapar. A pesar de todo eso, mi compañero roncó. Un aislante y un sleeping no hacen, pero ni remotamente, las veces de una colchonetica, por lo menos. La dureza del camino no es una metáfora. La lluvia y la falta de sueño duraron casi hasta el amanecer. “Pana, ¿puedes abrir un poco para que entre aire fresco?”, me pregunta mi compañero. Mojado e insomne, deslizo el cierre de la puerta de la carpa y el chorro de aire más frío del planeta nos sacude. “¿Cierro?”, le pregunto. “Sí”. El pensamiento casi se escuchaba en un grito desesperado de deseo insatisfecho: “¡Que escampe!”. Como pasa siempre, amaneció. Después, alguien comentó: “Es que si el sobretecho (de la carpa) hace contacto con las paredes (de la carpa), pasa el agua”. Bueno, ya supimos que pasó.
La vista hermosa

Antes del amanecer, un chocolate caliente alivia contundentemente. Una rápida encuesta a seis montañistas, que tampoco durmieron, dio como resultado una temperatura estimada en 8 grados. Calentar ese chocolate dentro de la carpa, que aún era piscina, ayudó bastante.

Sobre el nivel del Mar Caribe se proyecta la sombra de otra cúspide que roza las nubes. Es un amor común. Como otros amores comunales que se gestan allá abajo

Cuando llega ese amanecer (a veces llega antes, a veces después. Estamos hablando de ese amanecer, aquel, por el que valió la pena, o vale, todas las peripecias, las ronchas, los desamores, las circunstancias, los conflictos, las desazones y todo lo que quiera ponerle o quitarle a la suma de esas noches, o esa noche, que usted escogió o tuvo que pasar para ver entonces ese amanecer. O aquel. O este), cuando llega, usted lo intuye. Sabe que valió la pena el camino. Entonces el cuerpo y la esperanza se preparan para verle. El anochecer de un día como el de hoy, 6 de diciembre, se parece a alguno de aquellos amaneceres.

A las 6 de la mañana una pequeña multitud caraqueña se agolpaba alrededor de la pequeña cruz metálica que corona el pico más alto del Waraira Repano. Gente joven que no paraba de tomar fotos y pensar, de tomar fotos y mirar, de tomar fotos y llorar, de tomar fotos y celebrar. Sobre el mar Caribe se proyecta la sombra de otra cúspide que roza las nubes. Es un amor común. Como otros amores comunales que se gestan allá abajo.

Una compañera de ruta, de uno de los tantos grupos con los que uno se cruza, afirmaba que en los caminos de montaña es donde se conocen las miserias y virtudes de las personas. Hay sudor y solidaridad, camaradería y competencia, reflexiones y arrepentimientos, soledades y nostalgias. Esta montaña digna nos arropa, nos protege, nos sacude. Nos conmueve. Se baja lleno de paz, a pesar de las dificultades. El anochecer de un día como hoy, 6 de diciembre, tiene que parecerse a alguno de aquellos amaneceres. Que haya paz.

ÉPALE 382

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